Toda la Semana Santa está centrada en la persona de Cristo muerto y resucitado. En la Semana Santa, los fieles que así lo desean, mediante la oración y el sacramento de la Penitencia, son purificados de sus pecados y, participando en la Eucaristía con un corazón limpio, son renovados y rejuvenecidos por el Espíritu Santo. Esto, que es una posibilidad para todos, es también un deber de todo cristiano, que en ningún momento debe permanecer en pecado y mucho menos acercarse a la comunión sin estar en gracia de Dios.
Ante la Pasión de Cristo, contemplada y meditada, no se puede permanecer neutral. Su Pasión nos interpela y pone al descubierto nuestra parte de culpa en el sufrimiento ajeno, así como la mezquindad de las pasiones que anidan en nuestro corazón. Si no queremos ser meros espectadores, fijándonos en Cristo y en los que le rodean en su Pasión, tenemos que hacernos esta pregunta: ¿De parte de quién estoy yo?
La Semana Santa incluye también los días de su resurrección gloriosa. La resurrección de Cristo no sólo es el culmen de la Semana Santa, sino la verdad culminante de nuestra fe en Él. Nuestra Semana Santa no puede concluir el Viernes Santo; quienes se quedan ahí celebran una Semana Santa mutilada y son personas que tienen una fe vana, insuficiente o inmadura. Cuesta comprender cómo puede haber cristianos que ignoren la importancia de la resurrección del Señor y no participen en las celebraciones de la Vigilia Pascual y del Domingo de Pascua.
La resurrección es la confirmación de que la Pasión y muerte de Cristo no son una tragedia sin sentido, un fracaso y el final de todo. Él mismo se entregó a la muerte y, resucitando, destruyó la muerte y nos dio nueva vida.
Los cristianos no celebramos la Semana Santa como algo distante y del pasado, sino como un acontecimiento que tiene que ver con nuestra vida actual. Después de dos mil años, Cristo sigue vivo, es contemporáneo nuestro, y sigue presente entre nosotros.
+ Bernardo Álvarez Afonso
obispo de Tenerife