Pablo d’Ors: «Vamos hacia una nueva primavera» - Alfa y Omega

Pablo d’Ors: «Vamos hacia una nueva primavera»

ENTREVISTA / El escritor y sacerdote Pablo d’Ors es el fundador de Amigos del Desierto, un grupo de personas que buscan a Dios en la ciudad, a veces sin saber dar nombre a esa búsqueda

Redacción
Un momento de la entrevista. Foto: Ricardo Benjumea

Siguiendo la estela literaria de su abuelo Eugenio, Pablo d’Ors (Madrid, 1963) lleva ya siete novelas publicadas. Uno de los rasgos característicos de su obra es la mirada intimista sobre los personajes. «Creo que la tarea del escritor de ficción es rescatar el mundo interior, la historia privada, lo íntimo», asegura. Esto, en cierto modo, hermana su vocación de escritor con la de sacerdote. Vocación esta última –dice– que consiste esencialmente en descubrir y testificar «cómo esa humanidad nueva que es Cristo se encarna, de manera muy escondida a veces, en todos los seres humanos».

La obra literaria de Pablo d’Ors ha recibido los elogios de la crítica, pero probablemente el que más repercusión ha tenido de sus libros ha sido el ensayo Biografía del silencio (2012). Desde ese momento empezó a recibir cartas y llamadas de personas que le pedían que les enseñase a meditar. Desbordado por la respuesta puso en marcha en 2014 Amigos del Desierto, que en la estela de Carlos de Foucauld se propone recuperar la tradición hesicasta, iniciada por los padres del desierto orientales en el siglo III. «Hay una sed de Dios muy grande», constata. «Y no basta con responder a eso a la gente que hay que rezar: debemos mostrarles cómo y hacerlo con ellos». Amigos del Desierto cuenta con varios grupos diseminados por toda España.

¿Esa sed de Dios es explícita?
Pocas veces es explícita. Pero sí hay una búsqueda de paz, de plenitud, de encuentro, de sentido, de trascendencia… Todo eso que, hasta hace poco, el hombre incluía bajo el término Dios.

Si existe esa sed, ¿por qué le cuesta a veces tanto a la Iglesia conectar con el hombre contemporáneo?
Hay un gran trabajo de interculturación de la fe que apenas está hecho, pero el gran problema es la falta de experiencia de Dios. Si tú amas a alguien, buscas la manera de expresar ese amor, aunque sea de forma desbordada. La mayoría de las formulaciones que damos sobre Dios, más que auténticamente religiosas, son ideológicas, sistemas de creencias que pueden ser interesantes, pero la experiencia de Dios es otra cosa: una experiencia de absoluto, de soltarnos de nosotros mismos y lanzarnos sin agarrarnos a cosas o a ideas. Así hacemos la aventura de creer. La fe fundamentalmente es confianza. Tú confías en alguien y por eso crees en lo que te dice. Las creencias son una consecuencia de ese acto de confianza.

¿Necesitamos renovar las formas para comunicar mejor?
Todo el apostolado es una cuestión de luz: si tú estás iluminado, irradias paz, alegría, certidumbre, fuerza… Y si no lo estás, ya puedes tener toda la formación que quieras, que eso está muerto. Dicho esto, por supuesto que las formas son importantes. La propuesta cristiana se podría en realidad resumir en una palabra: transfiguración, en el sentido de que, bajo ciertas condiciones, si la mirada está limpia, puedes ver en lo corpóreo el fondo de las cosas: a Dios. Nuestros textos, nuestra liturgia, nuestra presencia… deben estar cuidados. No vale cualquier cosa. Hoy, por ejemplo, tengo la impresión de que buena parte de la acción pastoral se pierde porque hacemos demasiadas cosas. Y no se pueden hacer todas bien, es imposible. Es preferible hacer menos pero hacerlo mejor. Y luego eso se va a irradiar.

Quizá también el mundo ha perdido hoy la capacidad comprensiva para el lenguaje religioso.
Para mí el principal problema es que nosotros no vivimos en la luz, no estamos en contacto con el misterio de Dios. Esté como esté la sociedad, yo a donde apunto es a mí mismo: el que tiene que convertirse soy yo. Si yo me convierto arrastraré a los demás. La realidad es que Dios es el único acontecimiento, y todo lo demás está en búsqueda para encontrarse con Él.

¿Tú donde te encuentras con Él?
En mi ignorancia, en mi pequeñez, en mi fragilidad, en mi flaqueza, en mi falta de respuestas… Yo creo que Dios está donde menos lo esperamos, que es justamente en la entraña de lo más oscuro: ahí es donde nos espera.

¿En lo más oscuro?
Dicho cristianamente, en la entraña de la cruz está la luz. Pero a veces nos hemos hecho una idea de lo que Dios debería ser, sustituyéndolo por nuestros constructos mentales e ideológicos, y por eso no lo encontramos.

¿Cómo te marcó la experiencia como capellán de hospital junto a personas enfermas y moribundas?
El hospital es el lugar donde yo más amor he visto en mi vida. Si no conocemos el dolor, no conocemos el amor. Por eso es necesario frecuentar el mundo del dolor, aunque no necesariamente en un hospital. El dolor es una realidad muy presente en el mundo.

Hace unas semanas participaste en el l Congreso del Bienestar y la Felicidad organizado por la Cadena SER. Tienes acceso a foros a los que normalmente no acude un sacerdote. ¿Por qué crees que cuesta tanto a veces ese diálogo?

