Julio Palomar: «La felicidad viene de tener claro que eres cura para servir»
Al cumplir 50 años como sacerdote, el párroco de San Hilario de Poitiers subraya que «las fuerzas son menos. Pero la ilusión, el entusiasmo y la disponibilidad, los mismos»
Uno de los sacerdotes que en 2026 celebran sus bodas de oro es Julio Palomar, párroco de San Hilario de Poitiers, en Aluche. Para él ser cura en Madrid es «sentirse miembro del presbiterio diocesano» y «hacer de tu vida una entrega generosa y total. En medio de la comunidad donde te ha puesto el obispo estar atento para responder pastoralmente a las necesidades de las personas que forman la comunidad y de las que están en el entorno».
Entiende la comunidad parroquial como «lugar de acogida, de acompañamiento». Una Iglesia «hospital de campaña», que acompaña a la persona de forma individualizada, que huele a oveja porque se acerca a ellas, que no se queda encerrada en el despacho, sino que sale a las periferias, también las vitales.
Ese ser cura, en su caso, ha tenido que ver con el espacio en el que se ha movido. Fue párroco 28 años en la parroquia Crucifixión del Señor, en Caño Roto, y 22 en San Hilario de Poitiers. Desde esa experiencia, dice que «la vocación se va configurando también con las personas que te rodean y que te acompañan, porque el acompañamiento es mutuo. Te van ayudando a ser el cura que realmente necesita la diócesis, la parroquia, este barrio en este momento».
50 años de vida presbiteral es un gran testimonio, algo por lo que debemos felicitar, en este caso, a Julio Palomar. Ha querido vivir este tiempo desde el servicio a la Iglesia de Madrid y a tanta gente con la que ha compartido su vida y su ministerio, que se ha sentido escuchada, atendida, importante.
En estos 50 años de ministerio subraya que «he sido y estoy siendo feliz, muy feliz», más allá de situaciones complicadas que haya podido vivir. «Cuando realmente quieres hacer de tu vida un servicio y una entrega, y lo haces con generosidad, con alegría, eso hace que te sientas feliz». Una felicidad que tiene su fuente en «el encuentro con el Señor. La fuerza te viene de la oración, de la reflexión, de la escucha, de la Palabra, de tener claro que eres cura para servir. No ser gestor, sino pastor, pastor con minúscula, porque el Buen Pastor es Él».
El servicio a los demás con alegría le da energía y vitalidad a Julio Palomar. Con casi 80 años, «las fuerzas son menos. Pero, en principio, la ilusión, el entusiasmo y la disponibilidad son los mismos. Y eso hace que te sientas a gusto, feliz contigo mismo», subraya.
Vivir la sinodalidad
Un ser Iglesia que en la parroquia San Hilario de Poitiers se vive en sinodalidad. En una parroquia con la participación de mucha gente, «tenemos claro que tenemos que caminar juntos, cada uno con sus carismas, sus funciones, pero juntos». Algo que se explicita en la asamblea parroquial, donde se organiza todo el programa del año, que se evalúa a mitad de curso para ver cómo se está caminando juntos, y al final del año, para encontrar pistas para organizar nuevamente el calendario del curso siguiente.
En las actividades culturales, de talleres y demás propuestas, parte de los participantes son de la comunidad parroquial; otros vienen de otras zonas. El párroco ve esto como expresión de una parroquia en salida. Eso porque «salir no solamente es ir a la calle y buscar a las personas, sino facilitar el encuentro». Algo que hace que a nadie se le pregunte por qué viene, dado que participar de esas actividades «facilita el que se encuentre con miembros de la comunidad parroquial y se vayan uniendo a esta comunidad los que quieren».
En palabras de Palomar, «es una forma de hacernos presentes en medio del barrio». Lo que se busca de esta manera es llegar a aquellos que no participan de la Eucaristía o de otras celebraciones, «acercarlos a la comunidad parroquial para que puedan tener la posibilidad de integrarse en ella. Y la gente se va integrando».
La entrega merece la pena
Desde sus 50 años de vida sacerdotal, Palomar dice a quien está iniciando este camino que «la vida se enriquece cuando haces de ella una entrega. Y si la entrega es total, como en este caso, como entiendo que debe ser la vocación al sacerdocio —una entrega de 24 horas y los 365 días del año—, merece la pena porque te vas enriqueciendo. Ayudas a los demás, pero al mismo tiempo te enriqueces».
Hace ver que «somos seres en relación y cuanto más te das, más te entregas, más te enriqueces como persona y como sacerdote». Por eso no duda en afirmar que «merece la pena hacer de la vida un servicio», pues eso enriquece personalmente. «Puedes ayudar a los demás, pero los demás también te enriquecen a ti. Y lógicamente, el hacer de la vida un servicio es lo mejor que se puede hacer», concluye.