Una nueva presencia cristiana en el mundo de hoy - Alfa y Omega

A nadie se le escapa la magnitud de los cambios que vivimos en nuestra sociedad en las últimas décadas. La etapa del Gobierno Zapatero aceleró la promulgación de normas legislativas que regulaban las relaciones personales: a la ley contra la violencia machista se sumaron la ley del matrimonio homosexual, otra ley ampliando la despenalización del aborto y un proyecto de ley de libertad religiosa que no llegó a tramitarse. Normas a las que han de añadirse la aprobación de la ley orgánica de la eutanasia; la aprobación de los proyectos de ley de igualdad de las personas trans y de ley orgánica de igualdad de las personas LGTBI; la tramitación del proyecto de ley de despenalización total del aborto y una nueva regulación del derecho de libertad religiosa y de conciencia.

Ahora bien, siendo cierto todo ello, la fuerte y profunda secularización que nuestro país atraviesa no ha sido repentina ni ajena a los cambios que otros países europeos iban sufriendo antes que nosotros. La pandemia de la COVID-19 ha acelerado, sin duda, muchos procesos de cambio que estaban ya en marcha en un Occidente que ha ido construyendo sus propios paradigmas, a partir de la Ilustración, hasta alumbrar el pensamiento posmoderno.

La cristiandad ya no existe, como señaló el Papa Francisco en una alocución dada a la Curia en diciembre de 2019. Y esto es el primer signo de un cambio de época. La Iglesia ya no es la única que produce cultura, ni siquiera la más escuchada. Se han derrumbado las evidencias que antaño eran compartidas por todos: que el hombre es un ser en relación, que nace en unas coordinadas espacio-temporales concretas, que no se hace a sí mismo, que vive con otros en ese espacio intermedio que llamamos mundo, que vive en sociedad. Los nuevos paradigmas han puesto en cuestión todo esto de una forma inimaginable: la cuarta ola de secularización se ha abierto paso entre los jóvenes, quienes buscan otras referencias –incluso religiosas– que ya no son cristianas, y cuyas coordenadas de referencia distan del contenido del magisterio eclesial.

La pandemia de la COVID-19 y sus consecuencias no pueden distraernos de un hecho con el que tenemos que hacer cuentas: vivimos en un tiempo y en una sociedad donde los cristianos hemos dejado de ser mayoría, al menos sociológica. Las leyes no son más que la expresión normativa de una mentalidad que se ha hecho cultura: la de una concepción del hombre como individuo, en busca de su autodeterminación personal (la libertad entendida como abanico de posibilidades), que elige su identidad, que no considera la realidad –ni su propia historia– como algo dado, sino como un constante cambio. Que considera toda religión institucionalizada como injerencia externa que limita su libertad, y que exige a esta que se justifique racionalmente.

Merece la pena tener en el rabillo del ojo esa propuesta, lanzada por el Papa Francisco, de «iniciar procesos». A medio plazo, la reducción de espacios (piénsese en el cierre de parroquias) será un hecho y hará replantear muchos de los postulados de siempre. Tanto la apelación a los llamados valores cristianos como la influencia del liberalismo teológico se están revelando insuficientes, porque ambas posturas prescinden del cristianismo como Alguien que sucede. Porque la cuestión es esta: si el cristianismo es, para cada uno, el encuentro con Jesús vivo y presente a través de personas cambiadas por Él.

Iniciar procesos implica salir de nuestros guetos y generar conversación en la realidad concreta que nos toque vivir a cada uno, buscar puntos de encuentro con otros no católicos y no creyentes en cuestiones como la inmigración, el desarrollo sostenible, el cambio climático, una economía de rostro humano, la cuestión del amor humano y de la búsqueda de la identidad y otras tantas.

Frente a lo que puedan decir algunos, lo cierto es que no es relativismo reconocer que ya no se puede considerar la fe como un presupuesto obvio ni como elemento de orden social. El tejido cultural unitario que era posible reconocer en el pasado –como constató Benedicto XVI–, como algo ampliamente aceptado, ya no es así –posiblemente, porque la experiencia cristiana del origen ya no es tan visible–. Nuevos desafíos, nuevas fronteras, que obligarán a una nueva forma de ser presencia que proponga algo: que la fe sigue siendo pertinente a las exigencias del hombre de hoy, que implica valorarlo todo y quedarse con lo que es bueno. Quizá, más que rescatar opciones benedictinas, habría que volver a abatir los bastiones. Al menos, habría sitio para el Imprevisto que el Espíritu dejaría actuar. Estos tiempos que vivimos constituyen una oportunidad de volver al origen: no tanto a reproducir lo que vivieron los primeros cristianos, sino a hacer memoria de nuestro encuentro con el Resucitado que se hace presente en nuestra vida.