El Papa está dedicando sus vacaciones, en su residencia de Castel Gandolfo, a terminar la tercera y última parte del libro Jesús de Nazaret y a preparar sus discursos para su viaje al Líbano, del 14 al 16 de septiembre. Además, según ha confirmado el padre Lombardi, director de la Oficina de Prensa de la Santa Sede, Benedicto XVI está preparando ya sus discursos para el próximo Año de la fe y el 50 aniversario del Concilio Vaticano II.
En cada intervención, el Papa deja traslucir el gran empeño que quiere poner en esta llamada a toda la Iglesia a participar en la nueva evangelización, alimentada de las enseñanzas del Concilio. El domingo, al visitar la cercana diócesis de Frascati, Benedicto XVI resaltó que «los documentos del Concilio contienen una riqueza enorme para la formación de las nuevas generaciones cristianas. Con la ayuda de los sacerdotes y de los catequistas -pidió-, reléanlos, profundícenlos y traten de ponerlos en práctica en las parroquias, en las asociaciones y en los movimientos. Redescubran la belleza de ser Iglesia, de vivir el gran nosotros que Jesús ha formato en torno a sí, para evangelizar el mundo: el nosotros de la Iglesia, jamás cerrado, jamás replegado sobre sí, sino siempre abierto y tendiente al anuncio del Evangelio a todos».
Una semana antes, Benedicto XVI visitó la residencia de los misioneros del Verbo Divino en Nemi, donde el Papa, entonces un joven teólogo, participó, en 1965, en la preparación del Decreto conciliar Ad gentes. De aquel documento, resaltó la vigencia de «la necesidad de llevar la luz de la Palabra de Dios al mundo y de dar una nueva alegría a este anuncio». En Frascati, durante la homilía, añadió a lo anterior el argumento de que «todos somos responsables, todos somos corresponsables» de la misión de la Iglesia, y estamos llamados a «asumir la responsabilidad apostólica», comenzando por «los padres, que en la familia cumplen la misión educativa hacia los hijos»; continuando «por los párrocos y sacerdotes, que son responsables de la formación en la comunidad»; y terminando «por los fieles laicos, que están implicados en el servicio formativo con los jóvenes o con los adultos, o empeñados en ambientes civiles y sociales».
Los nuevos misioneros que necesita la nueva evangelización deben «predicar el reino de Dios, sin preocuparse por tener éxito: el éxito se lo dejan a Dios», explicó el Papa. En segundo lugar, han de vivir con un «espíritu de desapego: no deben ser apegados al dinero y a las comodidades». Y, en tercer lugar, han de saber que «no siempre recibirán una acogida favorable: a veces serán rechazados; más aún, podrán ser también perseguidos. Pero esto no les debe impresionar: ellos deben hablar en nombre de Jesús». Por lo demás, lejos de respetos humanos, los nuevos evangelizadores deben predicar, con palabras y con obras, «aquello que Dios dice, y no lo que los hombres quieren escuchar. El criterio de los discípulos es la verdad, aunque esté en contra de los aplausos humanos».