Si vivir solo es difícil para jóvenes y ancianos, ¿por qué no juntarse?
El programa Convive de la ONG Solidarios une desde 1995 a mayores con la casa vacía y estudiantes que no pueden pagarse un techo. «Hemos sido buen match»
Cuando le decimos a Isabel que es una moderna, se ríe: «¡Como mucho afortunada!». Tiene 88 años y hace tres, en junio de 2023, descubrió el programa Convive de la ONG Solidarios «porque me salió un anuncio en la tableta» mientras navegaba por internet. Modesta, niega estar «muy puesta» en las tecnologías pero sí admite «saberme el un, dos, tres». En enero de aquel año acababa de fallecer su marido y «se me hacía muy duro entrar en casa y que nadie me dijera “hola”»; por lo que, cuando supo de la posibilidad de compartir su tan vacío piso con una estudiante joven, «me apunté».
«Todo cambia cuando una persona llega a casa, te cuenta lo que ha dado en clase y te habla de sus amigos», nos confía. En su experiencia, «según nos hacemos mayores, las únicas conversaciones que escucha una suelen ser penas y desgracias y lo malos que son los hijos». Reniega de esa dinámica y, en cambio, en el centro de mayores del barrio recibe clases de Literatura e Historia del Arte y, fuera, hace meditación. «Soy mayor, pero estoy bien para moverme», detalla. Lo que no es óbice para que, como todos, quiera relacionarse con alguien bajo su techo.

«Isabel tiene mucha más vida social que yo y soy la que se queda muchas noches esperando a que llegue», nos confiesa entre risas Andrea, su compañera de piso, primero, y ahora además amiga. Viene de Colombia, tiene 26 años y estudia un máster en la Complutense. «Hemos sido un buen match por nuestros estilos de vida», valora la joven. Al igual que en la novela Don Quijote se asancha y Sancho Panza se quijotiza, la colombiana ha aterrizado de lleno en las costumbres españolas gracias a Isabel y, según la mayor, «me ha rejuvenecido». También, «como Andrea es de Colombia, he visto con ella películas que no habría conocido», como La primera vez. Y libros del otro lado del charco como La melancolía de los feos, de Mario Mendoza. «No conozco mejor lectora que ella», presume Andrea.
Como fruto natural de la convivencia, ahora cada una tiene el doble de parientes. «En octubre de 2024 vinieron mis padres y ella les preparó una cena riquísima, fue chévere poder compartir ese momento», recuerda Andrea. Sucede también en el otro sentido y, «cuando vienen sus hijos o nietos, pasamos la tarde juntas y me siento muy incluida». Por su parte, Isabel cuenta que los suyos «ven muy bien» su convivencia con Andrea porque «estoy contenta y perfectamente acompañada». Aunque matiza que le abrió las puertas de su casa «sin consultar» porque «no somos de meternos en la vida de los demás». Y ella será mayor, pero eso no le impide tomar sus propias decisiones. No en vano, esta mujer trabajó en el Ministerio del Aire y en AENA cuando pocas mujeres lo hacían fuera de casa.
"Vine de Perú para estudiar un máster en Madrid y gané a una segunda madre."
— Solidarios (@Solidarios_es) March 21, 2025
Hace solo unos meses que Solidarios las presentó y eso es lo que nos cuenta Sara. Tiene 33 años y ahora #Convive con Maite, de 77.#convivenciaintergeneracional #mayores pic.twitter.com/2E86RfJGLd
Relación más que cuidado
José Luis Pol, responsable del seguimiento de las parejas del programa Convive, recuerda que «está funcionando desde 1995». Revela que «el perfil que nos llega está muy feminizado» tanto en mayores como jóvenes. Y estas «principalmente son universitarias» que vienen de Latinoamérica u otras ciudades españolas.
El técnico detalla que Convive «es un programa relacional más que de cuidado», por lo que, aunque los ancianos «pueden tener limitaciones físicas», está pensado para quienes «no necesiten apoyo en la actividad diaria ni tengan deterioro cognitivo avanzado». Los jóvenes compañeros de piso —de 18 a 36 años— «no pagan alquiler», pero «donan hasta 120 euros para ayudar con los suministros de la casa». Y se comprometen a «pasar un par de horas al día para dar un paseo o tomar un café».

Pol narra también que, para formar las parejas, «tenemos en cuenta la zona geográfica». Funcionan especialmente bien las casas en torno a las universidades y «tenemos convenios con las principales». Lo que necesitan son más personas mayores. «Muchas veces son los hijos los que contactan con nosotros».
Por último, Andrea nos confiesa que «si no fuera por esto, ya habría regresado a mi país». Ahora, más arraigada en España, está segura de que, «cuando me independice, me iré a vivir al lado de Isabel para verla».