La UE afronta el lunes una cumbre crítica, en la que los Veintiocho abordarán con Turquía la crisis de los refugiados. Son ya demasiadas cumbres llenas de sobresaltos, desde los rescates griegos y la crisis del euro a la amenaza de salida del Reino Unido. La nefasta gestión de la oleada migratoria siria puede ser, sin embargo, la gota que colme el vaso, o simplemente el episodio que revele la verdadera magnitud de la crisis europea, que es una crisis de solidaridad. La vemos en forma de reacciones xenófobas y populistas, reproches mutuos, cierres unilaterales de fronteras… Y la vemos con el desprecio absoluto por la vida y los derechos fundamentales de los buscadores de asilo. Se trata de una crisis de solidaridad hacia dentro y hacia afuera, porque está en peligro la unidad de Europa, pero también hay riesgo de que la Unión, en lugar de repartir la carga de los refugiados –como pedía el domingo Francisco–, opte por darles la espalda como fórmula última de consenso. Quizá así se salvaría –momentáneamente– Schengen, la libertad de movimientos intraeuropea, pero es iluso pensar que la Unión puede aislarse de los problemas del mundo y, más aún, creer que este proyecto de federación de Estados puede sostenerse sobre tales cimientos egoístas e insolidarios.

Alfa y Omega