San Francisco y Tierra Santa - Alfa y Omega

«No solo los fieles de Cristo, sino también los sarracenos y los hombres obtusos, admirando su humildad y perfección, cuando a causa de su predicación se dirigen intrépidamente a ellos, los acogen de buen grado, proporcionándoles con espíritu amoroso las cosas necesarias». Con estas palabras, Juan de Vitry describe la predicación de los primeros franciscanos en Tierra Santa. Como hemos analizado en el reciente congreso sobre san Francisco y los santos lugares celebrado en la Universidad CEU San Pablo, han pasado casi 800 años desde el momento en que el obispo de Acre trazó sobre pergamino estas palabras, componiendo su Historia Occidentalis. A pesar de los siglos, hoy los frailes menores siguen desarrollando su infatigable labor de predicación en los lugares santos. Mucho ha cambiado desde el tiempo de las cruzadas, pero sigue habiendo ciertos parecidos al siglo XIII. Tierra Santa es una tierra dividida y en constante conflicto, y la presencia de los franciscanos constituye una pieza fundamental de aquel mosaico de gentes y religiones. Una presencia que ha tenido un desarrollo lento, pero constante, y que trae su origen e inspiración desde un acontecimiento clave: el encuentro entre Francisco de Asís y el sultán de esas tierras, Al-Malik al-Kamil, en el año 1219. Los ejércitos cristianos acababan de sufrir una terrible derrota bajo las murallas de Damieta y fue durante este periodo de necesaria tregua cuando Francisco consiguió entrar en el campo islámico. El poverello d’Assisi se presentó armado solo del Evangelio, de acuerdo con el ideal de cada cristiano y la misión de la fraternitas que él había fundado. Nuestra mirada tiende a ver en este hombre delgado y descalzo que entra en la tienda del poderoso sultán, una especie de moderno embajador de la ONU, dispuesto a resolver con las palabras lo que las armas no habían podido solucionar. Sin embargo, deberíamos resistirnos a esta tentación. Francisco predicaba la paz, pero no se presentó «nella presenza del Soldan superba» (Dante, Paraíso XI, 100-102) para negociar una tregua ventajosa. Su intento era convertir al sultán, a la persona, al hombre Malik; solo para esto merecía la pena abandonar Italia, cruzar el Mediterráneo, los sangrientos campos de batalla y llegar hasta allí.