Rompe a llorar.

—Me gustaría quedarme dormida. Despertar cuando esto haya pasado.

Sus hijos, desde Colombia, le piden dinero.

—Mamá, estamos mal.

Ella debe devolver la deuda contraída por el viaje. Cerca de 1.600 euros. Ahora es imposible. Las lágrimas resbalan por la mascarilla de tela. La distancia de seguridad entre las dos se convierte en kilómetros.

—No sé cómo. Pero tengo que salir adelante.

En otra vivienda un chico de Venezuela se apaga poco a poco. Tiene 23 años. Apenas sonríe. Pasa la mayor parte del día en la cama. Le ha invadido la desesperanza. Sus compañeros de piso intentan animarlo. Pocos días antes de declararse el Estado de alarma decidió irse a otra ciudad, con algunos familiares. No pudo llegar. Está atrapado.

Desde su habitación alquilada, un joven guineano escribe un mensaje.

—Necesito hablar, es urgente.

Marco su número.

—Estoy triste. Pienso en esa conversación que tuvimos hace tiempo. Te escuché, pero no te hice caso. Quiero explicarte por qué. A veces hago las cosas mal. Solo Dios sabe lo que hay de verdad en mi corazón. Lo importante no es lo que se ve. Ahora paso mucho tiempo solo. Estaba pensando en esto. Necesitaba decírtelo.

En otro lugar de la ciudad una mujer de Venezuela pide ayuda de alimentación para ella, su madre y su hija de 6 años. La principal fuente de ingresos familiar provenía de un trabajo sin contrato. Las ayudas de servicios sociales no llegan. Vuelve a casa con el carro lleno. Donación de un hotel. Sus trabajadores cocinan ahora para quienes más lo necesitan. Pregunté por la pequeña.

—¿Se entretiene sin salir?

— Está muy bien. Hace unos días me dijo: «Mamá, estoy contenta por el coronavirus». Me quedé sorprendida. «Ahora la abuela y tú estáis más en casa. Puedo jugar contigo».

Para algunos la noche se hace densa: escasez, aislamiento, incertidumbre. Sin embargo, el sol sigue desafiando cada mañana. Los humildes nos descubren cómo encontrar la vida en esta pandemia. Y resucitar, de verdad, a algo nuevo.

Patricia de la Vega
Hija de la Caridad