13 de febrero: san Pablo Liu Hanzou, el cura chino que pidió acabar la Misa antes de ir al martirio
Se preparó para el sacerdocio en chino, algo raro en la época, por no haber podido estudiar de joven. Al desatarse la persecución, se vestía de comerciante o agricultor para visitar a los fieles
Son innumerables los santos en la Iglesia que fueron pastores de ovejas y cabras para ayudar en la economía familiar, sobre todo en su niñez. Pareciera que esos ratos a solas en el campo junto a los animales les dieran una sensibilidad especial para las cosas espirituales, un contacto con Dios que luego en algunos se concretaría en una llamada al sacerdocio o a la consagración. Uno de ellos es san Pablo Liu Hanzou, que de niño cuidó el rebaño de la familia, preparándose para ser el pastor de almas que fue después.
Nació alrededor del año 1778 en Lezhi, en la provincia de Sichuan (China), dentro de una familia campesina profundamente creyente. Entró en contacto con un misionero local que le encauzó la vocación y, cuando los suyos se lo pudieron permitir, ingresó en el seminario. Allí estudió filosofía y teología en chino, algo poco común en la época. La razón era que, al no haber podido estudiar de joven, no podía recibir las clases en latín, idioma que sí dominaban todos sus compañeros. Fue ordenado sacerdote a los 30 años y su obispo le encargó el cuidado pastoral de dos amplias zonas cercanas al Yangtsé, uno de los ríos más caudalosos de la nación y muy importante por su dimensión comercial.
Allí, en los distritos de Sin-Tou y Te-Yang, el joven presbítero destacó por su pobreza y por su humildad. Cumplía con diligencia sus deberes y estaba siempre dispuesto a sacrificarse por la salvación de los demás. Los vecinos siempre le recordaron visitando a cualquier hora del día o de la noche a los enfermos que le mandaban llamar. Avisado, se ponía en pie de inmediato y echaba a andar sin importar la distancia.
Aquellos años a orillas del Yangtsé fueron moderadamente tranquilos, sobre todo si se tiene en cuenta la historia reciente de la Iglesia católica en el país. Después de épocas de buena relación, que llevaron por ejemplo a Matteo Ricci y Diego de Pantoja a ser los primeros extranjeros en entrar en la Ciudad Prohibida de Pekín, más tarde, por diversos motivos —como la controversia sobre los ritos chinos— llevó a los emperadores a desconfiar de esa fe extraña a la cultura de su pueblo que, además, estaba vinculada a un país extranjero.
A mediados del siglo XVII se desató la primera persecución, que acabaría con la vida del dominico español Francisco Fernández de Capillas, considerado el protomártir de China. Los siglos siguientes fueron testigo de un acoso creciente hacia los cristianos, a veces incluso hasta al martirio.
En 1811, el emperador Kia-Kin publicó un edicto contra aquellos compatriotas que se estaban preparando para recibir las órdenes sagradas, así como contra los sacerdotes que propagaran la religión cristiana. Dos años después, publicó otro en el que perdonaba la vida a aquellos que apostataran de su fe. En este contexto entregó la vida Pablo Liu Hanzou, junto a otros muchos fieles que no quisieron renegar del amor a Cristo.
A escondidas
Durante la persecución en el rincón del imperio en el que le había tocado servir, el padre Liu Hanzou solía disfrazarse de comerciante o de agricultor para moverse sin despertar sospechas. Por la noche, administraba los sacramentos a los feligreses, daba catequesis y exhortaba a todos a permanecer fieles al Señor. Se movía continuamente, intentando mantener su paradero en secreto para que las autoridades no lo descubrieran.
Al final, todo se estropeó por una nimiedad. El cura le había encargado a uno de sus fieles construir un altar para un oratorio clandestino, pero el hombre se demoraba. En una de sus visitas, el sacerdote le metió algo de prisa. Aquello no le debió de sentar bien al carpintero, que decidió denunciarlo ante las autoridades.
A principios de febrero de 1818, una patrulla de soldados entró en una casa mientras celebraba la Eucaristía. El cura les pidió que esperaran a detenerle para poder acabar la liturgia y, sorprendentemente, aceptaron. Fue la última vez que comulgó: tras el «mí sa li chéng» («podéis ir en paz», en chino), Liu Hanzou se llevó esa misma paz a la muerte.
El Evangelio llegó a China en el siglo V y, a comienzos del VII, se levantó la primera iglesia. Durante la dinastía T’ang, la comunidad cristiana floreció durante dos siglos. En el siglo XIII, la labor misionera de los misioneros europeos impulsó la primera misión católica estable, con sede episcopal en Pekín. Más adelante, ya desde el siglo XVI, misioneros como Matteo Ricci y Diego de Pantoja promovieron el diálogo cultural y científico con el pueblo chino.
En 1692, el emperador K’ang Hsi promulgó un decreto de libertad religiosa por el que todos sus súbditos podían seguir la religión cristiana y todos los misioneros podían predicarla con libertad. Sin embargo, el mismo emperador se echó atrás poco después, influenciado por Japón, e inició una persecución más o menos abierta, dependiendo de la provincia, que acabó extendiéndose hasta la mitad del siglo XIX, matando a miles de fieles.
Primero le golpearon 40 veces con la suela de un zapato de cuero. Luego le ofrecieron libertad si pagaba un fuerte rescate, pero no pudo reunir ese dinero. En todo momento se declaró cristiano y sacerdote. Y dejó claro a sus captores que estaba dispuesto a dejarse matar antes que apostatar. Al final fue sentenciado a muerte y estrangulado frente a la puerta este de Chengdu.
Durante su canonización junto a otros 119 mártires chinos, en octubre del año 2000, Juan Pablo II destacó «la convicción y la alegría que testimoniaron hombres y mujeres de todas las edades y condiciones que sellaron su fidelidad indefectible a Cristo y a la Iglesia».