Pureza, inocencia… son palabras olvidadas. Estamos «pasados de rosca», como se suele decir en el argot castizo cuando lo que se desea reflejar es la extenuación de los sentidos. Sexo, drogas y rock and roll. Como todo el mundo fornica sin control, como todo el mundo bebe más que los peces en el río, hemos optado por naturalizar lo que es arcaico. No se puede llamar borracho al que se enjarrilla por doquier, y tampoco se puede amonestar a los hombres y mujeres que no se respetan. Hedonismo sideral que atribuye galones a todos aquellos osados que se atreven a maltratar su cuerpo. Se pasean rampantes como el que se ha comido el mundo, pero en realidad se han devorado a sí mismos. Es complicado no sucumbir a las fauces de este mundo en el que todos no somos más que un producto.
Ahora lo estrepitoso es aquello que rompe con las reglas. Vivimos en la era en la que la virginidad no es más que una construcción sociocultural o la castidad un signo de represión. Se da hasta la vergüenza de aquellos que no se han estrenado en el arte de hacer el amor. Con la cabeza gacha y las mejillas sonrojadas parecen tener miedo de ser criticados por no estar preparados para dar ese paso de tan profunda intimidad. Confianza que muchas veces ignoramos. Hemos pasado de ver en el sexo un tabú a transformarlo en una ordinariez posmoderna. Hasta un presentador de la televisión pregunta a los invitados cuántas veces mantienen relaciones sexuales… ¿A usted qué narices le importa?
Somos animales dominados por los instintos primarios en la jungla social. Abandonando el raciocinio y el control sobre nosotros mismos hemos ignorando el sentido espiritual del sexo. Nada tiene que ver el silencio desconfiado del aquí te pillo y aquí te mato con decir «te amo» a la persona enamorada mientras la miras a los ojos. La fragilidad del deseo martiriza a la carne mientras se erosiona tu espíritu. Lo que haces con tu cuerpo tiene su eco en el corazón. La alegría dura lo que permanece el placer corporal; luego se avecinan el desánimo y la tristeza. Trascendental es lo genuino del amor de verdad, un afecto que, como escribe san Pablo, «no es grosero ni egoísta». Esa es la diferencia: el que se da al otro o el que se da por sí mismo.