¡Me he olvidado de mi hijo! - Alfa y Omega

¡Me he olvidado de mi hijo!

En Yibuti, uno de cada diez niños muere antes de los cinco años, y familias que viven en la extrema pobreza tienen que alimentar a varios hijos. Además, en el país no hay personal especializado en fisioterapia y rehabilitación. Ante esto, algunos opinarán que no se puede hacer nada por los niños discapacitados. Pero el proyecto Rehabilitación sin fronteras les ha dado una oportunidad, aprovechando lo único que tienen: sus madres

María Martínez López
Terapeutas italianos enseñan a las madres de Yibuti a cuidar de sus hijos discapacitados.

En Yibuti, un pequeño país del Cuerno de África, el hambre y las enfermedades matan a casi uno de cada diez niños menores de cinco años (91 de cada mil). Este panorama es incluso más oscuro para los niños -y mayores- que tienen algún tipo de discapacidad. «Son los más pobres de entre los pobres», explica sor Michela Carrozzino, religiosa guaneliana y Presidenta de la asociación Mediterráneo sin barreras, que la semana pasada celebró, en Madrid, su V Congreso internacional.

¿Tiene futuro un niño discapacitado en este contexto de extrema pobreza? «Conocí -recuerda esta religiosa- a una madre que tenía muchos hijos, y uno de ellos tenía una discapacidad. Los demás niños le pedían la comida o lo que necesitaran, pero el enfermo, no. Un día, se dio cuenta de que, en cierta manera, se había olvidado de ese hijo». Ante esta estremecedora experiencia, parece que la respuesta a la pregunta anterior es negativa. Pero sor Michela discrepa: «Esa mujer había acudido a nosotros, y nos pidió que la ayudáramos. Dijo: Tenemos muchos problemas, y corremos el riesgo de olvidarnos de nuestros hijos enfermos». Es decir, «no es que se desinteresen, tienen mucha sensibilidad y ternura con esos hijos, pero no saben qué hacer».

Sor Michela enseña a las madres de Yibuti a cuidar de sus hijos discapacitados.

Esta mujer somalí se había acercado a Rehabilitación sin fronteras, el primer proyecto de cooperación puesto en marcha por Mediterráneo sin barreras. Uno de los fines de esta asociación es promover una mayor atención a los discapacitados; no todos los países pueden hacerlo solos. Por eso, la asociación puso en marcha el proyecto de Yibuti. Allí, «encontramos muchos niños pequeños que necesitaban terapia de rehabilitación. Pero no había terapeutas, ni personas dispuestas a formarse» para serlo.

Lo único que tenían esos niños era a sus madres, y de eso echaron mano: «Pensamos en implicar a las madres, y hemos hecho un programa de formación y entrenamiento para ellas. Son muy jóvenes e inteligentes, aprenden muy rápido. Pero nadie les ha dicho algunas cosas muy sencillas, como que a un niño que no anda no deben tenerlo todo el día en brazos, sino que se le puede ayudar para que se mueva más». Por eso, terapeutas especializados, llegados desde Italia, les han enseñado qué ejercicios pueden ayudar a su hijo a tener más movilidad, o evitar otras secuelas de su discapacidad. «Ellas, que ven la oportunidad de educarse» y ayudar a sus pequeños, «lo hacen encantadas», y logran un futuro mejor para sus hijos.

El atrio de los gentiles de la caridad

«La estima por vuestra notable competencia profesional, la atención compasiva y la promoción decidida del debido puesto en la sociedad de quienes tienen necesidades especiales son bien conocidas aquí y en todo el reino». Lo dijo Benedicto XVI al visitar, en 2009, el centro para personas discapacitadas Nuestra Señora de la Paz, en Amman, la capital de Jordania. Nacido en 2004, este centro, y su filial en Aqaba, ofrecen educación y terapia gratuitas a casi 600 personas. El presidente de su comité central, don Sahem Madanat, explica que, además, en cada provincia de Jordania existe un comité de voluntarios que organizan actividades para concienciar sobre la dignidad de las personas discapacitadas y para atender a las que tienen menos recursos. El señor Madanat está orgulloso de que la gente les reconozca como Iglesia cuando sirven «a los que nadie antes ha servido». También les enorgullece mucho contribuir al encuentro de cristianos y musulmanes. En Jordania, aunque no hay conflictos, «la comunidad cristiana está muy cerrada en sí misma. Lo mismo les pasa a los musulmanes en relación con los cristianos». Unos y otros colaboran en los comités, y así pueden conocerse. Pero, para ello, no han sucumbido a la corrección política de no hablar de religión. «Siempre subrayamos el principio religioso, que es el que nos sostiene. En una ciudad, el obispo nos pidió, antes de la primera reunión, que cada uno rezara algo en silencio. Al terminar, un joven líder musulman se acercó al obispo y le dijo: Estoy contento de que el interés por los discapacitados esté haciendo desaparecer el muro de cristal entre nosotros».

Si conseguir algo así es un éxito en Jordania, mucho más en Afganistán. En Kabul, varias congregaciones religiosas han puesto en marcha un centro de día para niños discapacitados. El objetivo: compartir, en «una sociedad herida por los prejuicios y la violencia», la Buena Noticia de que «Dios ama a sus criaturas sin distinción de raza, color, religión o discapacidad», explica el padre Carmelo Capizzi. Cada año, consiguen que unos ocho niños, de los 30 a los que atienden, se reintegren en escuelas públicas, «y luego son de los primeros de la clase». El aprecio de los directores de estos colegios por su método de trabajo ha hecho que se hayan convertido en referencia para el Gobierno de un país en el que, al principio, les costó mucho entrar. El centro «se ha convertido en un atrio de los gentiles de la caridad; un lugar para el encuentro con Cristo, caridad encarnada».