Una discreta amistad con el libro - Alfa y Omega

Es quizá don Ángel Herrera Oria uno de los personajes más importantes de la historia de España en el siglo XX, y a la vez uno de los más desconocidos, a pesar de tener en varias ciudades de nuestro país su nombre en calles, avenidas, plazas, paradas de Metro o colegios. Entre sus muchas cualidades, como buen hijo de san Ignacio, estaba la de ser buen maestro de espíritu. En su obra encontramos muchos sabios consejos, una variada muestra de oportunidades para auparse a hombros de gigantes para ver mejor. 

El periodista y editor José Luis Gutiérrez, que fue colaborador suyo durante muchos años, nos ha proporcionado la oportunidad de poder llegar hasta esos consejos. En especial me detengo en algunas palabras de don Ángel sobre la lectura: «No abandonar la fecunda, discreta y siempre callada amistad con el libro». 

Además de tener finura extraordinaria para saber qué lectura hace daño, propone acudir siempre a los clásicos siguiendo un lema cogido prestado a Quintiliano en sus Instituciones oratorias: «Modesto tamen et circumspecto iudicio de tantis viris pronuntiandum est» («Hay que pronunciarse con juicio moderado y también cauto sobre tan grandes hombres»); un aviso para no caer en el engreimiento propio de nuestro tiempo y acudiendo, como cuentan que hacía Maquiavelo, vestido con los mejores trajes al comenzar a leer una gran obra. 

De Herrera decían que no leía, estudiaba. Era capaz de citar de memoria largos párrafos de sus autores de cabecera. Es decir, ponía en práctica eso de que leer es releer: detenerse en la lectura, no consumir libros, ser capaz de recordar, de pasar de nuevo por el corazón. Asimilar a los grandes, hacerlos propios. 

Encontramos algunas recomendaciones de Herrera que hoy lanzamos aquí en esta columna y quizá sirvan como propuesta ahora que ya hemos arrancado el curso: por supuesto la Sagrada Escritura (especial mención a los Proverbios y el Eclesiástico); tres santos universales (Teresa de Jesús, Juan de la Cruz e Ignacio de Loyola); tres maestros de espiritualidad (Juan de Ávila y los dos Luises: el dominico fray Luis de Granada y el agustino fray Luis de León), y dos autores del XIX: Jaime Balmes («honor del periodismo español») y Donoso Cortés («ilustre apologista seglar»).