Es posible vivir en cristiano, en la empresa
Es posible vivir en cristiano, en la empresa. Lo demuestran diversos proyectos inspirados en la doctrina social de la Iglesia, de los cuales el más conocido es la Economía de Comunión. En tiempos de EREs y recortes, llaman la atención este tipo de iniciativas, que demuestran que es viable otro modelo de empresa, con alma. Como la de Elena, un ama de casa de Dos Hermanas que un día se lanzó a crear un Centro de Día para ancianos
«Una gran visión para cambiar el sistema económico en su conjunto —ni comunismo, ni consumismo: comunión—», así definió Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, la Economía de Comunión, proyecto que ideó en 1991 tras una visita a las favelas brasileñas. «Aquí tendrían que surgir empresas cuyas utilidades se pusieran libremente en común con la misma finalidad de la comunidad cristiana: ayudar a los que padecen necesidades, ofrecerles trabajo, para que no haya ninguno en la indigencia».
Once años después, son 840 empresas repartidas por los cinco continentes las que se han adherido al proyecto de Economía de Comunión, con dos claros objetivos: que los beneficios se reinviertan en otros proyectos y que el valor de la persona esté por encima del valor del dinero. Una fórmula aventurada para los tiempos que corren, pero que parece funcionar. Así lo constata don Luigino Bruni, profesor de Economía política en Milán y coordinador de la comisión internacional de la Economía de Comunión: «Hemos obtenido sorprendentes resultados en un año difícil. En 2011, han aumentado los beneficios compartidos, así como el número de empresas que forman parte de nuestro gran proyecto». Exactamente, son 43 más que en 2010; y son especialmente el continente africano y americano los que han favorecido este crecimiento, sobre todo Brasil.
Economía de Comunión en Sevilla
En España son 30 las empresas que se inspiran en el proyecto de Chiara Lubich. Una de ellas es la Unidad de Estancia Diurna La miniera d’oro —La mina de oro, nombre puesto por la misma Chiara en referencia al valor de las personas con las que trabajan, los ancianos—. Puesta en marcha, en la localidad sevillana de Dos Hermanas, hace nueve años, por doña Elena Bravo y don José Alonso, su socio, la empresa cuenta hoy con una plantilla de 19 trabajadores y atienden a 50 ancianos.
«No ha sido fácil, pero seguimos de pie», explica Elena, quien reconoce que los trabajadores de La miniera cobran un sueldo escaso, pero digno, y los pocos beneficios que se consiguen se envían a la comisión internacional de Economía de Comunión para que sean reinvertidos. «Pero el valor verdadero de esta empresa está en el capital humano. En estos días tan duros que estamos pasando —la Junta de Andalucía tiene concertadas 40 de las 50 plazas de la Unidad, y lleva meses retrasando los pagos—, hay empleados que se han ofrecido para que sea a ellos a quienes se les reduzca el sueldo, llegado el caso», cuenta la directora.
Tanto es así, que hace un par de meses, un auditor externo confirmó que el punto fuerte de La miniera es el compromiso de sus trabajadores. «Uno de nuestros empleados se fue, porque quería probar suerte fuera, y volvió al cabo de un año porque prefería ganar menos pero estar en un equipo en el que eres más que un número», explica Elena.

Aun así, un modelo centrado en lo humano no evita la crisis, «pero hay miles de formas de sostenerse en pie sin prescindir de nadie», cuenta. «Nosotros estamos buscando nuevas vías alternativas, como, por ejemplo, impartir talleres de estimulación por la tarde, o servicios de fisioterapia».
Para doña Elena, «era fundamental descubrir que, como cristiana, podía hacer ver al mundo que se puede vivir otra economía, que el Evangelio es verdadero para todas las facetas de la vida». Y reconoce que, en momentos de crisis, «te vienen muchas tentaciones. Pero pienso en buscar el reino de Dios y su justicia y el resto vendrá por añadidura, y por eso no puedo ni quiero abusar de mis trabajadores. Es posible hacer una economía distinta».
Más ejemplos de empresarios con fe
Esta afirmación la comparte don José Luis Linares, director de la Compañía de las Obras en España, una asociación que nace con la misión de acompañar, a la luz de la doctrina social de la Iglesia, a aquellos trabajadores que «quieren afrontar los retos a los que se enfrentan en su trabajo, teniendo muy presente el sentido de la responsabilidad de lo que se tiene entre manos, y siendo conscientes de que es una contribución al bien común».
450 asociados en España, pertenecientes a diferentes mundos laborales —hay empresarios, trabajadores de multinacionales, de asociaciones, de ONGs e incluso de colegios—, «ponen su grano de arena, a través de su puesto de trabajo, para que el mundo laboral funcione de forma justa y equitativa». Muchos son personas individuales, pero hay empresarios que han asociado su empresa entera a la Compañía de las Obras.
Esto se traduce, en la práctica, en que, cuando un trabajador de una empresa se encuentra con un problema, cuenta con el apoyo de la asociación para solucionarlo conforme a los principios de gratuidad, caridad y subsidiariedad. El trabajo fundamental que hace la Compañía de las Obras «es el del acompañamiento, porque es necesario no estar solos», afirma don José Luis.