10 de febrero: san José Sánchez del Río, el niño que no quiso unirse a los enemigos de Cristo Rey - Alfa y Omega

10 de febrero: san José Sánchez del Río, el niño que no quiso unirse a los enemigos de Cristo Rey

Le rebanaron los pies y dejó sus huellas ensangrentadas por las calles de su pueblo. El niño mártir mexicano no dejó de dar «vivas» a Cristo Rey y a la Virgen de Guadalupe durante todo el recorrido que le llevó a la muerte

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Tapiz de la canonización de san José Sánchez del Río.
Tapiz de la canonización del santo niño mexicano. Foto: Archivo Alfa y Omega.

Se puede ser santo a los 14 años. Y antes incluso, porque san José Sánchez del Río no improvisó su fidelidad a Cristo en el momento del martirio. Él estaba empapado de Dios mucho antes, y lo que hizo en el momento de su muerte no fue otra cosa que dar salida a lo que llevaba dentro desde hacía muchos años. Este niño —como curiosidad, uno de los pocos santos del santoral que aparece con los dos apellidos— nació en Sahuayo, México, en marzo de 1913. Fue el menor de una familia campesina muy humilde, en la que los padres fueron los primeros catequistas de sus hijos y les enseñaron a rezar.

En 1926, cuando estalló la guerra cristera, varios de sus hermanos se alistaron con los insurgentes. Joselito, como le llamaban en casa, también quiso unirse, pero era muy pequeño todavía y sus padres no le dejaron. «Nunca ha sido tan fácil ganarse el cielo como ahora», les convenció el niño, logrando finalmente su autorización. Junto a los cristeros se encargó de desarrollar un llamativo apostolado. Dirigía el rosario por las noches y repartía la Comunión entre las tropas, por lo que pronto le apodaron «el tarsicio».  

El 5 de febrero de 1928, tuvo lugar un combate en Cotija, en el occidente del estado de Michoacán, entre los rebeldes y las tropas del Gobierno mexicano. En determinado momento, el caballo del general Luis Guízar, de los cristeros, fue abatido por los disparos. José, portaestandarte de las tropas con la imagen de la Virgen de Guadalupe, se acercó a él con su montura y se la ofreció diciendo: «Mi general, aquí está mi caballo. Sálvese usted, aunque a mí me maten. Yo no hago falta y usted sí». 

«¡Puede fusilarme!»

Esa generosidad la pagó con creces el chico. A pie y sin escapatoria alguna, acabó capturado y detenido en la parroquia de Sahuayo, cárcel improvisada en aquellos momentos de la guerra. «La casa de Dios es para rezar, no para usarla como un establo de animales», espetó a sus captores. 

Más tarde fue interrogado, y el soldado que lo hizo alabó su arrojo: «Eres un valiente, muchacho. Vente con nosotros y te irá mejor que con esos cristeros». «Jamás, primero muerto —le soltó el chaval—. Yo no quiero unirme a los enemigos de Cristo Rey. ¡Puede fusilarme!».

Al día siguiente de su captura pidió papel y tinta y escribió una carta a su madre: «Mi querida mamá: fui hecho prisionero en combate en este día. Creo que voy a morir, pero no importa, mamá. Resígnate a la voluntad de Dios. No te preocupes por mi muerte… Haz la voluntad de Dios, ten valor y mándame la bendición juntamente con la de mi padre».

Los días siguientes los pasó en la iglesia, junto a la pila donde fue bautizado, en oración por lo que pudiera pasarle. Con el mismo valor que demostró ante sus captores se enfrentó a ellos de nuevo cuando organizaron una pelea de gallos enfrente del sagrario. Mató incluso esos gallos, lo que enfureció a los soldados hasta el punto de que le rompieron los dientes con la culata de un fusil.

Fotograma de 'Mirando al cielo'. Un relato del martirio de san José Sánchez del Río.
Fotograma de Mirando al cielo. Un relato del martirio de san José Sánchez del Río. Foto: European Dreams Factory.

Cuatro días después de haber sido apresado, por la tarde, fue sacado fuera para ser torturado. En primer lugar, le rebanaron los pies con un cuchillo y fue obligado a caminar descalzo por el pueblo. Con los pies desollados y sangrando, en carne viva, lo hicieron caminar hasta el cementerio municipal, torturándolo más por el camino para obligarlo a que se callara. Los hombres que lo escoltaban le iban hiriendo con navajas, pero a cada puñalada el niño daba más «vivas» a Cristo Rey y a la Virgen. Poco antes de llegar a su destino, uno de los guardias le dio un fuerte golpe con la culata del rifle y le rompió la mandíbula. Finalmente, el jefe de la cuadrilla exclamó: «¡Ah, qué fanático!». Y le dio un tiro en la nuca para acabar con su vida. Le faltaban 46 días para cumplir los 15 años.

«Se trataba de un muchacho —de un chavo, como dicen en México—, todavía adolescente», dice de él Fidel González Fernández, que fue el postulador de la causa de canonización del santo. Su historia es «una versión moderna de la figura de David frente al poderoso Goliat». En su opinión, «lo que llama la atención en su vida es la conciencia que tenía de su pertenencia a Cristo y a su Iglesia», añade. Destaca asimismo «su fe profunda hacia la Eucaristía y su amor sin condiciones por la ley de Dios».

¿Quiénes fueron los cristeros?

La guerra cristera fue un conflicto que devastó México entre 1926 y 1929, cuando miles de insurgentes se levantaron contra las políticas anticlericales del Gobierno del presidente Plutarco Elías Calles. El mandatario ordenó restringir el culto, cerrar escuelas religiosas, sancionar a los sacerdotes y religiosos y expropiar las propiedades de la Iglesia, lo que provocó el levantamiento de multitud de fieles —cristeros—, sobre todo campesinos, que reclamaban poder practicar su religión.

El conflicto dejó decenas de miles de muertos, desplazamientos de población y comunidades rurales devastadas, sobre todo en estados como Jalisco, Michoacán, Guanajuato y Zacatecas. También generó un fuerte trauma social: muchas familias quedaron divididas y la violencia religiosa marcó por generaciones la relación de la población con el Estado. Finalmente, gracias a la presión de Estados Unidos y del Papa Pío XI, la represión amainó y volvió la paz al país.