Un cuaderno de maravillas - Alfa y Omega

Tenemos una amiga que, con su entusiasmo habitual, nos compartió un día el descubrimiento que hizo de un autor francés, Christian Bobin. La lectura de su libro Autorretrato con radiador la inspiró a llevar un cuaderno de maravillas, en el que anotar ese pequeño milagro que se nos revela cada día y que es, según el autor, como «un martillito de luz golpeando al bronce de lo real».

A veces tenemos sorpresas agradables, que nos proporcionan esa ración de alegría que tanto necesitamos para sentirnos vivos, para que nuestra jornada se ilumine. Pero la mayoría de los días puede que se nos antojen grises y rutinarios: hacemos las mismas tareas, nos relacionamos con la misma gente, nos enfrentamos a los mismos miedos y dificultades. Tenemos la sensación de que todo sigue igual y nada cambia.

En esta cotidianidad que vivimos, en medio de las grandes tragedias políticas, económicas y sociales con las que continuamente nos están bombardeando, tendremos entonces que agudizar los sentidos para descubrir dónde se encierran los colores de una maravilla que nos está esperando. ¿Qué milagro podremos contar hoy? ¿Por dónde se presentó disfrazada la alegría?

En ocasiones la maravilla nos visitará en una canción, en una sonrisa, en una mirada, en ese pequeño gesto en el que de pronto reparamos. A veces no será otra que una brizna de hierba que se abre paso en el asfalto con insistente vitalidad, solo para decir a quien la vea que todo puede ser posible. O las gotas de lluvia que presurosas se deslizan por el cristal, mientras se van entrecruzando como diminutos ríos. O esa pequeña araña que baja lentamente en su hilo y a la que se ve danzar suspendida en el aire.

No, puede que no sea tan fácil escribir un cuaderno de maravillas, porque no están habituados nuestros ojos a fijarse en lo minúsculo, a contemplar a Dios en el detalle.

En este hospital de campaña se intervienen las urgencias, pero ya se sabe que con pocos medios a nuestro alcance. Posiblemente no podamos operar las cataratas de nuestros ojos, pero a lo mejor se encuentra algún colirio para que nuestra mirada se aclare cada día y nos veamos rodeados por tantas maravillas.

Irene Guerrero
Monasterio de San José. Carmelitas Descalzas de Toro (Zamora)