Siglo y medio de Padres e hijos, de Iván Turgueniev. Bazarov vive entre nosotros - Alfa y Omega

Siglo y medio de Padres e hijos, de Iván Turgueniev. Bazarov vive entre nosotros

En 1862 se publicaba una de las grandes novelas de la literatura rusa, Padres e hijos, de Iván Turgueniev, y de sus páginas emerge con fuerza Evguieni Bazarov, un joven estudiante de Medicina que alardea de ser nihilista, mucho antes de que Nietzsche difundiera esta radical forma de entender el mundo

Antonio R. Rubio Plo

Siglo y medio después de su aparición en la literatura, el joven Bazarov no es un elemento pintoresco en la abigarrada galería de personajes creada por un escritor, en el que muchos sólo ven a una especie de poeta nostálgico de una Rusia campesina desaparecida. Por el contrario, Bazarov sigue viviendo entre nosotros. Vive con su actitud rebelde y crítica, su carácter duro y orgulloso, que acompaña a su afán por la justicia y a su rechazo de toda corrupción. Piensa que tiene motivos sobrados para indignarse, y será difícil apearle de su convicción de que todo es mentira a su alrededor

El estudioso de la ciencia política tendría sobrados argumentos para clasificar a Bazarov en las vitrinas de la ideología. Es un hombre que no reconoce nada, que no se doblega ante ningún principio de autoridad, pues cree con una fe, casi religiosa, en la total autonomía del ser humano. Puede que, en algún momento, creyera en la educación recibida, pero hace mucho tiempo que dejó de creer, y ahora piensa que cada uno debe educarse a sí mismo. Está convencido de que no existen los principios, y que sólo existen las sensaciones. Suele reaccionar con frialdad a la pregunta de qué habrá que construir cuando haya sido destruido el sistema político-social, que ha generado tantas injusticias. No es asunto suyo, pues sólo le compete la tarea inicial de desbrozar el terreno. Bazarov lo ve todo en blanco o en negro, y no admite tonalidades intermedias, como las que contemplaba ese gran observador de la naturaleza humana, mucho más apasionante para él que todos los credos políticos, que era Iván Turgueniev. Si nuestro personaje admitiera matizaciones, y se atreviera a reconocer que cada hombre es único e irrepetible, sus teorías se vendrían abajo. Por el contrario, presume que su forma de entender la vida y la sociedad es la más científica y racional posible. ¿Acaso un botánico estudiaría cada abedul por separado? Bazarov aplica el mismo criterio a los humanos. Dará lo mismo ser bueno o malo, inteligente o tonto, cuando la sociedad esté organizada de una manera justa.

Cinismo materialista

Turgueniev también tenía motivos para indignarse ante la injusticia, pues en su retina de niño quedó grabado para siempre el trato inhumano de su madre y de su abuela hacia los siervos que trabajaban sus tierras. Esto no le hizo un escritor comprometido socialmente, como el maestro del naturalismo, su admirado Émile Zola, al que conoció en París. Pero lo admiró un poco menos cuando llegó a la certera conclusión de que la gran tragedia de aquel novelista francés era no haber leído a Shakespeare. Tampoco Turgueniev era creyente, aunque en su producción afloren las raíces culturales cristianas, y solía angustiarse ante la idea de que el hombre está abandonado a su destino, en manos de una fuerza ciega llamada materia o naturaleza. Podía, por tanto, hacer de Bazarov un prototipo de un despiadado revolucionario, del que todos, empezando por el escritor, se apartarían con prevención. Por el contrario, Turgueniev supo humanizar a su personaje, hasta el punto de que nos pueda resultar simpático y digno de compasión, aquel a quien creíamos la encarnación de un cinismo materialista.

Le cambia el amor

¿Qué cambia a Bazarov? ¿Qué podría cambiar a los Bazarov de nuestro tiempo, que siguen siendo complejos seres humanos y no son, ni mucho menos, una sucesión andante de críticas contra todo lo establecido? Al protagonista de Padres e hijos le vence el amor de Anna Odintsova, una viuda joven que le recuerda que los seres humanos están hechos para amar y que tienen la capacidad de entregarse a otros. Bazarov le replica que eso no va con él, aunque termina reconociendo estar «estúpidamente enamorado» de Anna. Lo malo es que Bazarov no irá más allá, porque está convencido de que la felicidad no depende de nosotros, tal y como escribiera alguna vez el propio Turgueniev, y se marcha, voluntariamente triste, a la casa de sus padres, a los que no ve desde hace tres años. Pero no le conmueven ni la afabilidad del padre, ni las lágrimas y oraciones de la madre, y se va a los tres días. Sólo volverá cuando se vea obligado a dejar la casa de su mejor amigo. Morirá por un contagio de tifus, aunque antes volverá a asimilar que la familia es su último refugio. Ese Bazarov herido por el amor, al que ha dado la espalda, podrá aún recordar que es preferible la compañía de los demás a andar siempre paseando solo.