Un escalón más en la pastoral con los jóvenes

Recién concluida la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, en Río de Janeiro, nuestra enviada especial ha entrevistado a nuestro arzobispo de Madrid, el cardenal Antonio María Rouco Varela

María Martínez López

Recién concluida la XXVIII Jornada Mundial de la Juventud, en Río de Janeiro, nuestra enviada especial ha entrevistado a nuestro arzobispo de Madrid, el cardenal Antonio María Rouco Varela

¿Cuál es su valoración general de lo que ha sido esta primera Jornada Mundial de la Juventud del Papa Francisco?

Ha sido la vigésimo octava de la historia de las Jornadas Mundiales; estaba convocada por Benedicto XVI, y el Papa Francisco la ha asumido con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas. Es una situación paralela a lo que sucedió con la Jornada de Colonia, que la presidió Benedicto XVI habiendo sido convocada por el Papa Juan Pablo II; son dos imágenes históricas análogas, que reproducen muy bien la historia de la Iglesia de estos ultimísimos años.

Y en ambas volviendo al terreno del nuevo Papa.

Efectivamente. En la de Colonia, Benedicto XVI tuvo ocasión de hablar a los jóvenes a fondo de lo que es adorar a Cristo, encontrar a Cristo de verdad, que en su término, en su expresión más plena, es la entrega a Él, y un centro muy especialmente significativo desde el punto de vista de su presencia entre nosotros es el sacramento de la Eucaristía. En Colonia, se evocaba la adoración de los Magos al Niño Jesús, y ello le dio pie a Benedicto XVI para un magisterio bellísimo que alentó a los jóvenes de 2005 a seguir en el camino iniciado y abierto por Juan Pablo II, de no tener miedo a ser cristianos, incluso a ser santos, testigos de la verdad del Evangelio y pensando que el camino de la vida tiene ese fin y ese último objetivo que es el encuentro con Él aquí, y luego siempre y eternamente.

Ahora nos encontramos también con una Jornada Mundial que el Papa Benedicto XVI convoca en el Año de la fe, un impulso de la nueva evangelización que tiene como lema el mandato apostólico del Señor a los suyos: Id y haced discípulos a todos los pueblos. El Papa Francisco lo vive de una forma entusiasta, apostólicamente hablando; quiere hacer llegar el Evangelio a todas las periferias existenciales -como dice él- del hombre de nuestro tiempo: la miseria física, la moral, la espiritual en todos sus aspectos…, y trata de recoger la cosecha de la historia de la Jornada Mundial de la Juventud para reactivarla, revivirla y recrearla de cara a los retos que tienen planteados los jóvenes de hoy. Eso es lo que ha hecho. Además, tuvo como escenario un país, Brasil, y un continente, América del Sur, en que las situaciones de periferias que dice el Papa son quizá, desde el punto de vista más social, económico, y si quieres cultural también, más graves que las de Europa, o las de América del Norte, o de Oceanía, de los países del mundo desarrollado. Pero, aun así, el Papa también apunta claramente a esa problemática de la juventud europea de los países ricos, empezando por la crisis del trabajo, y terminando en la crisis de la droga, de una vida entregada a un placer más o menos sin límites y a unas vidas vacías interiormente. Desde ese punto de vista, yo creo que la JMJ de Río de Janeiro ha supuesto subir un escalón más en la pastoral con los jóvenes, que la Iglesia ha emprendido con tanto vigor, a partir del pontificado de Juan Pablo II. Ciertos antecedentes y precedentes en el Mensaje al final del Concilio a los jóvenes, también en el ministerio episcopal de Pablo VI, han recibido un impulso de un vigor desconocido en la historia de la Iglesia por parte de Juan Pablo II.

¿Qué acento ha tenido esta Jornada en relación con la trayectoria de las Jornadas desde su inicio, y en relación sobre todo con la de Madrid?

Respecto a la de Madrid, ha querido continuarla con formas muy de aquí, de Brasil, pero con una línea de actos y argumental que es la misma, incluso desde el punto de vista externo. Por ejemplo, la Fiesta del perdón celebrada en Río evocaba casi a gritos la Fiesta del perdón de Madrid; igualmente con la feria misionera. El Vía Crucis, no del todo, porque el Vía Crucis de Madrid contaba con un elemento que es casi único en la vida de la Iglesia: la tradición española de la Semana Santa, una tradición muy típicamente española, que apenas se encuentra en otros países. El Vía Crucis contó con la meditación de los misterios de la vida del Señor a partir de la lectura del Evangelio y haciendo una aplicación a realidades del dolor y del pecado de nuestro tiempo, con una técnica muy brasileña. La Vigilia terminó con una gran adoración eucarística: no hubo tormenta, pero tuvimos toda la semana pasada por agua, en todos los actos centrales con paraguas y chubasqueros.

