Un viento de juventud - Alfa y Omega

En los lejanos años 80, mi conciencia de lo que significa la Iglesia (y por tanto la fe) se forjó desmenuzando las páginas de la Lumen gentium de la mano de grandes amigos. Por eso he sentido un viento de juventud al escuchar las recientes catequesis del Papa sobre ese texto, y me ha parecido deslumbrante su actualidad. Ha dicho León XIV que las personas concretas que en cada momento forman parte de la Iglesia, unas veces manifiestan la belleza del Evangelio y otras veces se cansan, se equivocan e incluso traicionan. La santidad de la Iglesia no se refiere a la perfección ni a la coherencia de sus miembros. Significa que Cristo sigue donándose a través de la pequeñez y la fragilidad de sus miembros. Y este es, como dijo el Papa, el «perenne milagro que sucede en ella»: que, a través de la debilidad de los cristianos, Dios se manifiesta y actúa. En otro momento, señaló que la Iglesia es un pueblo, pero «no como los demás». Su principio unificador no es una lengua, una cultura o una etnia, sino la fe en Cristo, y por eso en ella hay sitio para todos. Su vocación es extenderse a todo el mundo y en todos los tiempos, pero no mediante una conquista armada, como los imperios de este mundo, sino mediante el testimonio de la verdad y del amor que se ofrece a la libertad de todos. Este pueblo es «católico» porque acoge las riquezas y los recursos de las diversas culturas y, al mismo tiempo, les ofrece la novedad del Evangelio para purificarlas y elevarlas. En un mundo atravesado por guerras y conflictos de todo tipo, es un gran signo de esperanza saber que la Iglesia es «un pueblo en el que conviven, en la fuerza de la fe, mujeres y hombres de distinta nacionalidad, lengua o cultura». El asombro y la gratitud que mostraba León XIV me han recordado el primer impacto que provocó en mí este texto conciliar. Y he pedido no perderlo nunca.