Vivir de sofá en sofá

El sinhogarismo oculto es un fenómeno creciente en nuestro país, que afecta sobre todo a las mujeres. Las personas que lo sufren deambulan por casas de amigos y familiares, con la calle siempre como amenaza

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Al no tener domicilio, muchas personas no están empadronadas. «Es como si no existieran». Foto: Unsplash / Zac Durant

Asociamos la expresión sin hogar a alguien que duerme en la calle, pero va más allá, porque existe un sinhogarismo oculto tras muchos edificios de nuestras ciudades. De hecho, en el año 2000, la Federación Europea de Organizaciones Nacionales que trabajan con Personas sin Hogar (Feantsa) estableció una tipología de situaciones de sinhogarismo y especificó que una persona sin hogar no tiene por qué vivir solo en la calle.

«Hay muchas personas que tienen un techo pero no tienen un hogar: hay gente que vive en casas de amigos, que va de un sofá a otro… Eso es también sinhogarismo, lo que pasa es que no lo vemos, porque se vive de puertas adentro», explica Albert Sales, investigador del Instituto de Estudios Regionales y Metropolitanos de Barcelona y autor de El delito de ser pobre.

«Antes, a las personas sin hogar se las miraba desde la perspectiva de transeúntes, aquellos que ocupaban un espacio público porque no tenían un espacio privado». Pero «desde hace años se habla ya de personas que están en tierra de nadie; sin hogar pero, de momento, escapando de la calle».

Como si no existieran

El incremento de los precios de la vivienda que ha experimentado nuestro país en los últimos años, unido a la creciente precariedad del empleo, han originado un fenómeno todavía desconocido. La burbuja inmobiliaria que infló los precios en los 90 y la crisis económica que explotó en 2008 generaron unos problemas habitacionales que han desembocado en alojamientos cada vez más inestables y en infraviviendas. «Eso no es tan visible, pero sigue siendo sinhogarismo», aclara Sales.

De momento no hay datos que puedan cuantificar el alcance de este fenómeno, porque es muy difícil que estas personas puedan ser detectadas por la Administración. «Solo sabemos de ellas cuando no tienen más remedio que acudir a los servicios sociales. Además, al no tener domicilio, muchas no están empadronadas, y si no están empadronadas es como si no existieran», dice el investigador. «A ver cómo llegas hasta alguien que ocupa una infravivienda o vive de sofá en sofá».

Tampoco hay un perfil definido entre este segmento de la población, pero el laboral es uno de los principales factores que desencadenan esta situación: trabajos temporales que no llegan a generar derecho a paro; autónomos que cotizan poco, intermitencias en la cotización… «Cuando falla el trabajo falla todo lo demás», dice Albert Sales, quien explica que el sinhogarismo oculto afecta más a las mujeres que a los hombres: «Les da más miedo la calle que a los hombres, porque conlleva más riesgos para su salud física y porque pueden sufrir abusos de todo tipo».

Hay otros dos factores unidos al sinhogarismo oculto: la nacionalidad extranjera y la falta de redes de apoyo, sobre todo familiares. «Muchos migrantes, que están lejos de su hogar, no consiguen regularizar su situación y sus trabajos siempre son en la economía sumergida –atención a personas mayores y empleadas del hogar sin contrato–. Cuando pierden el trabajo, no les queda nada». Para todas estas personas, el fantasma de la calle se ha convertido en una amenaza diaria.

Escenario poscovid

La pandemia está recrudenciendo este fenómeno. «Llueve sobre mojado porque veníamos de una situación de exclusión residencial grave», afirma Teresa Bermúdez, responsable de los programas de vivienda compartida en los servicios sociales de San Juan de Dios Barcelona. Esta segunda crisis «impacta sobre personas nuevas, pero también en muchos que ya estaban en el alambre por no poder superar los efectos de la crisis de 2008». Son personas que «están más cerca de la calle, aunque de momento aún están tirando del ERTE, del paro, de amigos, pero todo eso tiene un fin». Por eso, «seguramente, si el sistema no para el golpe, veremos a más gente en la calle en el próximo año o a dos años vista».

Con el miedo de perder a sus hijos

Un elemento preocupante de esta crisis es que se está cebando en familias con hijos. Jaime Vales, párroco de San Cristóbal de los Ángeles, en Madrid, conoce multitud de casos de sinhogarismo oculto, como el de una familia que tuvo que ocupar una casa por no tener «ni para comprar un pañal»; otra que se fue unos días y al volver se encontró su casa ocupada; una mujer embarazada de ocho meses que, al no poder pagar el piso, se quedó sin luz; unos padres de mellizos recién nacidos que viven en un local y ya no pueden pagarlo más, otros que duermen en un coche mientras sus hijos duermen en casas de amigos… «Muchos viven con miedo a que les quiten la tutela de sus hijos», cuenta. «Algunos pueden tirar de algún vínculo aquí, pero si no lo tienes, ¿qué haces?».