Cardenal Mario Zenari: «Seguiré ocupándome de las heridas de Siria»
Un mes después de jubilarse como nuncio, este cardenal diplomático aún tiene la impresión de llevar sangre en los zapatos y sufre por la incertidumbre en que continúa el país
—¿Cómo han sido sus últimas semanas en Siria?
—Intensas: tenía que poner fin a 17 años de presencia como nuncio, preparar las maletas… y no superar los kilos permitidos en el avión. Lo que más pesaba eran las emociones, pero no cuentan para el transporte. En Siria he visto la resistencia de este pueblo martirizado que sigue sobreviviendo a pesar de enormes sufrimientos. Más del 90 % de la gente vive por debajo del umbral de la pobreza y, sin embargo, sigue adelante.
—¿Cómo estaban cuando los dejó?
—Siguen sufriendo, hay heridas abiertas. Además de medio millón de fallecidos, entre ellos 29.000 niños, está la lacra de los desaparecidos. Conozco a muchas familias que buscan a sus seres queridos. Hay dos obispos ortodoxos desaparecidos desde hace 13 años, también el jesuita Paolo dall’Oglio [fundador de la comunidad monástica Deir Mar Musa, dedicada al diálogo interreligioso, N. d. R.], y otros sacerdotes o periodistas. Hay más de 100.000 desaparecidos de la guerra, que podrían llegar a 200.000 o 300.000 si se suman los del período anterior. Cuando cayó Bashar al Asad, muchos fueron a las cárceles para buscar a sus familiares y solo encontraron fosas comunes. Esas heridas no las he dejado atrás en Siria.
—¿Cuál es la situación actual de los cristianos?
—El éxodo de cristianos ha sido un duro golpe para las Iglesias. En 14 años han perdido el 80 % de los fieles. Es una pérdida para toda la sociedad siria: los cristianos llevan allí casi 2.000 años, han hecho enormes aportaciones a la literatura, las artes, la educación, la sanidad. Eran —y son—una ventana abierta al mundo, una riqueza para evitar un país de una sola cultura. Cada familia que se marcha es una ventana que se cierra.
Nacido en el Véneto (Italia), el pasado 5 de enero Mario Zenari cumplió 80 años. Ya en 2022 confesaba a Alfa y Omega: «Yo debería ser ya emérito desde hace dos años, por haber alcanzado el límite de edad. Pero a la vista de la complicada situación en la que todavía se encuentra Siria me pidieron seguir con mi servicio». De hecho, se convirtió en decano del Cuerpo Diplomático en el país. En 2016, en un movimiento inédito, el Papa Francisco lo nombró cardenal para reconocer su trabajo.
—¿El nuevo presidente sirio les ha ofrecido algún tipo de garantías?
—Sí, se reunió con los líderes cristianos en Alepo, Homs y Damasco y les aseguró libertad religiosa y una Siria inclusiva. Los obispos salieron con esperanza, pero la gente era más escéptica: en los barrios cristianos circulan grupos fundamentalistas que predican la conversión al islam, prohíben el vino. Luego fue el atentado del 22 de junio contra la iglesia de San Elías en Damasco: 20 muertos y varios heridos.
—Usted habla a menudo de «ciudadanía de sangre». ¿Qué quiere decir?
—Es una ciudadanía común basada en la sangre derramada. En Siria todos han tenido mártires: suníes, alauíes, drusos, kurdos, cristianos. Lo he dicho muchas veces: «Basta de derramar sangre». Cuando me limpio los zapatos, no sacudo las suelas por respeto a la sangre que probablemente se ha adherido.
—¿Ve señales de esperanza para el futuro?
—Mi mayor sufrimiento es ver a Siria en suspenso: hay señales positivas, pero también enormes interrogantes sobre la unidad, la integridad territorial y la presencia de ejércitos extranjeros. Es un reto inmenso mantener unidos a suníes, alauíes, kurdos, drusos y cristianos. Sin embargo, la Siria que yo conocí era un país tolerante, un mosaico. En Navidad, todo el mundo decía «feliz Navidad». Y, al final del Ramadán, todo el mundo decía «Ramadan kareem» [«Ramadán generoso»]. Me gustaría que volviera a eso: desearse mutuamente «feliz Navidad» y «Ramadan kareem».
—¿Qué papel tienen los cristianos?
—Un papel de aglutinador y de puente. Los cristianos no tienen enemigos, excepto un puñado de terroristas fanáticos, y son aceptados por todos. Pueden ayudar a unir al país. Hasta ahora nos hemos centrado en la caridad material: pan, medicinas. Pero también se necesita caridad social y política. Hay que preparar a personas comprometidas en la esfera social y política, como los grandes fundadores de Europa: Schuman, De Gasperi, Adenauer. Siria también ha tenido figuras cristianas de gran talla política, como Fares al Khoury.

—Y los creyentes fuera de Siria, ¿pueden aportar algo?
—Formar a los jóvenes, apoyar la reconstrucción, animar a quienes puedan a volver. Siempre he dicho: «Médicos, ingenieros, si podéis, volved y trabajad por la nueva Siria». Las Iglesias locales han hecho mucho, a pesar de las restricciones. La Santa Sede ha hecho mucho. Pero ahora se necesita un paso más: preparar a personas que puedan ser puentes.
—Y usted, ¿qué hará ahora que ha concluido su mandato?
—No puedo pasar página sin más. Seguiré ocupándome de las heridas abiertas. Dentro de ocho días ya estaré trabajando en un caso humanitario de un
desaparecido. Hice una promesa antes de marcharme: durante 17 años fui embajador en Siria; ahora de alguna forma seré embajador de Siria.
—Por desgracia, Oriente Medio vuelve a estar en llamas, ¿cómo está viviendo la evolución del conflicto?
—Es difícil predecir el futuro de la región, pues aumentan la incertidumbre y la preocupación. Pero ante este sentimiento de impotencia es urgente trabajar por la reconciliación y la paz, sembrando semillas para ello, comenzando por promover el respeto al derecho internacional, la justicia y la fraternidad universal. Este compromiso incumbe en particular a las tres religiones monoteístas —judaísmo, cristianismo e islam— nacidas y presentes en la región. Tanto más en cuanto que las tres se remiten al valor fundamental de la paz.