Estos son según Candiard los desafíos para la Iglesia al acoger a conversos
Una de las grandes voces de la espiritualidad católica en Francia advierte de que el aumento de conversiones «no es una negación de la secularización» y pide no poner a los conversos en el foco demasiado pronto
«¿Cómo puede ser camino de dicha lo que parece contrario a toda lógica humana?», se pregunta en su nuevo libro sobre el sermón de la montaña Adrien Candiard, una de las grandes voces de la espiritualidad católica actual en Francia. El prior del convento dominico Nuestra Señora del Rosario en El Cairo (Egipto) y miembro del Instituto Dominico de Estudios Orientales presentó este jueves en Madrid En la montaña (Encuentro). Alfa y Omega ha charlado con él sobre esta obra y el aumento de conversos en una sociedad secularizada.
—Se habla mucho de un aumento de la búsqueda religiosa en los jóvenes en España. ¿Es similar la situación en Francia?
—El fenómeno existe. Es importante verlo. Y es importante también verlo en el contexto de la secularización. No es su negación sino algo que existe en este marco. Claro que en Francia aumenta mucho cada año el número de solicitudes de Bautismo de adultos, sobre todo jóvenes. Pero al mismo tiempo el de niños pequeños continúa descendiendo y eso no lo compensa para nada. No vemos una salida de la secularización, sino un fenómeno de búsqueda de sentido y de Dios en la Europa secularizada. No es volver a la cristiandad.
—¿Qué cree que hay detrás?
—No se sabe bien. Tampoco si es una moda que no durará más de unos años o el inicio de un movimiento largo e importante. Es muy temprano para hablar de su significado. Pero está claro que vemos un cambio en la relación con la religión entre los jóvenes. Francia sigue organizada como un país con una doble identidad religiosa: católica y opuesta al catolicismo. Pero ahora estamos fuera de eso: los jóvenes que vienen a la Iglesia no tienen un pasado con ella, positivo o negativo. Quieren oír hablar de Dios. Lo lindo en todo esto es que no es resultado de ningún plan sino una sorpresa para todos. Estas personas vienen sin ningún motivo externo que no sea Dios. También está claro que probablemente hay un efecto de la presencia del islam; no como miedo, sino porque hace que la gente se pregunte por Dios.
—¿Qué dificultades y desafíos tienen estos jóvenes conversos para asumir y llevar a su vida la fe de forma integral y madura?
—Una conversión no es nunca fácil y es un proceso; también cuando es instantánea: aunque alguien reciba todo de Dios y tenga esa certeza, tiene que recorrer un camino muy largo. El desafío para la Iglesia es recibir a estas personas de una forma adecuada.
Adrien Candiard
Encuentro
2025
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14 €
—¿Cómo es esa forma?
—Existe la tentación de decir «nosotros somos los cristianos verdaderos, los de antes». Esto es imposible, pues la Iglesia es de todos. Debemos volver a convertir nuestras parroquias en comunidades más misioneras. Eso no significa ir por las calles a hablar de Jesucristo, sino estar abiertas. Pienso por ejemplo en cómo Francia hay muchos conversos desde el islam y en demasiadas parroquias, cinco años después de su bautizo, las siguen presentando como «exmusulmanas». No es verdad, son cristianos. Eso las encierra en roles viejos.
—¿Hay otros peligros al acompañar a los conversos?
—El segundo riesgo, opuesto a este, es ver a los conversos como los salvadores de la Iglesia. Ellos quieren que la Iglesia les enseñe, no que les diga que saben todo. Están en un momento de conversión, tenemos que recorrer con ellos ese camino largo antes de que se conviertan en testigos. No podemos ponerlos en el foco; eso no ayuda a nadie.
—En su nuevo libro, En la montaña aborda una de las dificultades al plantearse en serio la vivencia cristiana, tanto entre creyentes de toda la vida como conversos: ¿cómo podemos decir a la vez que la salvación es un regalo de Dios y tener preceptos morales tan exigentes como poner la otra mejilla, considerar bienaventurados a los pobres o decir que insultar al prójimo nos hace merecedores del infierno? ¿Cómo se conjugan estos polos?
—Solemos hacerlo. Muchos cristianos, incluso yo, pensamos en el fondo que Dios nos ama gratuitamente pero hay límites. Eso no es verdadero. Tenemos que leer y entender los mandamientos de Jesús no como prescripciones que cumplir literalmente como las prohibiciones alimentarias del Antiguo Testamento.
—¿Entonces?
—Jesús nos indica direcciones. Nos enseña la dirección de una vida si violencia ni ira. Pero no la podemos cumplir como el mandamiento de no matar. Por la noche, puedo decir «hoy no he matado a nadie», pero no «hoy no he sentido nada de ira en absoluto». Pero con los mandamientos de Cristo tengo una dirección. Y no establecen las condiciones para ser amados sino que son el resultado del amor de Dios. Este amor es siempre el principio de la vida cristiana, no su resultado. Empezamos por ser amados y después podemos vivir como hijos de Dios según las indicaciones del sermón de la montaña.

—Subraya al mismo tiempo que al no ser preceptos para cumplir literalmente exigen un discernimiento y una respuesta ante cada caso, sin que esto implique una concepción moral laxa. ¿Qué consejo daría cuando esa necesidad de discernimiento ante cada situación amenaza con paralizarnos?
—Dios nos quiere como amigos, no como esclavos. Y como adultos. Quiere que usemos sus dones, en particular nuestro cerebro. Ante una situación particular tenemos que pensar cómo puedo abajar el nivel de violencia. No es un «he hecho esto y basta», por eso no es una moral relajada. No está terminada: puedo y tengo que hacerlo mejor mediante mi reflexión personal y mi libertad. Nadie puede contestar la pregunta por mí ni escribir manuales de moral cristiana con todas las respuestas a todas las situaciones porque la moral es la ciencia de lo particular.
—El debate sobre cómo se relacionan la gracia y las obras, que atraviesa su obra, ha marcado la historia de la Iglesia. ¿Se zanjará alguna vez? ¿Cree que su visión puede ayudar a replantearlo de forma que ayude a ello?
—Si entendemos bien la gracia, al final el debate no existe. Los dones de Dios no son contrarios a nuestra responsabilidad. La gratuidad y la libertad van juntas, si no, no se están entendiendo bien. Lo que Dios quiere de nosotros no es el cumplimiento de una voluntad suya que sea contraria a la nuestra. Dios y nosotros vamos juntos en el sentido de que Él quiere que tú seas feliz de verdad, no de un modo superficial. Si queremos la misma cosa podemos trabajar juntos. La oposición entre voluntad de Dios y la mía no tiene sentido.