Cuatro crucificados, una sola Resurrección: Ideas para la educación en la fe  - Alfa y Omega

Cuatro crucificados, una sola Resurrección: Ideas para la educación en la fe 

La vía de la belleza se presenta como un modo de revelar las realidades espirituales que va más allá de lo que puede percibir el intelecto, apelando al corazón. Cuánto más cuando, en Cuaresma, la mirada se dirige a Jesús en la cruz

Águeda Mateo y Nacho Perlado
'Crucificado' (1556), Benvenuto Cellini, monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid. A la derecha: 'Cristo crucificado' (1632), Diego Velázquez, Museo del Prado, Madrid.
Crucificado (1556), Benvenuto Cellini, monasterio de San Lorenzo de El Escorial, Madrid. Foto: Francesco Bini. A la derecha: Cristo crucificado (1632), Diego Velázquez, Museo del Prado, Madrid. Foto: Museo del Prado.

La contemplación de una obra de arte es una vía idónea para educar en la fe. Facilita comprender la belleza divina, invita a la oración y conecta con lo invisible. Se podría decir que la contemplación prepara le mente y el corazón para que, al escuchar la Palabra, esta sea un aliento transformador que entre y moldee al estudiante. En este artículo buscamos, comparando cuatro obras realizadas en épocas y estilos distintos, facilitar algunas ideas, para con la Palabra, crear una atmósfera que transforme lo terrenal en espiritual.

La vía de la belleza se muestra como un camino necesario para educar en la fe puesto que, conmoviendo el corazón se supera el sentimentalismo y, de esa manera, se puede conocer la verdad plenamente. Sin embargo, hoy en día la tarea educativa apenas encuentra espacio para el silencio, el recogimiento, la creatividad o la mirada atenta; en gran parte debido a las prisas, a la productividad y, tal vez, al excesivo número de actividades formativas. Tradicionalmente se ha hablado de diferentes entornos educativos (formal, no formal e informal). Pero, en la educación en la fe, todos los entornos son educativos: el colegio, un museo, la iglesia, la familia, etc. En todo momento se aprende, todo educa. El aire que se respira ante una de obra de arte, si se acompaña de la Palabra instruida, proporciona una mejor comprensión, mediante signos visibles, de un Dios invisible, uniendo así la realidad espiritual con la realidad terrenal en la que vive el hombre. En la vía de la belleza encontramos un modo de revelar las realidades espirituales que va más allá de lo que puede percibir el intelecto, apelando directamente a la experiencia del corazón. 

'Cristo Triunfador' (2002), Antonio Oteiza Embil, convento capuchino de El Pardo, Madrid. A la derecha: 'Proyecto iconográfico' (2011), Javier Viver, oratorio del Seminario Internacional Bidasoa, Pamplona.
Cristo Triunfador (2002), Antonio Oteiza Embil, convento capuchino de El Pardo, Madrid. Foto: Antonio Oteiza. A la derecha: Proyecto iconográfico (2011), Javier Viver, oratorio del Seminario Internacional Bidasoa, Pamplona. Foto: Javier Viver.

Las artes plásticas constituyen una de las más relevantes vías de acceso al dogma cristiano, pues afectan al sentido de la vista, que es el principal sentido para la interpretación y la contemplación. Por esta razón, queremos ofrecer algunas ideas para educar en la fe. Para lograrlo, recurriremos a cuatro obras que, aunque tratan temas diferentes (la muerte y la resurrección), se muestran de una forma plástica parecida y tienen muchos puntos en común. Estas obras son: Crucificado, de Benvenuto Cellini; Cristo crucificado, de Diego Velázquez; Cristo Triunfador, de Antonio Oteiza, y Proyecto iconográfico de Javier Viver.

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 Un Cristo sereno

La elegancia y luminosidad con que Benvenuto Cellini muestra en su Crucificado (1556) la belleza de Cristo muerto en la cruz, llaman la atención al contemplar esta obra. Cellini esculpe un cuerpo desnudo, con una anatomía idealizada, en el que apenas se aprecian las heridas de su pasión. Es un hombre el que ha muerto pero también es Dios, parece decir el artista. En Él, la serenidad corporal y facial se aleja del sufrimiento físico para evocar una redención luminosa y espiritual. Un sufrimiento real, pero digno, que invita a la reflexión sobre el valor de la salvación que acaecerá con la luz de la redención. Al mismo tiempo, si contemplamos la expresión serena y pacífica de Cristo en el momento de la muerte es más sencillo aceptar la voluntad de Dios, confiar y abandonarse en sus manos incluso en los momentos más difíciles.

Esta obra nos invita a plantear los siguientes interrogantes que estimulen la reflexión del espectador: ¿por qué Cellini esculpe un cuerpo perfecto? ¿Ha muerto un hombre o ha muerto Dios? ¿Qué podemos decir de la luz? ¿Por qué emplea un mármol blanco? ¿Parece una imagen que ayuda a descubrir la gloria de la Resurrección?

2
Cuerpo muerto, pero bello

En el Cristo crucificado de Diego Velázquez sobresalen la delicadeza y la luz que emplea el autor para representar la belleza del cuerpo de Cristo. Pinta un cuerpo luminoso, perfecto, bello. Es un cuerpo muerto sí, pero que se adelanta a la Resurrección. Los dos clavos que sitúa en cada uno de los pies contribuyen a una mayor perfección y armonía. A la vez, la serenidad de su postura remite a Cristo como rey: en la cruz reina y desde ella, manifiesta su gloria y su poder como vencedor de la muerte. Además, la luz que refleja su cuerpo no es suya, sino que proviene de Dios, que envía a su Hijo y este se convierte en la luz del mundo, que hasta entonces permanece a oscuras.

