Ungidos: ¿Cómo y para qué?

El Jueves Santo es una buena oportunidad para reflexionar sobre la unción recibida en la ordenación sacerdotal. Es el día en que tradicionalmente se celebra la Misa Crismal, aunque necesidades de diversa índole hacen que en muchas iglesias locales tenga lugar en otra fecha.

Servir a la Iglesia

En esa celebración se consagra el Santo Crisma, junto con el Óleo de los Enfermos y el Óleo de los Catecúmenos. El crisma es usado en el Sacramento del Orden, así como en el Bautismo y la Confirmación. Ese crisma unge al sacerdote para asumir la misión de servir a la Iglesia y al pueblo de Dios. Una unción que nos remite a la fraternidad, pues la misión nunca puede ser ejercida en solitario. De lo contrario la dimensión del servicio, fundamental en la vida de todo presbítero, se esfuma.

Es interesante reflexionar sobre esa unción en la perspectiva que lo hacía el último día del mes de marzo de 2026 el arzobispo de Madrid. En su homilía con ocasión de la Misa Crismal hacía caer en la cuenta a los presentes, especialmente a los ministros ordenados, de su condición de «revestidos de Cristo pobre y frágil». Aquí podríamos decir que respondemos al cómo, dado que esa unción nos configura con Aquel que se rebajó voluntariamente, asumió la condición de siervo, se hizo semejante a los hombres y se humilló a sí mismo.

Al para qué respondía el cardenal Cobo en su homilía cuando decía que «esa unción no es para nosotros: es para los pobres, para los heridos, para los que esperan —a veces sin saberlo— una palabra de vida. Ahí nace la verdadera alegría del ministerio». Son afirmaciones que deben hacernos reflexionar como ministros ordenados, evitando caer en tentaciones que puedan llevarnos a venirnos arriba y creernos más que aquellos que fueron ungidos con el mismo crisma en el Bautismo y la Confirmación.

Compasivos y misericordiosos

También se concreta el para qué cuando reconocemos que «en Cristo, el Ungido, somos llamados a ser signos visibles de la misericordia del Padre», que destacaba el arzobispo de Madrid. En sus palabras reforzaba la llamada a apostar en una liberación que es integral, no solo espiritual.

Por ello, siguiendo las palabras de Jesús en las que decía: los ciegos ven, los cojos andan, los pobres reciben la Buena Noticia, el desafío para quienes somos ministros ordenados, especialmente en el Jueves Santo, es «una vida que transparente compasión, cercanía y misericordia ante todo sufrimiento», como decía el cardenal Cobo.

Todavía más, «se trata de poner nuestras manos para servir, nuestros ojos para ver el sufrimiento, nuestro corazón para dejarnos conmover antes que para vivir para nosotros mismos», resaltaba el arzobispo de Madrid en la Misa Crismal. La tentación de vivir para uno mismo forma parte de la condición humana, todavía más en una sociedad marcada por el individualismo, un pecado del que no estamos libres los ministros ordenados.

Cuando sedimentamos el cómo y asumimos con alegría el para qué la vida cobra sentido. En nuestro caso descubrimos la alegría de asumir una unción que da sentido a nuestra existencia. Hacerlo juntos incrementa la realización de la Iglesia y del pueblo de Dios, pues es en función de una y otro que el ministerio cobra sentido verdadero.