17 de septiembre: san Roberto Belarmino, el cardenal que condenó a Galileo y mandó a Bruno a la hoguera
Su tío era el Papa y todos esperaban de él una prominente carrera eclesiástica. Eligió ingresar en la Compañía de Jesús para evitarlo, pero casi le eligen para la sede de Pedro en un cónclave
«Obispo y doctor de la Iglesia, miembro de la Compañía de Jesús, que intervino de modo preclaro, con modos sutiles y peculiares, en las disputas teológicas de su tiempo». De esta manera tan poco concreta presenta el martirologio romano a san Roberto Belarmino, quizá porque el paso de los siglos no consiga explicar de mejor modo su papel en la condena a muerte de Giordano Bruno y en el proceso a Galileo.
Tercero de cinco hijos, nació en 1542 en el seno de una familia noble de Montepulciano, en la Toscana italiana. Su tío era el mismísimo Papa Marcelo II y se le auguraba una brillante carrera eclesiástica. De hecho, su padre le envió al seminario de Padua con este objeto, pero él no tenía esas pretensiones tan mundanas. Su libro favorito era La imitación de Cristo, el antídoto para todo orgullo espiritual, así que finalmente acabó entrando en la Compañía de Jesús, más volcada a la misión que a la ambición.
Era extraordinariamente culto. Sus cualidades artísticas y su finura espiritual hicieron que fuera invitado a predicar en iglesias romanas a pesar de no haber sido todavía ordenado sacerdote. Recibió la ordenación en Gante en 1570, y enseguida fue enviado a Lovaina, donde sus palabras persuadían incluso a los seducidos por el calvinismo.
Volvió a Roma para ser asesor teológico de la Santa Sede en la discusión contra los hugonotes franceses. Eran los tiempos de la Contrarreforma católica y Belarmino comenzaba a destacar por su apologética, hasta el punto de que era llamado «martillo de herejes». Escribió numerosas Controversias que se difundían entre el clero europeo y participó en una nueva edición de la Vulgata más acorde con los postulados católicos frente a la Reforma protestante.
En 1596, Belarmino era ya asesor teológico del Papa y miembro del comité examinador para el nombramiento de obispos, además de consultor del Santo Oficio y teólogo de la Sagrada Penitenciaría. Su nombramiento como cardenal —muy a pesar de sus preferencias juveniles— estaba cantado, lo que al final se produjo tres años más tarde. Poco tiempo después, en el consistorio de 1605, un grupo de cardenales se alió para elegirlo, pero este se revolvió y advirtió que, de ser así, renunciaría no solo a la sede de Pedro sino al cardenalato.
En paralelo a todos estos sucesos, el mundo vivía la explosión del Renacimiento en todos los campos, incluido el científico, un ámbito al que la Iglesia se estaba acomodando muy lentamente. Una cuestión esencial fue la cosmológica, ya que cada vez más científicos en todo el mundo estaban haciendo descubrimientos que contradecían la literalidad de la Sagrada Escritura. La cuestión más polémica era si la Tierra giraba alrededor del sol, como se estaba demostrando, o si era al revés, como proclamaba la Palabra.
Desde 1592 tenía lugar en Roma un proceso inquisitorial contra Giordano Bruno, exfraile dominico, defensor del heliocentrismo pero también de otras ideas más peregrinas. Belarmino se incorporó al tribunal al final del proceso y presentó a Bruno ocho proposiciones a las que el filósofo debía renunciar. Como no lo hizo, fue condenado a morir en la hoguera en febrero del año 1600.
Con este precedente encaró otra controversia, la de un conocido seguidor de las teorías copernicanas: Galileo Galilei. Galileo ya era una figura respetada dentro del ámbito científico en toda Europa, y su posición cada vez más clara a favor del heliocentrismo hicieron que fuera denunciado a Roma. Belarmino intervino, pidiendo a Galileo considerar sus teorías simplemente como hipótesis, a la espera de pruebas más concluyentes e irrefutables. Advertía al astrónomo de que su empeño podía ser entendido de modo que cualquiera podría considerar las Sagradas Escrituras como falsas, lo que dañaría la fe del pueblo. Al final, todo terminó con una amonestación formal de la Inquisición y la prohibición de enseñar o defender la teoría heliocéntrica de Copérnico. Galileo aceptó en un principio, pero las evidencias científicas del heliocentrismo motivaron un segundo juicio más duro en 1633, aunque para entonces el cardenal Belarmino llevaba ya doce años muerto.