Una de las ideas más recurrentes sobre la sexualidad es que asemeja a los animales. Pero lo cierto es que la sexualidad es el ámbito privilegiado de la asombrosa excepcionalidad del hombre como animal. No se trata solo de la suspensión de los determinantes biológicos. Ningún otro animal puede, por ejemplo, estar desnudo, mientras que sin la desnudez no cabe comprender la sexualidad humana. No hablamos del mero quedar expuesto del cuerpo. Paul Valéry lo dijo con intuición exacta: en el hombre lo más superficial es lo más profundo. Si la profundidad que llamamos intimidad no residiera en el cuerpo, ni habría desnudez ni sexualidad humana.

De hecho, el cuerpo solo se vuelve sexualmente significativo cuando se connota de intimidad; despojado de ella se vuelve irrelevante. Y de ahí que el deseo sexual en el hombre sea un deseo de intimidad, de la comparecencia comunicante y ofrendal de una intimidad en su sede corpórea. Por eso cuando no hay tal intimidad comunicante, el deseo sexual necesita fingirla, para darle al cuerpo valor sexual, de intimidad accesible. Y, por eso, el deseo de placer se ha hecho libertino al tomar la forma de la curiositas. Pero la intimidad solo se tiene y se toma si se guarda, así que su allanamiento es la pérdida de lo que se apetecía al obtenerlo como trofeo. Solo se comparte la intimidad cuyo conocimiento la preserva. Y eso solo ocurre donde la relación es incondicional y exclusiva.

La unión sexual tiene la naturaleza de la gesticulación de la presencia propia y ajena en el cuerpo, que así se vuelve comunicante y ofrendal. Es la plenitud de esa presencia mutua la que satisface el deseo sexual en su fuente más arcana: curar la soledad. Por eso, todas las formas de sexualidad que se resuelven en la experiencia de la propia soledad acrecientan el deseo que pretenden satisfacer. En el mundo hay ya una Presencia capaz de curar esa soledad, y eso es lo que testimonian el celibato católico y la incondicionalidad esponsal. Por eso, en el cielo los hombres no tomaran mujer, ni habrá Eucaristía, porque ambas son prendas mundanas de la plenitud de la realidad hecha presencia que es la Gloria.

Higinio Marín participa en el Congreso Afectividad y Sexualidad en el Siglo XXI de la Universidad Francisco de Vitoria