Gregorio Luri: «Ser mediocre es la condición imprescindible de la dignidad»
Maestro, pedagogo, doctor en Filosofía y uno de los mayores referentes de la educación en España, recuerda en su último libro, publicado en Encuentro, que somos seres dignos a medio hacer
—¿Cuándo fue la última vez que alguien le dijo que era un mediocre sin saber que lo que hacía era elogiarle?
—Así como me han tratado de desastre o de inútil, de mediocre creo que nunca me ha lo dicho nadie, y tengo que reivindicarlo. Por favor, trátenme de mediocre, que es un orgullo.
—Es una connotación negativa la que tenemos de la mediocridad, pero usted la ensalza como una forma de ser consciente de que uno está en la mitad de la ascensión a la cima de una montaña.
—La etimología de esa palabra me encanta, porque pone en cuestión el uso cotidiano de mediocre, que lo utilizamos cuando no tenemos el valor para decir a alguien que es malo; es una forma un poco hipócrita de manejarse con los demás. Pero la etimología alude a que estás en la mitad de una montaña, en esa situación en la cual sabes que ahí está la cima, pero no la ves porque está envuelta en nubes. Esa situación creo que es exactamente la condición imprescindible de la dignidad. Somos seres dignos porque estamos en condiciones de decidir cuál va a ser nuestro trayecto.
—¿No le ha disuadido nadie de poner ese título al libro?
—Sí, pero, al final, el terreno de los superventas ya está ocupado y tengo que ser honesto conmigo mismo. En un momento en el que parece que es obligatorio ser feliz, en el que todo el mundo te está diciendo «cómprate este coche y serás feliz», cualquier arañazo de la realidad parece una desgracia. Pues bien, creo que más que aspirar a la felicidad, lo que tenemos que aspirar es a tener un trayecto en el que nos podamos reconocer con orgullo. Dicho de otra forma, creo que más importante que aspirar a ser feliz es aspirar a amar la vida, a pesar de que somos mediocres.
—Estamos en la invasión del «si lo visualizas, lo consigues», entre coaches y speakers que nos machacan con ser invencibles, con autocuidarnos, con autoquerernos. Eso no nos deja, como usted propone, espacio para reconciliarnos con que somos criaturas a medio hacer. ¿Qué peligros ve en la obsesión contemporánea por ser la mejor versión constante de uno mismo?
—Que te impide reconciliarte con la realidad. Creo que nuestro principal deber, como seres vivos, es amar la vida tal cual es. Amar la realidad que tenemos delante. Y, para sacar todos los destellos que tiene la mediocridad, hay que amarla. Entre otras cosas, porque todo lo que amamos está tocado por la muerte. Y esa es la condición para que la realidad nos proporcione un chisporroteo de belleza.
—¿Es un libro contra la invasión de la autoayuda, contra el perfeccionismo, contra las expectativas desmedidas, contra nada o contra todo a la vez?
—Un día me llamó el párroco de mi pueblo, que estaba organizando una cena, y me pidió que hablara durante 15 minutos sobre el mal. ¿Cómo decir algo sensato y bien argumentado sobre el mal en 15 minutos? Pero cuando llegó el día, di mi charla y después apareció un debate. Lo que he pretendido es llevar al papel el ambiente de ese encuentro. Por eso no hay una tesis que vaya desarrollándose de manera lógica. Hay intervenciones, cosas que se dejan a medio responder, cosas que se insinúan. Una parte más filosófica, claro; otra parte más costumbrista, otra anecdótica. Pero todo eso pasa en una cena.
—Entonces, cómo definimos a la mediocridad, ¿como una conquista moral o como una condición antropológica?
—Las dos cosas. Desde una perspectiva cristiana, porque hemos sido creados a imagen y semejanza, y desde una perspectiva filosófica kantiana, porque tenemos responsabilidades sobre nosotros mismos. La dignidad ontológica, que es la que me obliga a mí a tratarte de determinada manera, ha de ser correspondida con tu dignidad moral, que es tu capacidad para hacer con tu dignidad ontológica algo visible ante los demás.
—Por las páginas desfilan Sócrates, Unamuno, Heidegger… ¿Qué siguen enseñando a un mundo saturado de opiniones y de certezas exprés?
—El gran debate que no tenemos, y que deberíamos tener, es el historicismo. El predominio de esa convicción de que todo es histórico y, como tal, lo último es siempre mejor que lo penúltimo. Esa idea deja a la verdad en un estado muy precario, porque entonces toda verdad es provisional. Será sustituida por otra verdad posterior, ya que lo último es mejor. Pero eso no se sostiene, porque si fuese verdad, entonces tú y yo seríamos mejores escritores que Cervantes por el mero hecho de escribir después de él. Y, al menos en mi caso, estoy muy lejos de conseguirlo. Pero, además, hay implícita otra cuestión. Y es que cuando creemos que lo último es superior a lo penúltimo, estamos proyectando sobre la realidad, sobre el mundo y sobre nosotros, una imagen tecnológica. Porque es cierto que tu televisor hoy sabe hacer cosas que el primero que compraron tus padres era inimaginable que las hiciera. Y que tu coche actual es mucho mejor que el de tu abuelo. La tecnología avanza en un sentido piramidal. Ahora bien, las cosas humanas no son así. La reducción tecnológica que estamos haciendo del humano es altamente peligrosa, porque nos convierte en instrumentos. Una cosa es lo nuevo y otra cosa es lo bueno. Y no necesariamente han de coincidir. Creo que una de las responsabilidades de un cristiano hoy es reivindicar esta evidencia.
Gregorio Luri
Encuentro
2025
194
19 €