Siete palabras que nos deja el Jubileo - Alfa y Omega

El Jubileo de la esperanza ha sido una experiencia maravillosa. Todos los que lo han vivido pueden dar testimonio: quienes han tenido responsabilidades en la organización y desarrollo, tanto a nivel civil como eclesial; los miles de jóvenes y adultos que han ofrecido su disponibilidad como voluntarios, de los cuatro rincones de la tierra; y, sobre todo, los más de 33 millones de peregrinos que —es la imagen que tengo grabada en mi memoria y que quisiera transmitir a todos— con picos fácilmente identificables, pero con una constancia igualmente verificable, han partido de la plaza Pía y recorriendo la vía de la Conciliación han cruzado la Puerta Santa de la basílica de San Pedro. Desde la ventana de mi oficina he recibido diariamente este fuerte testimonio: detrás de la cruz jubilar, el pueblo cristiano expresaba con alegría su fe. Ha sido imposible que los turistas, siempre numerosos en Roma —muchos seguramente ajenos a los signos de la tradición cristiana— no se hayan dado cuenta. 

En el intento de ofrecer una síntesis de lo que ha sido el Jubileo, indicaré siete palabras que comienzan con la letra P, dignas de ser retenidas también en el camino de la vida una vez concluido el Jubileo. La primera es en realidad dos vocablos distintos pero inseparables: persona y pueblo. Mi persona y el pueblo cristiano al que pertenezco. Yo soy personalmente llamado por Dios, el Señor desea alcanzarme y nadie puede sustituirme en mi respuesta. Me dispongo al camino, por el Jubileo y por la vida: si no estoy yo, nadie puede en mi lugar. Pero no estoy solo, no puedo concebirme aislado respecto a mis hermanos en la fe: por el Bautismo he sido constituido miembro vivo de un cuerpo vivo, la Iglesia viva del Señor Jesús. Así, cada peregrino, aunque haya llegado como individuo o como familia, ha sido invitado a unirse a otros para recorrer juntos su camino, detrás de la única cruz. 

La tercera palabra es, precisamente, peregrinación. El recorrido de la vida y el camino en el tiempo a través de las circunstancias de la existencia dejan de ser calificados como un mero vagabundeo errante y se convierten en una verdadera peregrinación cuando la meta se hace cierta; cuando el final del camino se expresa en la alegría de un encuentro con Aquel que ha venido de la eternidad para encontrarnos en el tiempo. El camino hacia la plaza de San Pedro ha representado esta dinámica de la mejor manera posible. 

Cuarta palabra: plegaria. Las personas que, como pueblo, peregrinan, también oran. Hacen muchas otras cosas, evidentemente: cantan, leen la Escritura, meditan, andan en silencio, ofrecen testimonio, tanto en el camino jubilar hacia San Pedro como en el camino de la vida hacia lo eterno. Y cuanto más armoniosamente se marcan esos momentos, más se genera el bello encanto de una atracción posible para todos. 

Puerta Santa: quinta palabra. Recorrida la vía de la Conciliación orando, entrados en la plaza de San Pedro y superados los necesarios controles de seguridad, los peregrinos suben hacia el atrio y se disponen a realizar el gesto quizás más solemne de un Jubileo: cruzar la Puerta Santa. «Yo soy la puerta» (Jn 10, 7), dijo de sí mismo el Señor Jesús. La puerta hacia lo eterno no la hemos abierto nosotros: la abrió Dios mismo, enviándonos a su Hijo. Esta puerta permanece siempre abierta, siempre allí, a disposición de quien no se evade del encuentro que se le ofrece. 

La sexta palabra expresa la profesión de fe, llena de gratitud, por la iniciativa de Dios en Cristo. Precisamente frente al altar de la Confesión, erguido sobre el sepulcro de Pedro, el pescador de Galilea, testigo de Jesús en Roma hasta el martirio, los peregrinos, recitando el credo, reconocen en Jesús, como lo hizo Simón Pedro en Cesarea de Filipo (cfr. Mt 16, 16), al «Hijo del Dios vivo». 

Junto al Altar de la Confesión, en la basílica de San Pedro están ubicados los confesionarios, frecuentadísimos durante todo el año santo jubilar: perdón es precisamente la última palabra que deseo evocar. El peregrino puede reconocer ahora serenamente, junto con la grandeza del don de Dios, también la fragilidad y la falta de adhesión constante que lo caracterizan: podrá invocar perdón por su miseria y regocijarse por el perdón que Dios, en Su misericordia, nunca se cansará de otorgarle. 

Persona, pueblo, peregrinación, plegaria, puerta santa, profesión de fe, perdón: la experiencia del Jubileo concluye, como todo lo que transcurre en el tiempo; pero lo que estas palabras sugieren indica esas realidades que, solicitadas constantemente a Dios y cultivadas en el tiempo, conducen a lo eterno: la fe, la esperanza y la caridad. Es la pequeña esperanza, fundada en la fe y manifestada en la caridad, como diría el gran poeta Charles Péguy, la que seguirá sosteniendo a sus dos hermanas mayores.