«Debería estar muerta y ahora estoy dando vida», dijo una Irene Villa embarazadísima, en el acto por la vida que, el pasado fin de semana, tuvo lugar en la Puerta del Sol. Ese día estrenaba piernas y pies y, con la vitalidad que le caracteriza, decidió calzarse, por primera vez en mucho tiempo, unas sandalias y compartir la alegría del estreno con todos. Con su testimonio, Irene transmitió energía y optimismo, como siempre. «Nadie puede quitarle la dignidad a una persona; ni sus padres», dijo.
Junto al testimonio de Irene, se escucharon otros tantos, todos impresionantes de personas que atraviesan, o han atravesado, situaciones más o menos extremas. Yo, por suerte, no he vivido ninguna de esas situaciones, pero afortunadamente no me ha hecho falta para ser una defensora a ultranza de la vida.
La vida es sagrada y siempre merece la pena. Merece la pena porque te da la oportunidad de amar y enamorarte, de abrazar y que te abracen, de experimentar la amistad, de creer en Dios, de poder aprender cada día, de trabajar en equipo, de dar vida, de hacer cosas por los demás, y podría seguir con un largo etcétera de experiencias que aportan dosis de felicidad a mi vida y que tienen tanto valor, que no podría ponerles un precio.
Por muy dura que sea una situación, siempre podemos encontrar una razón para vivir, como decía el lema de un video estupendo que circuló por las redes sociales, el año pasado, con ocasión de la Jornada por la Vida ( www.siemprehayunarazonparavivir.com)
Y los que defendemos la vida como lo más preciado que tenemos, debemos asumir el compromiso de transmitirlo a las nuevas generaciones. Quizá en este punto hemos hecho agua. El sábado, en su testimonio, un catedrático de Historia de Bachillerato y una profesora jubilada, de más de ochenta años, defendieron a los jóvenes, a los que tanto se critica. Precisamente los que más horas los sufren, dieron la cara por ellos. Con acierto, lanzaron la pregunta: ¿Qué son los jóvenes, sino lo que hemos ido sembrando los adultos?
La cita no es cada 25 de marzo, sino cada día. Tenemos mil y una ocasiones cotidianas para ir sembrando vida y darle valor sagrado. Y si no cuidamos y acogemos la vida, ¿qué nos queda? ¿De qué hablamos cuando nos referimos a valores? ¿Qué vamos a dejarles como herencia, si lo más importante no queda sellado en lo más profundo?
Yo corro el riesgo de encontrarme cualquier día con un Mamá, ¡qué pesada eres! por parte de mis hijos, pero no hay cosa que les repita con más gusto que decirles que, en mi vida, ellos son lo más importante, y que tener hijos es lo mejor que me ha pasado. Esta conversación siempre termina con una amplia sonrisa por parte de todos y, últimamente, hay ocasiones en las que son ellos los que vienen y preguntan: «Entonces, ¿lo más importante para ti es habernos tenido a nosotros?».