La ilusión es ese impulso anticipatorio que proyecta a la persona hacia el futuro; constituye uno de los motores psicológicos más potentes de la vida humana. No hablamos solo de grandes metas vitales, sino también de esos pequeños hitos cotidianos que estructuran el día a día: una visita esperada, un estreno, un logro laboral, un viaje, una celebración o incluso la simple adquisición de algo que deseamos. La ilusión opera como un sistema de orientación emocional. Es una brújula que señala que hay algo por lo que merece la pena avanzar. Sin embargo, existen personas para quienes nada de esto supone ya un estímulo significativo. No porque carezcan de motivos objetivos, sino porque su mundo interno ha quedado desconectado de la capacidad de ilusionarse. Desde la Psicología, sabemos que esta pérdida sostenida de interés y anticipación positiva es un indicador de sufrimiento profundo, no una elección libre.
En este sentido, la sociedad suele reaccionar con escándalo ante el suicidio, aunque no con la misma intensidad ante el suicidio asistido. Se está asumiendo que, como el acto suicida es extremadamente difícil de ejecutar —porque la condición humana está diseñada para preservar la vida—, se puede recurrir a una vía más aséptica, institucionalizada, que nos ofrece el Estado: «Ya lo hago yo por ti». Pero esta lectura simplista ignora un punto esencial: si una persona ha llegado a un estado en el que la falta de ilusión es permanente, entonces no estamos ante un problema individual aislado, sino ante un fracaso del sistema sanitario, especialmente del de salud mental. La desesperanza no aparece de la nada, sino que es el resultado de circunstancias personales, sociales y, a menudo, estructurales, que no han sido atendidas a tiempo.
Desde esta perspectiva, resulta especialmente doloroso escuchar a personas jóvenes expresar el deseo de una muerte digna. Una joven no debería aspirar a morir dignamente, sino a vivir dignamente. Y la dignidad, como sabemos, no se reduce a la ausencia de dificultades o a la presencia de condiciones ideales. La dignidad implica acceso a recursos, acompañamiento, oportunidades, vínculos significativos y la posibilidad de reconstruir un proyecto vital incluso en medio de experiencias duras. La vida digna no es la vida perfecta, es la vida en la que existe un horizonte posible, aunque sea pequeño, aunque esté borroso, aunque se requiera ayuda para volver a verlo.
Quienes contemplan el suicidio no buscan la muerte en sí misma, sino el alivio. Esto es fundamental para comprender el fenómeno sin estigmatizarlo. Cuando alguien sufre intensamente, su deseo más inmediato es dejar de sufrir. Sin embargo, la paradoja es que la muerte no ofrece la experiencia subjetiva del alivio. Cuando la vida humana se apaga, también se apaga la capacidad de sentir, de experimentar, de percibir cualquier forma de bienestar. La persona que imagina el suicidio como un descanso está proyectando un estado emocional que, en realidad, no podrá vivir. Esta confusión es el resultado de un dolor tan intenso que limita la capacidad de pensar en alternativas. Por eso la intervención psicológica es tan crucial, no para invalidar el sufrimiento, sino para ampliar el campo de visión de quien siente que solo existe una salida, idea envuelta de pensamientos irracionales.
Todo esto nos lleva a un alegato necesario: el cuidado público de la salud mental debe ser una prioridad real, no un eslogan. Y ese cuidado no puede reducirse a la prescripción farmacológica. Los fármacos pueden ser herramientas valiosas, pero no sustituyen el trabajo terapéutico que permite reconstruir la ilusión, resignificar el dolor, fortalecer los vínculos y recuperar la agencia personal. La psicología dispone de intervenciones que ayudan a las personas a reconectar con su capacidad de anticipar un futuro valioso. Sin embargo, estas intervenciones requieren tiempo y recursos y profesionales suficientes.
Cuando una persona pierde la capacidad de ilusionarse, no debemos asumir que es así o que no quiere cambiar. Debemos preguntarnos qué ha fallado alrededor, qué apoyos faltan, qué heridas no han sido atendidas. La ilusión no es un lujo emocional, es un indicador de salud. Por el contrario, vivir sin ilusión no es vivir —entiendo a Noelia—. Por eso, garantizar que cada persona pueda recuperarla es una responsabilidad del sistema, supone recuperar la salud frente a delegar en la desesperación, incluso en la muerte.
Reivindiquemos una sociedad que cuide la vida, lo que, en su sentido más profundo, implica ofrecer acompañamiento, escucha, tratamiento psicológico accesible y un compromiso firme con la dignidad humana en todas sus etapas.
Rocío López García-Torres
Psicóloga y profesora de la Universidad CEU Cardenal Herrera