«Queridos hermanos y hermanas: En la fiesta de la Epifanía, que es la Jornada Misionera de los Niños, quiero saludar y dar las gracias a todos los niños y jóvenes que, en muchas partes del mundo, rezan por los misioneros y se comprometen a ayudar a sus coetáneos más desvalidos. ¡Gracias, queridos amigos!».
Estas palabras las dirigió el 6 de enero el Santo Padre, León XIV, al finalizar el rezo del ángelus. Ese día, en Italia y en muchos otros países, se celebra la Jornada de la Infancia Misionera, que en España celebramos el domingo siguiente la Bautismo del Señor. León XIV les da gracias porque rezan y colaboran con los misioneros en su tarea de evangelizar.
Lo hemos oído muchas veces: los niños son niños, pero no son tontos. Tenemos que hablarles como tales, pero no como si no fueran capaces de comprender las cosas. Tenemos que usar su lenguaje, pero no podemos pensar que son incapaces de descubrir lo que la vida les tiene preparado.
El Santo Padre, con ese acto de agradecimiento está reconociendo algo que es fundamental, a la vez que muy simple: los niños son también misioneros. La Jornada de la Infancia Misionera no es un mero recordatorio de que hay muchos pequeños a los que hay que ayudar porque no tienen los medios básicos para llevar una vida digna, con posibilidad de salir adelante. Ese es también uno de los objetivos; pero va mucho más allá. Quiere recordar a niños y jóvenes que ellos son protagonistas directos de la evangelización, no meros espectadores. Y también ayudarnos a los adultos a ser conscientes de que tenemos la preciosa labor de hacer de nuestros chicos verdaderos misioneros en el mundo en el que viven.
Tu vida, una misión es el lema elegido por las Obras Misionales Pontificias para la jornada de este año. «Tu vida» se refiere a la de cada uno de los niños que participan en las catequesis de las parroquias, a la de cada uno que va a clase de Religión en su colegio, a los que van a Misa cada domingo con su familia. «Una misión» porque Dios ha pensado en cada uno de ellos, y de nosotros, los adultos, para hacerle presente a Él entre las personas con las que vivimos, que amamos, con las que compartimos lo que somos y tenemos.
La vida de cada uno de los chavales es una misión. Ayudan a recordar a la familia que hay que rezar antes de acostarse, que hay que bendecir la mesa a la hora de comer, que los domingos y festivos debemos acudir a la iglesia para participar en la santa Misa. Los niños, en tantas ocasiones, son apóstoles en sus hogares, entre los que más los quieren. Lo son también cuando en sus colegios y entre sus amigos hablan con libertad y sin complejos de su fe, de su vida cristiana, de su participación en la parroquia. Ellos tienen una misión o, como le gustaba decir al Papa Francisco, «son una misión».
A la Iglesia le costó entender que a los niños también se los puede canonizar. Solo se reconocía la santidad de los que habían muerto mártires por causa de la fe. Gracias a Dios, se comprendió que pueden vivir, como los adultos, las virtudes de modo heroico y pueden tener una vida profunda de santidad. Asimismo, se entendió que tienen una gran capacidad de hacer presente al Señor en sus relaciones humanas y lo hacen con mucha entrega y convencimiento.
Evidentemente, también colaboran con los misioneros que están ahora mismo evangelizando en lugares lejanos. Lo hacen cuando rezan pidiendo por ellos y por los pequeños a los que estos dedican su vida. Recordemos, además, que su oración es siempre escuchada por Dios: «Gracias de corazón a vosotros, niños y chicos, que cada domingo os reunís para rezar. Quiero deciros: vuestra oración, aunque no lo parezca, Dios la escucha» (Francisco, 20 de enero de 2023). La oración es una preciosa forma de colaborar con la misión evangelizadora de la Iglesia; por eso el niño que reza por las misiones ¡es ya misionero!
Ni qué decir tiene, pueden ofrecer pequeños sacrificios por sus coetáneos que no tienen nada. Lo hemos visto en los pastorcitos de Fátima, los santos Francisco y Jacinta; y, más recientemente, en la que hemos llamado la «niña misionera» madrileña Teresita Castillo, que ofreció su enfermedad mortal: «Quiero llevar a los demás con Jesús, a los niños que no lo conocen, para que vayan al cielo felices siempre, siempre». Eso era para ella la misión, «hablar de Jesús siempre y dar alegría».
Tu vida, una misión es un recordatorio de que todos, no solo los niños, pero también ellos, tenemos una misión que cumplir aquí en la tierra. La Infancia Misionera es una preciosa oportunidad de hacer que muchos chicos de países lejanos puedan contar con los medios necesarios para recibir una buena formación humana, cristiana e intelectual, recibir una atención médica básica, saberse amados y acompañados por todos nosotros, los que, de una forma u otra, ¡somos misioneros!