«Si aquí desaparecen los cristianos, el mundo se sumirá en tinieblas» - Alfa y Omega

«Si aquí desaparecen los cristianos, el mundo se sumirá en tinieblas»

Desde el sur del Líbano hasta Jerusalén, en los mismos lugares donde Cristo predicó y obró milagros, los cristianos siguen siendo los daños colaterales de cualquier conflicto regional, que pone en peligro su propia supervivencia. «Rezad, ayudadnos y protestad», piden

Ángeles Conde Mir
Equipos de rescate en el lugar donde ha caído un misil israelí en el barrio de Haret Hreik, en Beirut.
Equipos de rescate en el lugar donde ha caído un misil israelí en el barrio de Haret Hreik, en Beirut. Foto: AFP.

«Nuestra oración se eleva al cielo, hasta el Padre, por encima de los misiles», afirma el padre Toni Elías desde Rmeich. Conversa con Alfa y Omega después de haber pasado una noche más escuchando el estruendo de las detonaciones. La localidad de la que es vice párroco está a escasos kilómetros de Israel, en la frontera sur del Líbano. Rmeich se localiza en Tiro, donde el propio Cristo curó a la hija de la mujer cananea, y este paso del Señor es motivo de consuelo para quienes ahora son rehenes del fuego cruzado entre Hizbulá e Israel. Pese a que sobre sus cabezas pende una orden de evacuación emitida por Tel Aviv, estos cristianos libaneses han decidido permanecer en sus hogares. «No somos un peligro para nadie. Aquí la mayoría son agricultores que se dedican al tabaco y quieren vivir en paz», insiste el sacerdote maronita.

Los ciudadanos han organizado patrullas con el fin de evitar que milicianos de Hizbulá entren en su pueblo para disparar cohetes contra Israel y que Israel responda arrasando Rmeich. «Hemos tomado una decisión arriesgada, pero nos encomendamos a la Virgen y a los santos protectores», sentencia el sacerdote. Quedarse costó la vida al padre Pierre el Raï, párroco de Qlayaa, víctima del fuego israelí. «No pude asistir a su funeral y me duele, pero las carreteras son demasiado peligrosas. Quizá el Ejército israelí detecte un vehículo y puede disparar», explica el sacerdote. El Ejército libanés ha habilitado puestos de control para proteger estos pueblos, «pero esta no es una guerra entre Israel y el Líbano, es una guerra de Israel contra Hizbulá», aclara el padre Elías. 

Coche quemado en un ataque de colonos israelíes a Taybeh el 15 de febrero. La semana pasada volvieron.
Coche quemado en un ataque de colonos israelíes a Taybeh el 15 de febrero. La semana pasada volvieron. Foto: Bashar Fawadleh.

En Rmeich han recibido a desplazados de otras localidades que sí han obedecido la orden de evacuación. El sacerdote relata que están atendiéndolos como pueden, aunque confiesa que le pesa una decisión que se vieron obligados a tomar: «Cuando acogimos a nuestros vecinos musulmanes, desde Israel nos avisaron de que podría haber infiltrados de Hizbolá y de que o nos íbamos todos del pueblo, o se iban ellos. Tuvimos que pedirles, con mucho dolor, que se fueran. El alcalde contactó con un ministro y se les habilitó una escuela». Poco después de esta conversación con el padre Toni Elías, el nuncio en el Líbano, el arzobispo Paolo Borgia, hizo acto de presencia en la zona acompañado por L’Oeuvre d’Orient. Esta organización francesa está distribuyendo toneladas de ayuda. El propio nuncio ayudó a descargar los paquetes junto a soldados españoles de la misión UNIFIL desplegados en el país de los cedros. Vincent Gelot, director para el Líbano de L’Oeuvre d’Orient, acompañó al nuncio y, sin medias tintas, asegura a este semanario que la situación en el país puede definirse como «una pesadilla».

El Líbano está inmerso en una ingente crisis humanitaria con un número de desplazados internos equivalente al 15 % de su población: unas 800.000 personas en un país de cinco millones y medio de habitantes. El español Rafael Peró, que lo conoce bien desde 2007, no recuerda una marea tal de refugiados. Este sacerdote vive en un barrio cercano a Dahye, una de las zonas más bombardeadas de Beirut, por lo que escucha nítidamente las explosiones. La semana pasada, al menos ocho personas fallecieron en un ataque contra la célebre playa de Ramlet al Baida, también en la capital, donde acampaban muchos desplazados. 

Muchos desplazados acampan en las calles de Beirut, incluso bajo las fuertes lluvias del 15 de marzo.
Muchos desplazados acampan en las calles de Beirut, incluso bajo las fuertes lluvias del 15 de marzo. Foto: Reuters / Amr Abdallah Dalsh.

