Una santa del barrio

Una chica del barrio de Salamanca. Así titulaba José María Javierre su biografía de la nueva santa. Porque fue en Madrid donde nació y pasó su niñez y juventud María Isabel Salvat Romero. Bautizada…

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María Isabel Salvat, la futura santa, de joven. Fotos: Archidiócesis de Sevilla

Una chica del barrio de Salamanca. Así titulaba José María Javierre su biografía de la nueva santa. Porque fue en Madrid donde nació y pasó su niñez y juventud María Isabel Salvat Romero. Bautizada en la parroquia de la Concepción el 27 de febrero de 1926, a los siete días de nacer, realizó sus primeros estudios en el colegio de la Bienaventurada Virgen María, de las Madres Irlandesas, que entonces estaba situado en la calle Serrano. Y fue en su casa de Madrid, en 1942, donde vio por primera vez a esas monjas «tan distintas» que habían acudido a pedir para sus pobres y enfermos. Al charlar, le cuentan cómo es su vida: salen por parejas a atender a enfermos y familias necesitadas, las que salen de noche se incorporan a la oración de la mañana sin acostarse, no cobran nada y viven de limosna, y están tan contentas que a veces se olvidan de comer… Y Margarita, que lleva tiempo barruntando la llamada de Dios, visita ese mismo año la Casa Madre en Sevilla. El 8 de diciembre de 1944, el día de la Purísima, ingresa como postulante en la Compañía de la Cruz. Tenía 18 años.

Más de 200 madrileños acudirán a la canonización de la Madre el domingo en el seno de la peregrinación diocesana, y muchos más irán por su cuenta desde Madrid para celebrar este acontecimiento. Y el domingo 15 de noviembre, a las 12 horas, en la catedral de la Almudena, monseñor Carlos Osoro presidirá una Misa de acción de gracias por la canonización de esta nueva santa madrileña.

Porque Madrid no se ha olvidado de esta hija predilecta que se suma ahora a los nombres de Isidro, María de la Cabeza, Maravillas, Soledad, María Micaela, José María (Rubio y también Escrivá), Pedro Poveda, Alonso de Orozco… en su particular santoral castizo. Aunque todo eso da igual, porque son ahora ciudadanos del cielo, la patria en la que Dios espera encontrarse con nosotros algún día.