«Yo podría haber sido una»

Hay familias que venden a sus hijas de 13 años. Otras piensan que van a trabajar. Todas terminan en grandes ciudades de India como esclavas sexuales. Sister Caridad las recoge. Es la cara de la campaña de Manos Unidas

Cristina Sánchez Aguilar
Una religiosa adoratriz con las niñas en India. Foto: sister Caridad

Hay familias que venden a sus hijas de 13 años. Otras piensan que van a trabajar. Todas terminan en grandes ciudades de India como esclavas sexuales. Sister Caridad las recoge. Es la cara de la campaña de Manos Unidas

Es la primera vez que hace la ruta por las Delegaciones de Manos Unidas. La semana pasada visitó Toledo. La que viene va a Cuenca, para acercar a vecinos y voluntarios la realidad que vive con las jóvenes víctimas de trata en Calcuta.

Sister Caridad Paramundayil es religiosa adoratriz –en España, conocemos bien el Proyecto Esperanza–, cuya congregación tiene el carisma concreto de rehabilitar a las mujeres que caen en las redes de la prostitución forzada. «Somos 30 Hermanas trabajando con las jóvenes en Calcuta», cuenta la religiosa, que, además de ser una de las misioneras que visita a las Delegaciones, este año es la cara de la Campaña nacional de Manos Unidas, junto con Jorge Crisafulli, misionero salesiano y responsable de proyectos de cooperación en Ghana, Liberia, Nigeria y Sierra Leona.

Algunas de las niñas con las que trabaja sister Caridad tienen 13 años. Son víctimas de secuestros, pero también de ventas. Porque su familia las vende. O las deja marchar porque cree que alguien –normalmente un desconocido– ha encontrado un buen trabajo para sus hijas. Abandonan su casa y su entorno, la mayoría de las veces, para siempre. «Aunque logremos rehabilitarlas, no pueden volver, porque su familia las repudia. Otras veces las familias las aceptan, pero los vecinos se enteran de que han ejercido la prostitución y repudian a la familia entera», explica sister Caridad. Muchas son de diversos Estados de India, pero también llegan desde Nepal, Bangladesh o Bhutan. Viven en chabolas, en condiciones infrahumanas y bajo el control de una madame a la que tienen que pagar la totalidad de sus ingresos. «También trabajamos con las hijas de las mujeres víctimas de prostitución, porque en los colegios no las aceptan», añade la religiosa. «A veces –afirma– me pregunto por qué no estoy en su lugar. Yo podría haber sido una de ellas. Y es porque Dios me ha protegido».

Sister Caridad. Foto: Irene H-Sanjuán/Manos Unidas

Las Adoratrices cuentan, en India, con 14 centros ubicados dentro de las zonas de prostitución. Allí recogen a las chicas, les dan un techo, y hacen talleres para que aprendan un oficio. «Esto nos ha supuesto muchos problemas con los traficantes. Incluso nuestra vida está en peligro», reconoce sister Caridad, y recuerda una incursión a un burdel «en el que las chicas, nepalís, nos suplicaron que nos fuésemos, porque nos iban a matar».

Manos Unidas apoya varios proyectos de las Adoratrices en India. Uno de ellos es un programa de capacitación para las hijas de las mujeres víctimas del tráfico sexual en West Bengal. Otro es un centro para la reinserción de sus madres, donde aprenden un oficio, y participan de actividades que restablecen su equilibrio emocional.

Cristina Sánchez Aguilar