Comienza el primer Sínodo de los Obispos con Benedicto XVI como Papa. Sínodo para un mundo que trata de desbancar a Dios
Benedicto XVI y el cardenal Angelo Scola, Relator General del Sínodo, ponen sobre el tapete de las discusiones sinodales los temas centrales
Benedicto XVI inauguró este domingo el primer Sínodo de los Obispos de su pontificado, dedicado a la Eucaristía, subrayando su importancia decisiva para anunciar a Dios en un mundo al que parece estorbarle, y que busca incluso desterrarle de la vida pública.
En la homilía de la Eucaristía inaugural, al hilo de la parábola evangélica de los viñadores homicidas, el Papa subrayó cómo «los arrendadores no quieren tener un patrón, y estos arrendadores nos sirven de espejo a nosotros, hombres, que usurpamos la creación que se nos ha confiado en gestión. Queremos ser los dueños en primera persona y solos. Queremos poseer el mundo y nuestra misma vida de manera ilimitada».
De hecho —constató—, en el mundo actual parece que «Dios nos estorba, o se hace de Él una simple frase devota, o se le niega todo, desterrándolo de la vida pública, hasta que de este modo deje de tener significado alguno».
«La tolerancia que sólo admite a Dios como opinión privada, pero que le niega el dominio público, la realidad del mundo y de nuestra vida, no es tolerancia, sino hipocresía», indicó. «Ahora bien, allí donde el hombre se convierte en el único dueño del mundo y en propietario de sí mismo, no puede haber justicia. Allí sólo puede dominar el arbitrio del poder y de los intereses».
«Nuestra vida cristiana, con frecuencia, ¿no es quizá más vinagre que vino? ¿Autocompasión, conflicto, indiferencia?», se preguntó en una homilía que concluyó con un apremiante llamamiento a la esperanza, pues «Dios no fracasa. Al final, triunfa, triunfa el amor». Y aseguró: «Si permanecemos unidos a Él, entonces daremos fruto también nosotros, entonces ya no daremos el vinagre de la autosuficiencia, del descontento de Dios y de su creación, sino el buen vino de la alegría en Dios y del amor por el prójimo».
La corrección fraterna
En la meditación con la que el Santo Padre inició el lunes los trabajos del Sínodo, dijo, entre otras cosas, glosando la oración de Tercia que la Asamblea había hecho al comenzar: «El imperativo Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto puede ser también una invitación al examen de conciencia usual, para ver en qué estado se encuentra nuestra alma, hasta qué punto está descuidada, si ya no funciona, y buscar devolverla a su integridad. Es también una invitación al sacramento de la Reconciliación, en el cual Dios mismo repara nuestra alma y nos da de nuevo lo completo, la perfección, la funcionalidad, a fin de que en nuestra alma pueda resonar la alabanza del Señor. Después, exhortémonos unos a otros. La corrección fraterna es una obra de misericordia. Ninguno de nosotros se ve bien a sí mismo, ve bien sus faltas. Así, es un acto de amor, para ser complemento el uno del otro, para ayudarse a vernos mejor, a corregirnos. Pienso que, justamente, una de las funciones de la colegialidad es la de ayudarnos en el sentido, también, del imperativo precedente, de conocer las lagunas que nosotros mismos no podemos ver. Naturalmente, esta gran obra de misericordia exige mucha humildad y amor. Sólo si viene de un corazón humilde que no se pone por encima del otro, que no se considera mejor que el otro, sino sólo un humilde instrumento para ayudarse recíprocamente. Sólo si se siente esta profunda y verdadera humildad, si se siente que estas palabras vienen del amor común, del afecto colegial en el que queremos servir juntos a Dios, podemos en este sentido ayudarnos con un gran acto de amor. Aquí el texto griego añade un matiz. La palabra griega es paracaleisthe; es la misma raíz de la palabra paráclito, de paráclesis: consolar. No sólo corregir, sino también consolar, compartir los sufrimientos del otro, ayudarlo en sus dificultades. También ésto me parece un acto de verdadero afecto colegial. En tantas situaciones difíciles que surgen hoy en nuestra pastoral, alguien se puede encontrar un poco desesperado, sin ver cómo avanzar. En ese momento tiene necesidad de consuelo, tiene necesidad de alguien que esté con él en la solicitud interior y que cumpla la obra del Espíritu Santo, del consolador, nuestro abogado, que nos ayuda. Ésta es una invitación a llevar a cabo nosotros mismos, juntos, la obra del Espíritu Santo Paráclito».
La vida de la Iglesia
En su saludo a la asamblea sinodal, uno de los presidentes delegados, el cardenal Francis Arinze, afirmó que «venimos para reflexionar sobre un tema que toca el corazón que late en la vida de la Iglesia. En la Santísima Eucaristía, de hecho, como dice el Concilio Vaticano II, se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo en persona, nuestra Pascua». Asimismo, el Secretario General del Sínodo, monseñor Nikola Eterovic, afirmó, en su informe que, «en la Eucaristía se realiza el encuentro entre Dios y el hombre; es la forma por excelencia que adquiere la presencia de Dios en el sacramento de la humanidad glorificada por Jesucristo, quien se ofrece como alimento y bebida en cada celebración eucarística».
