Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito - Alfa y Omega

Si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito

Martes de la 6ª semana de Pascua / Juan 16, 5-11

Carlos Pérez Laporta
Ilsutración: Pixabay / Chil Vera.

Evangelio: Juan 16, 5-11

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos:

«Ahora me voy al que me envió, y ninguno de vosotros me pregunta: “¿Adónde vas?”. Sino que, por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón. Sin embargo, os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré. Y cuando venga, dejará convicto al mundo acerca de un pecado, de una justicia y de una condena. De un pecado, porque no creen en mí; de una justicia, porque me voy al Padre, y no me veréis; de una condena, porque el príncipe de este mundo está condenado».

Comentario

Jesús va a dejar de aparecerse. Los apóstoles ya no dudan de que se va al Padre. Por eso, no pregunta ninguno «¿Adónde vas?». No les falta fe. Pero eso no significa que no se apenen por no poder verle, abrazarle y comer con Él, como hacían antes de su muerte o como hacían en las apariciones: «por haberos dicho esto, la tristeza os ha llenado el corazón». Que los cristianos podamos estar ciertos del cielo y de la futura resurrección no significa que no suframos la distancia que abre la muerte entre nosotros y aquellos que amamos.

Jesús es consciente y no nos exige que permanezcamos imperturbables; tan sólo que comprendamos que dicha distancia puede ser ventajosa: «os conviene que yo me vaya; porque si no me voy, no vendrá a vosotros el Paráclito. En cambio, si me voy, os lo enviaré». Jesús no ha venido para quedarse aquí, sino para llevarnos a nosotros allí. Si Él se marcha allí, la distancia que nos separa de Él se llena del Espíritu: precisamente porque le amamos, somos atraídos por Él y nos encaminamos en su busca hacia el cielo. Si todo quedaba vacío de la presencia física de Jesús, y en todo lo echaban de menos, ahora todo parece llenarse del Espíritu: todo recuerda al Amado, y por eso todo nos mueve a buscarle y nos encamina al cielo. Pese a la tristeza, el deseo de volver a verle no es una carencia, sino el Amor que Dios es; esto es, el Espíritu de Dios que nos mueve, y de alguna manera comienza ya a llenarnos. La melancolía cristiana es positiva, es una tristeza llena de la certeza del reencuentro, llena de esperanza, que todo lo vuelve camino a la casa del Padre. Por eso, en la esperanza somos salvados.