Lo propio de una ciudad —para eso se hizo— es tener comunidad - Alfa y Omega

Lo propio de una ciudad —para eso se hizo— es tener comunidad

Las largas jornadas, vivir cada vez más lejos del trabajo y, sobre todo, no fiarse de plazas ni vecinos, aboca a los niños a la soledad

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Cualquiera que escuche el relato de la infancia de un abuelo o —dependiendo de a qué generación pertenezca— el de un padre o el de sí mismo, encontrará desternillantes aventuras. Entre aquellos que fueran más tranquilos, aparecerán juegos y canciones hoy desaparecidas. Y entre aquellos más polvorillas, caza de golondrinas o alocados lanzamientos de piedras con sus correspondientes brechas. Pero, en cualquier caso, incluso de los que vivieron en grandes ciudades habrá memorias indelebles por el mero hecho de habitar el espacio. Porque se habitaba el espacio. Hoy, en cambio, no tanto.

Si en la capital, tal y como detalla el Informe Foessa, se han multiplicado por seis las enfermedades mentales entre los jóvenes, no es por ciencia infusa. Es porque a menudo falta una infancia a la que volver. Pregunte usted y encontrará el vago recuerdo de algún dibujo animado o un juguete carísimo, pero que suponía un sucedáneo descafeinado al ocio en mayúsculas que ofrecen el parque y la calle. Esta última, objeto de muchas preocupaciones para una generación de padres que lo hizo lo mejor que pudo ante otros peligros no inexistentes, entre ellos la droga.

Con la prueba ante nuestras narices de una generación desconectada de lo físico y enganchada a lo virtual, lo más inteligente es no repetir el error con los que vendrán, hoy ya nacidos y a menudo aparcados en el sofá mientras sus padres sufren un atasco después de una larga y agotadora jornada. En otros municipios se comprende mejor que en Madrid, sobre la que este informe ha demostrado con datos que es más individualista. Pues reaccionemos. Si los niños capitalinos ganan por goleada a sus compatriotas en horas frente a la pantalla, los jóvenes solo se relacionan por redes y los ancianos están impedidos en sus domicilios, ya tenemos los mimbres para que los unos se visiten a los otros y cacen tres golondrinas de una sola pedrada. Claro que se nos tiene que ocurrir. Para eso la incidencia.