La Ley de Amnistía es solo el primer paso - Alfa y Omega

La Ley de Amnistía es solo el primer paso

La amnistía, por supuesto, es la punta de lanza, una cuestión simbólica (los símbolos siempre son lo más importante) que repara la injusticia más sangrante. El día siguiente a que se excarcele el último preso estará todavía todo el trabajo por hacer

Teo Peñarroja
Familiares de presos políticos en Venezuela
Foto: EFE / Miguel Gutiérrez.

Marianela Ojeda, Marcos Palma, Franciscwo Graterol, Darío Durán, Kenny Guevara, Jesús Rojas, Jhofre Ibrahim Vargas, Randol Lester… Si intentase copiar la lista de personas que están encerradas en las cárceles venezolanas por motivos políticos necesitaría muchos más de los 3.000 caracteres con espacios que ocupa este texto. Foro Penal ha llegado a contabilizar hasta 1.088 nombres. Unos 450 han salido de la cárcel, por lo que más de 600 permanecen encerrados injustamente. Hace una semana que la presidenta encargada de Venezuela, Delcy Rodríguez, promulgó la Ley de Amnistía que tanto habían esperado los venezolanos. Los familiares de los presos que se reúnen delante del Helicoide —ese gran centro de torturas—, que han estado en huelga de hambre o que le han ocultado a unos padres mayores el encierro de una hermana para no matarlos del disgusto, han recibido la noticia con una mezcla de alivio y suspicacia.

Nadie se fía, y con razón, aunque la ley sea una buena noticia. El presidente de la Conferencia Episcopal venezolana, Jesús González, declaró para Alfa y Omega, sin ir más lejos, que esta amnistía «constituye un paso adelante, pero insuficiente para alcanzar la convivencia y la reconciliación del país». Muchos expertos ven en el texto legal un modo de ganar tiempo frente a las presiones de Estados Unidos, pero ninguna garantía de paz, olvido o justicia. Por desgracia, esas suspicacias están justificadas. Es deber de todas las personas de buena voluntad vigilar el diligente cumplimiento de esta ley, que es imperfecta y deja fuera a muchos de los arrestos arbitrarios, pero que es algo, y ese algo debe cumplirse. Los medios de comunicación, las oenegés, los políticos opositores deben hacer lo que esté en su mano para fiscalizar, documentar y denunciar, si se da el caso, el incumplimiento.

Es un trabajo ingrato, lento y, además, peligroso. Pero, ¿cómo, si no, se va a construir la paz? Son casi 30 años de chavismo que han corrompido todas las instituciones y las estructuras del Estado, y la reconstrucción no está hecha de buenos deseos. 

La amnistía, por supuesto, es la punta de lanza, una cuestión simbólica (los símbolos siempre son lo más importante) que repara la injusticia más sangrante. El día siguiente a que se excarcele el último preso estará todavía todo el trabajo por hacer, y harán falta miles de mujeres y de hombres capacitados, abnegados, trabajadores y buenos —capaces de perdonar y de integrar— para empezar de nuevo.

El secuestro de Maduro, además de plantear muchas y serias dudas de índole legal y moral, prometía una sacudida en Venezuela que no acaba de suceder, o no a la velocidad que querrían los venezolanos. Desde mi punto de vista (y, por supuesto, cabe la posibilidad de que me equivoque), Estados Unidos actúa movido por unos intereses que han beneficiado hasta cierto punto al pueblo venezolano, pero no cabe esperar la tutela prometida. Hace falta el amor de un padre para tutelar. Venezuela hará bien en confiar su transición a sus conciudadanos más capaces y no esperar nada del madurismo ni de un Gobierno extranjero. Un primer paso necesario es observar el riguroso cumplimiento de esta ley de amnistía.