La Vigilia tuvo también su parte accidentada, como en Madrid.

Fue casi todo accidentado hasta la Misa del domingo, el único acto en que no tuvimos problemas meteorológicos. En todos los demás, tuvimos problemas de ese tipo, de acceso, de llegada… Pero los jóvenes fueron valientes, no se amedrentaron. El Papa fue valiente, y los acompañantes fuimos valientes y no abandonamos el terreno, ahí estuvimos todos como pudimos, con mucho gozo, con mucha alegría, y como una gran fiesta de la fe, que es lo que ha sido también la Jornada Mundial de la Juventud de Brasil 2013.

En cuanto a los mensajes del Papa a los jóvenes, ¿qué ideas destacaría de su llamada a la misión?

La primera es que ser testigos y ser apóstoles de Cristo es un mandato del Señor; no es algo que uno puede vivir, si es que es cristiano, como algo secundario, como algo como: Mire, yo, eso de ser testigo y apóstol…, que lo sean los sacerdotes. Debe ser una parte relativamente importante de mi vida. Él hizo un primer gran mensaje a los jóvenes: «El Señor os dice: Id, no dice: Oye, ¿te gustaría ir, o no te gustaría? No, Id. Es un mandato». Eso los jóvenes lo oyeron con mucha claridad. Y recordó aquella famosa frase de Juan Pablo II de que la fe crece dándola, que después también recordó Benedicto XVI. Es un primer gran mensaje. La juventud de las JMJ la componen dos o tres generaciones de la Iglesia, y están respondiendo muy bien, aflorando realidades de vida consagrada, de apostolado seglar, y de compromiso también con la santificación y la evangelización. Estos jóvenes han recibido en esta JMJ un nuevo empujón para seguir haciéndolo y para vivir su cristianismo plenamente.

El segundo gran mensaje ha sido el de la vida interior, de la relación personal con el Señor: Déjate amar por Él, búscale, mírale, contémplale, adórale. Hay que entrenarse, decía él, en el campo de la fe, en el conocimiento del Señor, en el amor a Cristo, en la vida con Él, en la vida sacramental, en la confesión -subrayó mucho el encuentro personal en el sacramento de la Penitencia-.

Y un tercer punto fue el de estar en el mundo, en este momento, a través de la palabra servir. Servir a Cristo es servir a la salvación del mundo y, de una forma muy integral y muy completa, en la crisis económica, social, cultural, y también espiritual. Él habla de que esta sociedad tiende a hacer dos descartes, dos exclusiones: la de los mayores y ancianos, y la de los niños y jóvenes. Hay que tener eso muy en cuenta, a la hora de ser apóstoles del Señor. No desarrolló mucho, en términos explícitos, esta obligación de los jóvenes, pero la afirmó plenamente, incluso vibrantemente.

Por tanto, creo que el reto de esta JMJ es dar testimonio al mundo de la Iglesia y de sus jóvenes de una forma reunida, celebrante, testimonial. Ha llamado la atención al hombre de nuestro tiempo de que, si se prescinde del Señor, ciertamente no hay salvación eterna, pero tampoco hay camino de una vida más humana, que incluso puede ser apreciada y vivida por el que no tiene fe. Y queda después esa llamada de atención fuerte a que no podemos quedarnos nosotros solos, cada uno con su Cristo, con su fe, con su religión, sin preocuparse ni de la fe, ni de la vida cristiana, ni de la vida de los demás en general. Hay que salir -eso lo dice muchas veces-, hay que salir para ser apóstoles de Cristo. Después ha tenido unas alusiones siempre muy tiernas y muy bellas al papel de la Virgen en la vida de la Iglesia y en el ejercicio de la realización de la misión apostólica.

También ha tenido varios mensajes dirigidos no explícitamente a los jóvenes. ¿Qué mensaje ha dejado el Papa a la Iglesia en general?

