Ozark. Lavar la ropa sucia - Alfa y Omega

Ozark. Lavar la ropa sucia

Isidro Catela
El matrimonio protagonista de Ozark, Marty Byrde y su esposa Wendy. Foto: Steve Deit / Netflix

Decía Ortega y Gasset que una vida sin verdad no merece la pena ser vivida. Ozark, que anuncia ya su cuarta temporada, es una serie que, a buen seguro, hubiera incomodado al bueno de don José. Se trata de un drama norteamericano, creado por Bill Dubuque, que podemos ver en Netflix y que gira en torno a una familia y a un hogar, el lugar donde se dice que hay que lavar la ropa sucia (en este caso, el dinero mugriento procedente del narco).

Marty Byrde, su esposa, Wendy, y sus dos hijos viven instalados en el precipicio de la mentira y del delito. La serie comienza con una huida familiar al paradisíaco entorno de los Ozarks (Missouri), donde para salvar sus vidas tienen que conseguir lavar una gran suma de dinero procedente de un poderoso y temible cártel mexicano. A partir de ahí, en episodios de aproximadamente una hora de duración, de colosal factura técnica y de difícil digestión, la serie se instala en la huida constante (sobre todo interior) de los personajes y va in crescendo, en una espiral de violencia, drogas y sexo, que alcanza su cumbre en la escena final de la que es hasta ahora su última temporada. Si llegan hasta ahí, es posible que no se la quiten de la cabeza en mucho tiempo. Están avisados. Hablamos de mafiosos narcotraficantes y de personajes excéntricos, en torno a una familia-coraza, completamente rota y podrida por dentro. Obviamente, es una serie para adultos que tengan buen estómago, pero, en medio de tanta atrocidad, al espectador al menos se le trata de manera inteligente (los dibujos diferentes que anticipan la trama en cada episodio son buena muestra de ello). Además, el entorno natural mantiene el equilibrio contemplativo ante unas vidas convulsas que parecen no tener más horizonte que acabar disueltos en barril de ácido o incinerados en un crematorio semiclandestino. En medio de tanta negrura, si se atreven, que sepan que al menos se salva algún luminoso personaje secundario, y que se pone sobre la mesa la importancia del hogar y de la familia, aunque solo sea para asustarse con el abismo que existe entre el ser y el deber ser.