«Intentamos seguir con la vida cotidiana en la medida de lo posible. Es necesario no dejar que la guerra paralice psicológicamente. Después de muchos años viviendo en situaciones de tensión, uno aprende que seguir adelante es también una forma de resistencia», afirma Peró. Nota además un dato que pone de manifiesto el hartazgo de los libaneses: «Durante mucho tiempo muchas personas tenían miedo de hablar abiertamente de Hizbulá. Sin embargo, ahora que el grupo parece más debilitado, cada vez más se atreven a decir “ya basta”».

Una nueva guerra en Oriente Medio ha propiciado que se enquisten algunas situaciones y que se pierda de vista otras. Tras la resurrección de Lázaro, Jesús «se retiró a una ciudad llamada Efraín; y se quedó allí con sus discípulos». Esa Efraín es Taybeh, el único pueblo enteramente cristiano de Cisjordania, a pocos kilómetros de Jerusalén. La tensión bélica de estos últimos días ha agravado una realidad que martiriza a sus cristianos. «La situación es muy difícil. Hace unos días, tres vecinos de otro pueblo fueron asesinados por los colonos. No sabemos cuándo van a volver a entrar a atacarnos», narra a Alfa y Omega el padre Bashar Fawadleh, el párroco latino de este lugar donde también hay fieles ortodoxos y grecomelquitas. Desde el fatídico 7 de octubre, se han multiplicado las incursiones de extremistas judíos a esta tranquila localidad de agricultores dedicada al olivo. 

Sin personal en el ambulatorio

Ahora, con la incipiente guerra regional, hay además más controles de parte del Ejército israelí y más dificultades para moverse en Cisjordania, con las consiguientes complicaciones para la vida cotidiana. De hecho, durante varios días los trabajadores del ambulatorio que gestiona Cáritas Jerusalén en Taybeh no pudieron acudir a su puesto de trabajo. «Tuvimos que parar nuestras operaciones porque muchos puestos de control se cerraron por completo», confirma a este semanario Anton Asfar, responsable de Cáritas Jerusalén, una organización que soporta a duras penas todo el sufrimiento que comporta un nuevo conflicto; esta vez, a escala mucho mayor. «Los bombardeos son continuos, pero seguimos intentando funcionar», apostilla Asfar, que solicita la ayuda de toda la cristiandad.

Dice el proverbio que la gota horada la roca no por su fuerza, sino por su perseverancia. Pero los cristianos de la tierra que pisó el mismo Cristo tienen claro que ellos son las piedras vivas y ni siquiera el torrente de violencia desatado en la tierra de la paz podrá resquebrajarlos. «Si los cristianos desaparecen de los santos lugares, el mundo se sumirá en las tinieblas, porque somos la luz del mundo», responde el padre Fawadleh a la posibilidad real de que esta región se vacíe de presencia cristiana. De Taybeh, con 1.200 habitantes, ya se han marchado 15 familias en los últimos meses. «Rezad por nosotros y ayudadnos. Protestad por nuestra situación. Tenemos miedo, pero somos cristianos y hemos de dar testimonio de esperanza porque somos el único pueblo cristiano en la zona y queremos quedarnos, aunque sea difícil», implora el sacerdote palestino.

Para no ser cómplices

El Papa recibe información puntual de parte del nuncio en el Líbano. Por ello, en el llamamiento del pasado domingo durante el rezo del ángelus, León XIV expresó su preocupación, en concreto, por el país de los cedros. Y reiteró que «la violencia nunca podrá llevar a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos esperan». Además, consciente «de las condiciones de vida del pueblo palestino», León también habló por teléfono con el presidente, Mahmud Abás. Durante su conversación, insistió en que la Santa Sede apoya «el diálogo político y diplomático».

Ha sido el cardenal Claudio Gugerotti, prefecto del Dicasterio para las Iglesias Orientales, quien con más contundencia se ha expresado en el tradicional llamamiento con motivo de la Colecta Pro Terra Sancta de Viernes Santo. En su carta, pide «ofrecer un poco de nuestro dinero para ayudar a nuestros hermanos y hermanas que se encuentran en peligro extremo a vivir un día más, a encontrar la esperanza y la posibilidad de volver a empezar». Escribe que ese gesto nos ayudará a comprender que «sin un sacrificio, sin un cambio real en nuestra existencia, permanecemos inertes en este mundo en llamas y, por tanto, nos volvemos cómplices de quienes lo incendian».

Advierte de que los cristianos viven «con el terror de que precisamente por ser cristianos, puedan ser eliminados». Y concluye: «Caín y Abel siguen existiendo hoy. Y, sin embargo, el Hijo de Dios nos ha mostrado que, cuando hay que elegir, no se quita la vida al otro, sino que se entrega la propia por el otro».