Papá era muy aficionado a jugar a las cartas. Muchas tardes se reunía con un grupo de amigos para echar la partida. Cuando enfermó de alzhéimer yo intentaba entretenerle jugando con él. Me percaté de que, lo que más ilusión le hacía era ganar y decidí ser yo siempre la que perdía.

Aunque no en gran número, se siguen incorporando jóvenes a la vida consagrada, movimientos, catequesis, parroquias, seminarios… Y encuentran a personas que son ejemplares, que han dado su vida por el Señor y sus comunidades. Mayores ya, pero que continúan entregando el máximo de sí mismas de forma fiel, generosa e incansable. Sin embargo, me pregunto a veces: ¿Necesitarán esto? Quizás esperen también y prefieran a esa otra persona que se deja ganar, que pierde la partida. Que sabe ceder puestos, protagonismo, iniciativas, dar el relevo, permitir que nuevas generaciones actúen según sus propios criterios, formas de ser y de pensar.

¡Cómo cuesta dejarse ganar! Porque para que alguien gane tiene que existir la figura del perdedor.

Perder significa abandonar mi proyecto, rendirme ante el otro, conformarme con quedar en segundo lugar, no ser líder. Nadie se te acerca ni te consulta. No firmas documentos ni te escuchan. Todos escalan, pero tú desciendes. No ves el fruto de tu trabajo y nunca salen adelante tus planes. Permitir que otro me gane en la batalla implica consentir que actúe por encima de mí sin oponer resistencia.

Nuestros jóvenes encuentran en la Iglesia personas buenas, muy ejemplares, pero quizás necesitan a las perdedoras, que son las santas. Santidad entendida ontológicamente como salida del propio ego para centrase en la alteralidad. Afirmación del ser entendida como entrega de uno mismo a los demás, un sacrificio más valioso que la propia autoafirmación.

«Desembarázate del orgullo y echa lejos de ti la vanagloria, porque si consigues la gloria te volverás orgulloso, y si no la consigues te entristecerás» (Evagrio Póntico).

Ernestina Álvarez
Monjas Benedictinas. Monasterio de Santa María de Carbajal de León