También hay rusos que rezan por la paz y ayudan a los ucranianos
La labor de Evgenii Liamin a favor de los refugiados de Ucrania en Georgia hizo que tuviera que buscar asilo en España
Solo tres días después de la invasión a gran escala de Ucrania, de la que el próximo domingo se cumplirán cuatro años, el ruso Evgenii Liamin fue detenido por manifestarse en contra. Ese 1 de marzo de 2022 se trasladó a Georgia para escapar de la represión. «Allí empecé a ayudar a los refugiados ucranianos». Ese año, unos 160.000 llegaron a este país, en la costa del mar Negro, desde la Ucrania ocupada. Muchos siguieron su camino, pero 24.000 se quedaron. En abril, con amigos y compañeros, Liamin creó Emigration for Action.
Decidieron dedicarse a entregar medicinas porque las autoridades georgianas solo daban 95 euros al mes a las familias ucranianas (y 15 a las personas solas), y «muchos mayores no tenían dinero ni opciones de encontrar trabajo». También financiaron algunas operaciones e intentaron hacer llegar tratamientos a Ucrania a petición de los propios desplazados. En total, un centenar de voluntarios —«una abrumadora mayoría» compatriotas suyos— asistieron a 10.000 personas. «Sentíamos responsabilidad por todo lo que nuestro Estado estaba haciendo y queríamos mostrar que los rusos no apoyaban esta guerra» y que, aunque «no podíamos pararla, estábamos dispuestos a ayudar».
No es un caso aislado, asegura la activista rusa Anastasia Burakova, exiliada en Madrid. Existen «muchas iniciativas rusas que trabajan ayudando a refugiados ucranianos, así como a quienes siguen en Ucrania y sufren las consecuencias de los bombardeos, por ejemplo quedándose sin calefacción o sin servicios básicos», como está ocurriendo especialmente este invierno, con temperaturas de hasta -20 ºC. Incluso dentro de Rusia existen defensores de los derechos humanos que «ofrecen asistencia legal a civiles ucranianos en centros de detención». Conocer sus historias es difícil, porque «no pueden hablar públicamente. Ha habido casos de personas condenadas por “traición al Estado” por ayudar a los refugiados»; delito castigado hasta con cadena perpetua. Los intentos de Burakova de poner en contacto a Alfa y Omega con un activista anónimo han sido infructuosos dado el bloqueo a las comunicaciones, que se ha endurecido en la última semana.
Si ha sido posible entrevistar a Liamin es porque desde 2024 está en España. Aunque contra él no había ninguna investigación penal —«o no me he enterado aún», matiza—, «sabía que habría un momento» en que llegaría. Además, «algunos compañeros tuvieron problemas para entrar en Georgia» porque las autoridades «veían nuestras actividades como una amenaza potencial por la presencia del Kremlin». Por eso se exilió por segunda vez, en esta ocasión a nuestro país. En Georgia quedaron compañeros voluntarios que continúan su labor con una nueva entidad.
Mirando atrás, Liamin confiesa que «nos alegraba que fuera posible encontrar vías de comunicación entre rusos y ucranianos». Pero es pesimista sobre si esta labor podría facilitar una hipotética reconciliación entre ambos países más adelante. «No pensábamos en el futuro, solo en ayudar. Y siendo sincero, después de esta tragedia no estoy seguro de que los ucranianos sean capaces de perdonarnos todo lo que les han hecho».
Visvaldas Kulbokas, nuncio en Ucrania, reconoce las dificultades. «Los contactos directos son muy difíciles», explica, lo que agrava «las consecuencias negativas de la guerra». Pero hay pequeñas semillas de esperanza: «Conozco personalmente a un grupo de oración que se reúne online para rezar por la paz», con miembros tanto en Ucrania como en Rusia. Sin embargo, ni siquiera eso «es demasiado seguro para nuestros hermanos rusos, por lo que para evitar problemas no mencionan explícitamente la palabra “paz”. Solo rezan el rosario y saben en su corazón que es por esa intención».
El embajador del Papa en Kiev cree que «un trabajo más organizado por la reconciliación probablemente solo sea posible después de un alto el fuego», que «no doy por supuesto. Si todos seguimos demasiado pasivos, la espiral de la guerra tiende a agrandarse cada día». Con todo, subraya su confianza en Dios: «Somos sus hijos y le pedimos el don de su paz, incluso cuando no hemos logrado construirla nosotros».