En una España tan polarizada donde lo que entusiasma a unos es por sí mismo motivo de rechazo para otros, me preguntaba estos días, ante el fallecimiento del periodista Fernando Ónega, por qué había generado tan inmenso cariño y admiración en los unos y en los otros.
Muchos destacaban su calidad humana —era una gran persona, decían—. Y ciertamente la tenía. Sin embargo, dudo que esa fuera la principal razón de la devoción rendida, aunque no sea motivo menor, pues lo cierto es que la mayoría de los que esgrimían tal razón no tuvieron la fortuna siquiera de tratarlo personalmente. Otros apelaban a su trayectoria profesional, como maestro de periodistas, en un período tan decisivo como fue la transición española. Pero, sin menoscabo tampoco de tal mérito, este no era exclusivo de Fernando Ónega, siendo compartido por otros grandes periodistas que vivieron en primera persona ese tramo de la historia periodística de España. De modo que me he seguido preguntando a qué se debería ese incondicional afecto y respeto profesional. Y bastó para responderme con observar su modus operandi. Fernando Ónega priorizó por encima de todo el tono: era un periodista riguroso, pero con una extraordinaria prudencia en sus intervenciones y equilibrado en sus expresiones, y una obsesiva búsqueda del análisis más justo y matizado posible a la vez que templado y pausado. Y es que, pese a los crecientes extremismos, las personas todavía hoy admiramos esa moderación que, en palabras de Jovellanos, potencia mucho más lo que une que lo que separa. La gente, cualquiera que sea el color ideológico que tenga, lo que ha valorado en Ónega es una moderación que, no obstante, nunca le llevó a excluir la crítica o el rechazo a determinados planteamientos, ni a renunciar a sus principios. La admiración de todos por Fernando ha radicado en que nunca buscó chivos expiatorios, ni vivió de indispensables oposiciones y enemigos. Y eso hoy es muy de agradecer… y admirar.