1917. El héroe anónimo de la Gran Guerra - Alfa y Omega

1917. El héroe anónimo de la Gran Guerra

Juan Orellana
El cabo Schofield (George MacKay) durante su periplo para llevar un mensaje urgente a otra división británica. Foto: Francois Duhamel

La Gran Guerra ha estado mucho menos presente en la historia del cine que la Segunda Guerra Mundial, pero lo ha hecho generalmente con gran calidad. Películas como Sin novedad en el frente de Lewis Milestone (1930), Adiós a las armas de Frank Borzage (1932) o La gran ilusión de Jean Renoir (1937) son algunos ejemplos del cine clásico. Pero en el cine moderno brillan con luz propia Senderos de gloria de Kubrick (1957), Feliz Navidad de Christian Carion (2005) o Caballo de batalla de Spielberg (2012). Sam Mendes (American Beauty) se suma ahora a ese subgénero con una importante película cuya primera originalidad está en que, a diferencia de casi todas las anteriores, no se basa en ninguna novela, sino que se inspira lejanamente en las experiencias de su abuelo.

El guion de Mendes y de la escocesa Krysty Wilson-Cairns describe la difícil misión encomendada por el general británico Erinmore (Colin Firth) a los cabos Blake (Dean-Charles Chapman) y Schofield (George MacKay). Dicha misión consiste en abandonar la trinchera a plena luz del día y avanzar por el campo francés ocupado por los alemanes para llegar al emplazamiento de otra división británica y trasmitirle un mensaje urgente y decisivo al coronel MacKenzie (Benedict Cumberbatch). Los soldados solo disponen de unas cuantas horas para cumplir su cometido, y si no lo consiguen, se perderán miles de vidas.

La película acierta en fondo y forma, dejándonos una de las mejores cintas bélicas de los últimos tiempos y convirtiéndose en un clásico desde su estreno. Mendes ha optado por un recurso tremendamente difícil y que condiciona absolutamente la puesta en escena: rodar la película en solo dos planos, dos planos-secuencia que casi nunca abandonan el punto de vista del personaje de Schofield. La razón de rodar en dos planos en vez de hacerlo en uno es porque la película dura 120  minutos y la acción argumental casi un día. Por ello, entre ambos planos hay una elipsis de unas cuantas horas durante las cuales nuestro protagonista permanece inconsciente tras caerse por unas escaleras. La elección del plano-secuencia nos obliga a seguir la historia en tiempo real, y ello facilita nuestra identificación con el protagonista, con la evolución de sus sentimientos y con su desgaste físico y psicológico. Dado que toda la película es un movimiento de avance por territorio enemigo, hacerlo en un solo plano, sin montaje, es extremadamente complejo, un reto narrativo que no veíamos desde El arca rusa de Sokurov.

1917, si es audaz en el plano técnico, es tremendamente clásica, sin embargo, en el nivel antropológico. Es la historia de un hombre frágil y vulnerable, determinado por la conciencia de una misión que cumplir, y definido por la lealtad de la amistad y por el amor de los seres queridos. Un hombre dispuesto a dar la vida por algo más grande que él. Y sin embargo, es un héroe anónimo, un cabo insignificante en medio de las masas de soldados que llenan las trincheras del centro de Europa.

Sin duda, 1917 ha entrado por la puerta grande en la historia del cine bélico.

Juan Orellana