Sin Mí, no podéis hacer nada

Miguel Ángel Velasco
Una Iglesia con mucho futuro…

¿Qué con qué me quedo de la JMJ?

Me quedo con el clamoroso silencio de dos millones de jóvenes, de todos los rincones del mundo, de rodillas, en Cuatro Vientos, ante Cristo sacramentado.

Me quedo con las lágrimas que miles de chicas y chicos jovencísimos no podían contener.

Me quedo con el aplauso incontenible a la Madre de Dios y con el abrazo y el enjugar una lágrima a una voluntaria en silla de ruedas.

Me quedo con el tsunami de esperanza firme que estas Jornadas han evidenciado, con el vendaval y el aguacero interior de Cuatro Vientos.

Me quedo con la certeza de la fe, con la firmeza joven y alegre de la fe en Cristo, sin complejos ni mediocridad.

Me quedo con esta generación de Benedicto XVI, que ha sustituido, por las calles y plazas de Madrid, el grito ¡Benedicto, Benedicto! Por el de ¡Jesucristo, Jesucristo!, lo que significa que su corazón y su inteligencia han entendido lo esencial.

Me quedo con las tímidas caricias del Papa, llenas de ternura, a la criatura con un tumor cerebral, a la religiosa de 104 años.

Me quedo con las confesiones en el Parque del Perdón y con la Madrugá madrileña, tras el prodigioso Via Crucis.

Me quedo con la naturalidad irrebatible de la vivencia de la fe públicamente. La religiosidad no es, no puede ser, no será nunca algo privado, ni impuesto, sino Verdad en la libertad. Usted, igual que yo, ha palpado, estos días, por las calles de Madrid felicidad; pero como ha dicho monseñor Munilla, la de verdad, no la de Walt Disney, sino la de un joven que se emociona cuando el Papa le dice: «No pases de largo ante el sufrimiento humano»; o «la fe no la puedes vivir en solitario y por tu cuenta, sino en la Iglesia».

Ha sido la JMJ de la visibilidad de la dimensión religiosa que Dios puso en el corazón de todo ser humano, con propuestas culturales de altísima calidad que nadie inteligente puede confundir con el folklore. Gozosa, contagiosa vivencia de la fe, de la esperanza y del amor. Y eso, en la España de hoy, desnortada, sistemáticamente manipulada, con los zafios y violentos del odio tolerado y alentado desde ciertas terminales mediáticas. Señor, perdónalos, aunque crean que sí saben lo que dicen y lo que hacen.

Me quedo con el Evangelio de la vida y con la denuncia, sin tapujos ni complejos, de la incultura de la muerte. «Aquí no hay crisis de valores», decía un mocetón de Bérgamo, bajo el pentecostal aguacero de Cuatro Vientos, recio vendaval que llenó toda la casa.

Me quedo con una Iglesia que no teme la búsqueda de la Verdad, sin adjetivos, porque tiene la respuesta; con unos chicos y chicas que han aprendido, sacrificadamente, a tener confianza en sí mismos y en Dios, sin Quien, como señaló el cardenal Rylko, «las cuentas no cuadran», y que están desengañados de un mundo indigente de verdadera y sólida esperanza, en el que las palabras, como dijo el Papa, sólo sirven para entretener.

Me quedo, en fin, con unos jóvenes a los que el cardenal Rouco definió insuperablemente testigos de la alegría, y que dio el abrazo de despedida al Papa diciéndole: «Santo Padre, cuente con ellos».

«Son sanos, transmiten alegría…», me comentaba un taxista.

Bueno; y ahora ¿qué?

Ahora, como ayer y como siempre, Cristo. El Vicario de Cristo que se ha sentido muy bien en España, viene y se va. Cristo permanece. No os guardéis a Cristo para vosotros mismos.

Ahora, el tiempo nuevo que tanto necesita España. Ahora, es cuando realmente comienza la JMJ, según el Papa, inolvidable, arraigados y edificados en Cristo, firmes en la fe, para que todo no quede en fulgurantes fuegos artificiales. Preciosos, pero artificiales.

Ahora, la palabra segura y permanente del Señor:

Sin Mí no podéis hacer nada. (Ni en Madrid, ni en Río de Janeiro, ni en ninguna parte). No temáis. Yo estoy siempre con vosotros, hasta el final de los siglos…

Miguel Ángel Velasco