Juan Pablo II nunca quiso renunciar - Alfa y Omega

Juan Pablo II nunca quiso renunciar

Redacción
‘Jesús en brazos de Simeón’. Presentación del Niño en el Templo (detalle). Fra Angélico

Cuando reconoció al Mesías que Israel esperaba en el Niño que portaban María y José, al subir a Jerusalén para presentarlo en el Templo, el anciano Simeón elevó este cántico al Señor:

«Nunc dimittis servum tuum, Dómine,
secúndum verbum tuum in pace…
»
«Ahora, Señor, según tu promesa,
puedes dejar a tu siervo ir en paz.
Porque mis ojos han visto a tu Salvador,
a quien has presentado ante todos los pueblos:
luz para alumbrar a las naciones
y gloria de tu pueblo Israel».

Éste es el himno evangélico, recogido por San Lucas, que cada noche reza la Iglesia entera en las Completas, la oración conclusiva del día, es la expresión gozosa de un cumplimiento. En realidad, ¡todo lo contrario de una dimisión! Al concluir cada jornada, los cristianos nos ponemos en las manos de Dios, y en esa bella oración de la noche le pedimos que «nos conceda una noche tranquila y una muerte santa». ¿Cabe mejor expresión que el Nunc dimittis para que Juan Pablo II lo señalara en su testamento, precisamente en el año 2000, al concluir el segundo milenio cristiano y abrirse al amanecer del tercero? En el Jubileo del 2000 vio, ciertamente, cumplida aquella misión que el cardenal Wyszinsky le había descrito: «Tú debes llevar a la Iglesia al tercer milenio». Y con esa certeza tranquila, se puso en manos de Dios.

El Papa era consciente de que, tras el atentado sufrido en 1981, Dios había prolongado su vida; en cierto modo se la había dado de nuevo. De ahí su firme decisión de dedicarla por entero al servicio que le ha sido confiado como sucesor de San Pedro, acompañada de la conciencia de que sus propias fuerzas no eran suficientes, de que sólo la misericordia del Señor podía sostenerle en ese empeño.