Sus mensajes estaban centrados en la Jornada para los jóvenes; otra cosa es lo que haya podido decirles a los obispos reunidos en el CELAM. Se da la circunstancia de que los obispos iberoamericanos han aprovechado la cita de Río de Janeiro para trabajar esa semana, y él abrió las sesiones de trabajo con el discurso dirigido a ellos, teniendo en cuenta la situación de la Iglesia en Iberoamérica. En la homilía a los obispos, nos ha recordado nuestra obligación respecto a la pastoral juvenil, y sobre todo una obligación fundamental que es el acompañamiento: no dejar solos a los jóvenes, estar con ellos, como padres, como hermanos, como amigos y como pastores. Por lo tanto, debemos hacer un papel que deriva de la esencia misma del sacerdocio, edificando la Iglesia, en el servicio a la fe de los jóvenes en sus aspectos más profundos y más decisivos para su presente y para su futuro.

También ha sido una Jornada Mundial muy marcada por el carácter hispanoamericano. ¿Qué se puede rescatar de ello para Europa y para España?

Hay aspectos que pueden ser valorados más positivamente que otros. El principal es la alegría en la expresión de la fe, pues eso es siempre muy hermoso, y aquí lo hacen a su manera, pero lo hacen. Nosotros también debemos hacerlo en Europa. Después, sobre las formas estéticas, tanto en lo musical como en lo decorativo, en Europa seguramente tenemos una sensibilidad, no digo opuesta y contraria a la de aquí, pero sí distinta.

Ha habido detalles muy bonitos del Papa hacia España, en concreto relacionados con la tragedia del accidente de tren en Santiago de Compostela.

El Papa me llamó a mí el mismo día que ocurrió el accidente, para expresarme, como Presidente de la Conferencia Episcopal y el cardenal español aquí presente más antiguo, sus condolencias; además, él sabía que yo había sido arzobispo de Santiago, y todos suponíamos que de la archidiócesis de Madrid habría víctimas. Fue un gesto de mucha finura pastoral, por supuesto, y humana y espiritual. Yo hice que se supiera, que lo supieran todos, y él me dijo que al día siguiente él pondría un largo telegrama al señor arzobispo de Santiago, asegurando su oración por las víctimas, su cercanía paternal y su cariño y afecto de padre y pastor de la Iglesia. Luego, el día del Vía Crucis, al llegar al estrado desde donde presidía el acto, al primero que se dirigió de los presentes fue a mí, me abrazó para consolarme, repitiéndome lo mismo, y yo se lo agradecí, en nombre de todos. Y también en la Misa de envío se incluyó una oración por las víctimas del accidente de Santiago.

El Papa ha tenido también un gesto con la joven de que murió de camino a la JMJ…

Eso es una tradición. Venturosamente, las Jornadas Mundiales de la Juventud han sido muy guardadas siempre por los ángeles, por la cercanía de la Virgen y por el Señor. También es verdad que los jóvenes han respondido con un comportamiento increíblemente bello, aquí en Río de Janeiro. La ciudad estaba impresionada, y era para estarlo. Riadas inmensas de jóvenes y ningún incidente, cantando, etc. Eso es fantástico. Estas grandes celebraciones de la Iglesia con sus jóvenes son siempre expresiones de una paz interior, de una alegría y un gozo y de una capacidad de establecer relaciones humanas nuevas en la sociedad actual que, realmente, no tienen parangón en otro ámbito de la vida, ni siquiera en el deportivo, en el que la gente se pone muy apasionada y a veces se tira los trastos unos a otros.

Ha sido un verano muy activo por parte del Papa: nos ha hecho trabajar mucho a todos con la publicación de la encíclica y con esta Jornada. Con este empujón, ¿cómo se afronta la etapa final del Año de la fe ?

Nosotros en Madrid tenemos la Misión Madrid, nuestra fórmula para vivir el Año de la fe y para sacarle fruto a la experiencia de la JMJ de Madrid, que tenía un contenido extraordinariamente evangélico y evangelizador. Quisimos llevar esa experiencia de nueva evangelización a la vida diocesana a través de la iniciativa Misión Madrid; estamos en su segundo año, y queremos seguir con el ímpetu misionero claro de salir a la calle -en frase de Benedicto XVI al saludarnos a los madrileños que fuimos a darle las gracias por la JMJ a Roma, el domingo de Ramos del año 2012, cuando se habló de la plaza pública de la Historia -. Ahí queremos estar nosotros, todavía con muchísimo más impulso apostólico, sobre todo en el campo de las instituciones educativas, y también ante la gran familia de los madrileños, en sus casas y sus familias. Queremos ofrecernos, abrirnos, salir para decirles: Aquí está la Iglesia, tu parroquia, tu diócesis; aquí te vas a encontrar hermanos y hermanas que tienen a veces pecados y que son débiles, pero te van a ayudar a encontrarte con el Señor, que es lo más importante y que te hará mucho bien. Así continuaremos nosotros el año que viene.

María Martínez López. Enviada especial