Solo sé que solo yo - Alfa y Omega

Hace casi 2.500 años, uno de los mayores pensadores del Mundo Antiguo decía: «Solo sé que no sé nada». La célebre frase de Sócrates, o al menos atribuida al filósofo griego, nos ayuda a cuestionarnos sobre aquellos que hoy en día se postulan como dueños de la verdad.

La verdad única

Cada día nos encontramos con este tipo de situaciones. El avance de internet ha hecho posible difundir juicios de valor, no siempre válidos, pero que son presentados como la verdad única y absoluta. Son cosas que avanzan a velocidad de vértigo por el universo virtual, todavía más cuando tienes dinero, muchas veces de dudosa procedencia, para impulsarlas.

Ese pensamiento socrático del que parte esta reflexión ha evolucionado en la mente de algunos al «solo sé que solo yo lo sé todo». Una forma de posicionarse que está presente en todos los ámbitos de la vida, también en la realidad eclesial. Todo mundo tiene que pasar por su tamiz, aunque no se use la misma espesura para todos. Hay quien es sometido a ese juicio de manera constante, con métodos crueles, inclusive deshumanos y nunca cristianos.

Si no se dice o no se hace lo que aquel que es el único que lo sabe todo considera oportuno, eres vilipendiado de modo constante. En verdad, lo que se debe poner en tela de juicio es la capacidad de análisis de quien emite los juicios de valor. Un juicio que es limitado, no se conocen todos los datos, o que es sesgado, es movido por intereses espurios. Cuando los juicios se hacen desde el límite del conocimiento, eso responde a la ignorancia, lo cual es disculpable. Cuando la intención es sesgada, el único calificativo que se puede destacar en quien así actúa es la maldad.

Presupuestos y conclusiones infundados

Que alguien escasa o nulamente conocido, es una posibilidad entre muchas, pues hay nombres o pseudónimos que ocultan identidades, emita juicios sobre la idoneidad de las personas, inclusive sobre aquellos a quienes la Iglesia les confía un ministerio es algo que se puede y se debe poner en tela de juicio. Todavía más si se analizan los presupuestos de los que se parte o las conclusiones a las que se llega. Eso pone de manifiesto que, aunque piense que solo él lo sabe todo, en realidad no sabe nada. Un no saber nada que no responde a los presupuestos socráticos y sí a los de ignorancia o maldad.

El objetivo es poner en duda la capacidad de alguien de forma repetida para que cada vez más gente se suba al carro de mi verdad, de la que por otra parte me siento dueño. Minar, difamar, poner en tela de juicio la moralidad de los otros, se ha convertido en costumbre en la vida de algunos. Si eso viene de quien se dice cristiano y es dirigido a quien deberías obediencia o al menos respeto, cuestiona decisivamente la idoneidad moral de quien se pronuncia en ese sentido.

En este viernes de Cuaresma, en que la Iglesia sigue esa práctica secular, recordemos una vez más un modo de llevar a cabo la abstinencia que nos recomienda el Papa León XIV para este tiempo: «abstenerse de utilizar palabras que afectan y lastiman a nuestro prójimo». No se trata de idoneidad, se trata de lastimar, de hacer daño, de poner de manifiesto la maldad que deberíamos desterrar de nuestros corazones. La esperanza nos muestra que, antes o después, el bien triunfa sobre el mal.