Frente al Cristo de Velázquez, se pueden articular preguntas diseñadas para incitar al espectador a pensar como: ¿cómo está Jesús en la cruz? ¿Parece realmente un cuerpo muerto? ¿Qué podemos decir de la luz? ¿Cómo puede interpretarse que Velázquez pintara el fondo oscuro en lugar de un paisaje? ¿Por qué este cuadro representa la Eucaristía?

3
La fuerza de una mano

Cuando conocimos a Antonio Oteiza nos explicó que la imagen en bronce de Cristo Triunfador, que se encuentra en una pequeña capilla del convento de los Hermanos Capuchinos de El Pardo, aunque representa a Cristo en la cruz no era un crucificado, sino un resucitado: la cruz no se entiende sin la resurrección. Una mano llagada sale de la cruz y muestra al espectador el triunfo. Oteiza modelaba con las manos y la impronta de sus dedos quedó grabada en el metal. El cuerpo, roto por la terrible dureza de la pasión, sin corona, ni cetro, solo con esa mano llagada que sobresale del travesaño de la cruz, nos habla de la redención que nos llega por la Resurrección. Al mismo tiempo esa mano del resucitado insinúa la llamada a todos los bautizados a anunciar el Reino de un rey pobre y humillado, pero rey. A diferencia de otras representaciones que se centran en el dolor, esta obra incide en la gloria y el poder de Cristo resucitado. Permite explorar el concepto de Cristo triunfante que ha completado su misión redentora. 

La contemplación de esta escultura ofrece una oportunidad para lanzar preguntas reflexivas: ¿por qué esta imagen nos habla de la Resurrección? ¿Qué sentido tiene emplear el bronce? ¿La mano de Jesús qué simboliza? ¿Por qué esta pieza supone una llamada a la corredención?

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«Gesto de sacerdote eterno»

Javier Viver es el autor del retablo Proyecto iconográfico, un conjunto de bulto redondo del Calvario, del Seminario Bidasoa de Pamplona, que tiene, en el centro, una imagen de Cristo en la cruz. En esta imagen, Jesús con muestras claras de los estigmas, extiende los brazos y se entrega a la muerte. Al mismo tiempo, como señala el propio Viver, «Cristo está vivo, triunfando sobre la cruz, con gesto de sacerdote eterno, abrazando sobre sí a la humanidad entera: “et ego si exaltatus fuero a terra omnia traham ad meipsum” [“y cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí”, N. d. R.]. En este sentido, la representación enlaza con una antigua tradición que tiene su punto culminante en el Cristo mayestático del románico: una forma original de expresar el misterio pascual de Cristo». Una vez más nos encontramos con una pieza que, aunque está en la cruz muestra el triunfo que supone esta y, por tanto, conecta con la Resurrección. De hecho, llama la atención el parecido entre este crucificado y las obras de Viver que representan al resucitado, como la de San Juan de Ávila (Móstoles), o la iglesia de El Salvador (Villaespesa, Teruel).

Podemos utilizar esta pieza como punto de partida para una serie de preguntas que motiven la reflexión: ¿por qué Jesús tiene los brazos extendidos? ¿Qué importancia tienen las llagas? ¿Cómo es el rostro de Cristo? ¿A qué se debe que el autor muestre el cuerpo casi triunfante? ¿Por qué la muerte en la cruz es un triunfo? ¿Qué relación tiene con la Eucaristía?

Algunas reflexiones

En síntesis, la contemplación y comparativa de estas cuatro obras se plantea como una forma de mostrar la Resurrección de Cristo en su Muerte y la Muerte en la Resurrección, empleando así la belleza como vía idónea para la educación de la fe. En cada una de ellas se puede observar la profunda conexión que tiene la Muerte de Cristo con la Eucaristía; con el misterio pascual. Además, en el caso de la obra de Oteiza, se integra bien con su localización en la capilla del convento donde se celebra a diario la Eucaristía.

En definitiva, cada pieza representa a su modo la victoria de Cristo en la cruz. Cellini lo hace a través de la serenidad idealizada y Velázquez, en cambio, expresa la dignidad contenida del sacrificio completado. Por su parte, Oteiza emplea la acción explícita de levantarse; de salir de la cruz, para poder así ilustrar la postura gloriosa de Cristo. Por último, Viver dota a su Proyecto iconográfico de gran armonía y perfección, mostrando un cuerpo perfecto.  En consecuencia, puede destacarse la idealización del cuerpo humano de esta última que, al igual que Cellini o Velázquez, busca un ideal simbólico de fuerza y acogida al espectador. Si bien Cellini muestra un cuerpo caracterizado por la ausencia de signos evidentes del suplicio en la cruz, Viver lo hace ofreciendo un cuerpo glorioso y perfecto, propio de la Resurrección.

Por otro lado, queremos mencionar la llaga como elemento que anticipa la Resurrección, y que está presente tanto en la obra de Velázquez como en la de Oteiza. Se trata de un signo con un profundo significado redentor: al contemplar la herida, el creyente accede al misterio de la salvación de Cristo.

En conclusión, el análisis de las obras propuestas nos permite acercarnos al misterio pascual de un modo significativo, invitando a la contemplación de las artes plásticas como vía de acceso a la educación de fe.