Talking Heads. Nos queda la palabra

Isidro Catela
Imelda Staunton es una mujer que descubre que las vidas ajenas son parte ineludible de su vida. Foto: Movistar +

El polifacético dramaturgo británico Allan Bennet vuelve a prestarnos los textos que escribiera allá por los años 80 para que, al menos durante estos tiempos recios de pandemia, no nos quedemos huérfanos de palabra. Talking Heads es una serie de doce monólogos, independientes entre sí, de temática muy diversa, que han sido rodados durante el confinamiento y que están en las antípodas de aquello en lo que pensamos hoy, cuando la palabra monólogo. Con todos los respetos al gran Leo Harlem, estos tienen un aire más shakesperiano. Son una rara avis que terminan por conformar una serie también extraña, de las denominadas de culto, aptas para frikisde la dramaturgia que están convencidos –en este caso con razón– de que en casi cualquier tiempo pasado, los actores vocalizaban mejor.

Es una delicia disfrutar de grandes de la escena británica, como por ejemplo Imelda Staunton (The Crown), Martin Freeman (Sherlock Holmes) o Lesley Manville (Antoher Year). Con una puesta en escena minimalista, una música incidental y recursos tan sobrios como delicados fundidos a negro, las piezas tienen una duración que va desde los 29 minutos de la más corta hasta los 47 de la más larga. Merece la pena verlas en versión original y disfrutar del protagonismo de palabras y silencios. Lo mejor está ahí, más en los aspectos formales y en la joya de la corona que resulta el ramillete de intérpretes, que en el contenido, porque los textos de Bennet son irregulares, buscan convertir una anécdota en categoría y no siempre lo consiguen, y abusan de corrección política y de un costumbrismo británico con el que a nosotros nos cuesta identificarnos. 


Están sobresalientes Imelda Stauton, la mujer de las cartas agresivas, que en el primer capítulo nos descubre hasta qué punto las vidas ajenas son parte ineludible de su vida (a pesar de todo) feliz; Martin Freeman en el capítulo 6 (Una grieta en el azucarero), interpreta a un hombre en plena crisis de la mediana edad que ha sido incapaz de cortar el cordón umbilical con su madre, y Kristin Scott Thomas (Una cama entre las lentejas, capítulo 8), la lúgubre esposa de un párroco anglicano, en cuya boca se desgranan unos cuantos topicazos modernos sobre la religión, pero que en ocasiones logra tocar al espectador con preguntas hondas, como cuando arranca con el pasaje evangélico de la oración del huerto, cuando explicita que nunca se ha atrevido a hablar de Dios con su marido, o cuando cuestiona a esos funcionarios de la religión oficial para los que Dios termina por ser un trabajo como otro cualquiera.

Los monólogos se grabaron en el plató vacío de EastEnders y se tuvo que parar el rodaje por las medidas de cuarentena que aprobó el Gobierno británico. Nuevos tiempos que, con toda su incertidumbre, son capaces –como en este caso– de convertir la crisis en oportunidad y de que, si llegara el caso, hubiéramos perdido la vida y la voz en la maleza, nos podamos congratular de que nos quede la palabra.