26 de octubre: san José Gregorio Hernández, el venezolano que no fue sacerdote y acabó siendo el médico de los pobres - Alfa y Omega

26 de octubre: san José Gregorio Hernández, el venezolano que no fue sacerdote y acabó siendo el médico de los pobres

Recetaba medicinas y se las compraba él mismo a sus pacientes, a los que atendía gratis. Cuando murió, los pobres de Caracas se turnaron para llevar su féretro a hombros

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Detalle del mural en el centro de Caracas, en la esquina donde perdió la vida.
Detalle del mural en el centro de Caracas, en la esquina donde perdió la vida. Foto: Wikimedia Commons / QuinteroP.

«La mayoría de estas personas no tienen recursos; no les voy a negar la consulta y no les voy a hacer pasar por la pena de decirme que no tienen dinero. Dios ayudará». Esta breve frase bastaría para explicar la vida de José Gregorio Hernández, el médico venezolano que subió a los altares hace apenas un año. 

José Gregorio nació el 26 de octubre de 1864 en la pequeña localidad de Isnotú, al este del lago Maracaibo, en una familia de siete hermanos. Su madre falleció cuando él tenía apenas 7 años y su padre se casó de nuevo con otra mujer con la que tuvo otros seis hijos. Este bullicioso contexto familiar dio al niño una sólida formación en valores que se le quedó para siempre. A ello ayudó la sencilla piedad de la familia, a la que se sumó una tía monja que pasó a vivir con ellos a resultas de la persecución religiosa que atravesó el país durante algunos años. 

A los 13 años, José Gregorio viajó a Caracas a estudiar, donde acabó matriculándose años después en Medicina, graduándose finalmente en 1888. Aunque tuvo la oportunidad de quedarse en la capital para ejercer su profesión, él quiso enseguida volver a su región natal, a los pies de los Andes. Allí pasó varios meses, hasta que a finales de 1889 viajó a París gracias a una beca del Gobierno. 

Gracias a esta formación, introdujo en Venezuela notables avances en su sector. Por ejemplo, creó la primera cátedra de Bacteriología en América y llevó a su país natal los primeros microscopios acromáticos, lo que permitió a muchos jóvenes después aprender a usar este aparato y a cultivar microbios. De hecho, fue el primer médico venezolano en realizar publicaciones científicas sobre bacteriología en el país, investigando minuciosamente enfermedades endémicas de la época como la tuberculosis, el paludismo, la fiebre tifoidea y la disentería. Tuvo, asimismo, un papel esencial a la hora de combatir la temida gripe española, al constatar que la alta mortalidad no se debía solo al virus, sino también a la desnutrición, la miseria y falta de higiene. 

Esta entrega a su profesión se vio sin embargo interrumpida hasta en dos ocasiones por otros intentos vocacionales. En 1908 entró en la cartuja de Farneta, en la Toscana italiana, pero apenas duró allí nueve meses, pues las duras condiciones de vida de los cartujos minaron su salud hasta hacerle abandonar. 

Volvió a intentarlo en 1913, al ingresar en el Colegio Pío Latinoamericano de Roma, con vistas a ordenarse sacerdote diocesano. Tampoco entonces lo consiguió, debido tanto a su delicada salud como a la inestabilidad política que precedió a la Primera Guerra Mundial y que acabó cerrando temporalmente su seminario. Ya de vuelta definitivamente en su país, José Gregorio se dedicó a su labor médica, no solo desde la investigación y la docencia, sino particularmente desde la atención a los más pobres. 

Bio
  • 1864: Nace en Isnotú, junto al lago Maracaibo.
  • 1878: Viaja a Caracas para estudiar.
  • 1888: Se gradúa en la Facultad de Medicina.
  • 1889: Viaja a París para completar estudios.
  • 1908: Pasa nueve meses en la cartuja de Farneta.
  • 1913: Realiza en Roma otra experiencia vocacional fallida.
  • 1919: Muere atropellado en Caracas.
  • 2025: Es canonizado por el Papa León XIV.

El doctor Hernández vivió en las dependencias de varias parroquias de Caracas, desde donde salía a visitar a los enfermos de toda la ciudad. En su consultorio tenía lo que llamaba el cepillo de los pobres, donde los pacientes dejaban allí lo que podían y, quien no podía pagar, no pagaba nada. Más aún, quien lo necesitaba podía sacar de allí algunas monedas: así evitaba el médico hacerles pasar la vergüenza de pedir. 

En su visita a las casas, si percibía que la familia no iba a poder costear el tratamiento del paciente, dejaba la receta para las medicinas junto a la entrada, no sin antes colocar debajo un billete que sacaba discretamente de su bolsillo.

Fue esta misma generosidad, de la que dieron fe numerosos venezolanos a los que atendió de manera desprendida durante años, la que de algún modo le llevó a la tumba. Fue el 29 de junio de 1919, cuando salió de casa para asistir a una anciana enferma; como la mujer no podía pagar sus medicinas, él mismo fue a comprarlas a la farmacia. Al salir, fue mortalmente atropellado por un automóvil, conducido desafortunadamente por un médico amigo. Un día antes, se había firmado en Versalles el Tratado de paz con el que concluyó la Gran Guerra, por cuyo final había ofrecido generosamente su vida en varias ocasiones.

Su funeral fue una de las mayores demostraciones multitudinarias de cariño que se recuerdan en Caracas, y aunque el plan original era que su féretro fuera llevado en una carroza por toda la ciudad, obreros y pobres lo sacaron de allí para llevarlo a hombros al grito de «¡José Gregorio es nuestro!».