Creo que es porque vamos con una mentalidad del ellos y nosotros. No esperamos encontrarnos con un compañero de camino, sino con un adversario que nos lo va a poner difícil. Pero si tú no vas como a una batalla dialéctica para convencer al otro, sino simplemente con lo que tú eres, con sencillez de corazón, hay un talante amistoso que se contagia. Creo que muchas veces nuestras confrontaciones con el otro no prosperan porque el punto de partida ya está viciado: no hay un verdadero talante amistoso y de búsqueda en común.

Pablo d’Ors y miembros de Amigos del Desierto, el 3 de mayo durante una marcha silenciosa y sentada por la paz en el templo de Debod de Madrid, organizada junto a la comunidad monástica del maestro zen Thich Nhat Hanh. Foto: Olga Cebrián Fernández

¿Debemos abrirnos más al mundo?
Pero sin hacer un dogma de la apertura. Sería una ingenuidad. El talante tiene que ser de receptividad, aunque eso no significa que no haya criterios de discernimiento ni que esto deba hacerse sin prudencia y sensatez. El Papa, que además de ser bueno es inteligente, va dando pasos de apertura, pero al ritmo en que se deben hacer.

¿Un católico puede utilizar herramientas del budismo para la oración?
Yo no lo formularía en esos términos utilitaristas. Vivimos en una sociedad intercultural y la persona espiritual se caracteriza por la apertura al otro. También a las otras religiones. Ese diálogo, hecho desde la sensatez y la madurez, siempre va a enriquecernos en la manera de orar, en la manera de expresar la fe, de gestualizarla… En mi experiencia personal ha sido así. Mi conocimiento de la meditación zen me ha ayudado a amar más la fe cristiana y a descubrir algunas dimensiones que no tenía tan claras.

Eres partidario de incorporar posturas corporales propias de las religiones orientales a la meditación o la oración cristiana. ¿De qué forma?
La teología del cuerpo es una de las asignaturas pendientes fundamentales. El cristianismo es la gran religión del cuerpo, pero a la hora de caminar hacia la interioridad nos olvidamos de que la vía por excelencia es la corporeidad. Tenemos una práctica de la fe más bien idealista o ideológica, mental, que no se encarna en nuestro cuerpo. Y tenemos esa idea de que esta vía es propia del Extremo Oriente, y es verdad que las espiritualidades asiáticas dan mucha importancia al cuerpo, pero también en nuestra tradición cristiana está esa vía desde los padres del desierto y los hesicastas, que es la corriente que Amigos del Desierto quiere seguir. Amigos del Desierto no es otra cosa que una recuperación del hesicasmo en clave secular y laical. Ahí no se ponía en duda que el cuerpo es una experiencia del alma y se daban consignas para las posturas corporales, para la respiración…

¿Esto es lo característico de la obra que has iniciado?
Yo a lo que me siento llamado es a prolongar la senda que inició Carlos de Foucauld, un padre del desierto contemporáneo, que es quien trae a Occidente la oración del corazón. Por eso pinta un corazón en su hábito. La respuesta que dio Occidente al dilema de la interioridad fue la vida benedictina. Y la respuesta que dio Oriente fue la oración del corazón: la recitación atenta y amorosa de una jaculatoria o de un mantra. Yo creo que ha llegado el momento de hermanar estas dos vías, porque estamos en un tiempo de síntesis. Y eso es lo que Amigos del Desierto pretende: plantear la oración del corazón –la meditación cristiana– en medio de nuestra vida urbana para que los cristianos seamos, en el sentido más profundo de la palabra, monjes, personas unificadas o traspasadas por la experiencia espiritual.

¿Por qué Foucauld?
Es el Francisco de Asís de nuestro tiempo; lo que pasa es que grandes figuras como él necesitan muchas décadas, a veces siglos, para que se comprenda su envergadura. Esto podría pasar con Foucauld, aunque no necesariamente: dependerá de nuestra capacidad de recepción.

No es un secreto que, con este tipo de propuestas, algunas personas desde dentro de la Iglesia te han mirado con sospecha.
El problema está a veces en quienes miran con sospecha a los demás, pero hay quien sencillamente hace su camino y a los demás los deja en paz. Yo lo que creo es que tenemos que trabajar en la parcela que nos ha tocado y dejar a los demás en la suya. Cuanto te metes mucho en lo que hacen los demás quiere decir que no tienes suficiente trabajo con el tuyo.

¿Te sentiste reivindicado al ser nombrado en 2014 consultor del Consejo Pontificio de la Cultura?
Me sentí muy emocionado. Y muy sorprendido, como si me hubieran dicho que me habían elegido para hacer un viaje a la Luna. No sé, me gusta este Papa, me parece que es un auténtico mediador. Poder colaborar en la construcción de la Iglesia tal y como él la está intentando plantear me honra.

¿Cómo ves el futuro de la Iglesia?
Yo tengo una esperanza enorme en las posibilidades de la fe cristiana para el mundo que nos viene. Creo que vamos hacia una nueva primavera.

¿Por qué?
¡Porque veo tanta sed y tanto deseo de retornar a la patria espiritual! Occidente es como un adolescente que necesita protestar contra sus padres, pero que camina hacia su vida adulta, lo cual pasa por la reconciliación con sus orígenes. Pero creo también que esto, en cierto modo, va a exigir una reinvención del cristianismo y de la Iglesia para los próximos siglos. Igual que existió un cambio brutal del Medievo a la Modernidad, lo habrá también hoy, ya está comenzando. Pero yo tengo una gran esperanza en la potencia del cristianismo, que no solo es muy hermoso, sino que tiene un germen de humanización como yo no conozco otra cosa. Es como una bomba de relojería con ganas de explotar en nuestro corazón para llenarnos de fuego.

Maica Rivera / Ricardo Benjumea