Y en esta primera sesión, el cardenal Angelo Scola, Patriarca de Venecia, relator general del sínodo, expuso, en una intervención leída en latín, los temas sobre los que, en estas tres semanas, discutirán los obispos, y presentó como prioridad la necesidad de redescubrir el asombro eucarístico. La historia de la Iglesia —dijo— está hecha de millones de hombres y mujeres de «cualquier generación, clase social, raza o cultura», que han dejado sus casas el domingo para comer el Pan de Cristo.

El cardenal Scola se basó en el Instrumentum laboris, el documento de trabajo de la asamblea, como prevé la dinámica sinodal, para ilustrar los diferentes argumentos que giran en torno a La Eucaristía: fuente y cumbre de la vida y de la misión de la Iglesia. Benedicto XVI escuchaba con atención cada una de las palabras del Relator.
«La dificultad está en cómo reavivar el asombro, generado por la Eucaristía, en los numerosos bautizados no practicantes (en algunos países europeos pueden superar el 80 %)», reconoció el cardenal Scola. «Son, por lo tanto, indispensables el anuncio y el testimonio personal y comunitario de Jesucristo a todos los hombres, con el fin de suscitar comunidades cristianas vitales y abiertas», aclaró. «La celebración eucarística hace la Iglesia». Gracias a la Eucaristía, «los cristianos, incorporados a Cristo, se convierten en un solo cuerpo y participan de un solo Espíritu». E insistió: «Fuera de esta comunión eucarística y sacramental, la Iglesia no está plenamente constituida».
De esta constatación, el purpurado dedujo, entre otras cosas, el motivo por el cual la comunión eucarística requiere la comunión eclesial. Pasó así a afrontar la cuestión de la intercomunión —la posibilidad de que comulguen en la Eucaristía personas no católicas—. «El no poder acceder a la concelebración eucarística y a la comunión eucarística por parte de los cristianos de diversas Iglesias y comunidades eclesiales y el carácter de excepción de la hospitalidad eucarística, no pueden ser sólo causa de dolor; más bien deben representar un estímulo permanente para la continua y común profundización del misterio de la fe, que exige de todos los cristianos la unidad en la integral profesión de la fe», explicó.
Para el cardenal Scola, la Eucaristía es un don de Jesús; por tanto, no es «ni derecho ni posesión», y presentó esta perspectiva para afrontar la cada vez más extendida práctica de «asambleas dominicales en espera de sacerdote». Estas asambleas son comunes en aquellos países en los que la falta de sacerdotes es particularmente aguda. En general, un laico preparado por la diócesis ofrece un comentario a la Palabra y en ocasiones distribuye la Comunión.
Desde esta perspectiva también tocó el tema de los viri probati, es decir, la petición surgida de algunos sectores de ordenar fieles casados, de comprobada fe y virtud. Para el cardenal, no existe un número ideal de sacerdotes, pues la Iglesia no es una «empresa a la que se debe dotar de una determinada cuota de personal directivo». Consideró más bien que el Sínodo debe proponer «los criterios para una más adecuada distribución del clero en el mundo. En este sentido, el camino a recorrer se muestra aún largo».
El cardenal Scola no omitió la cuestión de los divorciados que se vuelven a casar, reconociendo que se dan casos realmente difíciles, particularmente en los países de larga tradición cristiana. «En la presente Asamblea se deberán profundizar ulteriormente, y prestando gran atención a los complejos y bien diferenciados casos, las modalidades objetivas para verificar la hipótesis de nulidad del matrimonio canónico», propuso.
«Verificación que, para respetar la naturaleza pública, eclesial y social del consentimiento matrimonial, no podrá no tener, a su vez, un carácter público, eclesial y social. El reconocimiento de la nulidad del matrimonio, por lo tanto, debe implicar una instancia objetiva que no puede reducirse a la conciencia singular de los cónyuges, ni siquiera si es sostenida por la opinión de una iluminada guía espiritual», aclaró.
«En cualquier caso —añadió—, sigue siendo decisiva la acción pastoral ordinaria de preparación lejana, próxima e inmediata de los novios al matrimonio cristiano, así como también el acompañamiento cotidiano en la vida de las familias dentro de la gran morada eclesial».
La última parte de la Relación subrayó la dimensión antropológica, cosmológica y social de la Eucaristía, en particular los lazos inseparables entre Eucaristía y evangelización. «Sobre todo en este tiempo de singular sufrimiento que padecen todas las áreas culturales del mundo —recalcó— el cristiano que vive la propia existencia comunitaria en forma eucarística, se convierte en incansable anunciador y testigo de Jesucristo y de su Evangelio en todos los ambientes de la existencia humana: desde el barrio hasta la escuela, el trabajo, el mundo de la cultura, de la economía, de la política, de las comunicaciones sociales, etc.».
El Relator del Sínodo concluyó exponiendo un auspicio final: esta visión de la Eucaristía «no es una utopía. Vive ya plenamente en María, mujer eucarística», como la definió con una de sus formulaciones geniales Juan Pablo II.