San Juan Limosnero. Un insensato con los pobres como amos - Alfa y Omega

San Juan Limosnero. Un insensato con los pobres como amos

Poco docto y sin apenas elocuencia, san Juan Limosnero llevó el desprendimiento hasta el extremo, dando todo a los pobres, desde su juventud hasta cuando fue elegido patriarca de Alejandría

Juan Luis Vázquez Díaz-Mayordomo
Apoyo al comerciante empobrecido. Pintura de san Juan Limosnero. Museo Nacional de Cracovia (Polonia). Foto: Zofia Gołubiewowa y Adam Zamoyski

A veces Dios da pequeños destellos de su gloria para marcar la dirección de una persona para toda su vida. Eso fue lo que le pasó a Juan Limosnero, nacido en Chipre alrededor del año 550, hijo del gobernador de la isla. Tenía 15 años cuando una noche recibió la visión de una dama que le dijo: «Yo soy la Compasión, la primera de las hijas del gran Rey. Te daré acceso a Él porque estoy muy cerca: soy yo quien lo bajó del cielo a la tierra para salvar a los hombres».

Se casó y tuvo hijos, pero enviudó pronto, y sus hijos también murieron. A partir de entonces, llevó una vida de oración y desprendimiento. Su fama de santidad creció hasta el punto de que, a la muerte del patriarca Teodoro de Alejandría en el año 608, Juan le sucedió.

Nada más llegar repartió las 80.000 monedas de oro que había en la sede del patriarcado entre monasterios y los pobres, y cuando le tildaron de insensato por empobrecer la diócesis respondió que era la providencia la que cuidaba de ellos. También pidió que le facilitaran una lista con todos los pobres de su territorio: eran 7.500, a los que a partir de entonces llamó «mis amos y mis maestros».

Una vez, uno de ellos se puso a la cola para recibir las limosnas del patriarca. Cuando salió, se cambió de ropa y volvió a la fila para pedir otra vez, y así hasta en tres ocasiones. Cuando se lo advirtieron, Juan solo dijo: «No os preocupéis, tal vez sea el mismo Jesucristo disfrazado de mendigo, que quiere poner a prueba mi caridad».

En otra ocasión, un hombre de posición acomodada le regaló una sábana de un alto valor económico. Juan durmió en ella una noche y luego dispuso que la vendieran para entregar su precio a los pobres. Enterado de ello, aquel hombre la compró y se la volvió a regalar, así varias veces, mientras el patriarca decía: «Vamos a ver quién se cansa primero». Y no fue él. En otra ocasión, a un mendigo que agradeció su ayuda le cortó el santo diciendo: «Hermano, todavía no he vertido por ti mi sangre como me manda hacerlo mi Señor Jesucristo».

En este sentido, el catedrático de Teología Eloy Bueno, de la Facultad de Teología de Burgos, explica que la limosna «es, ante todo, expresión de la misericordia que tiene que caracterizar a todo cristiano, porque es el modo de actuar de Dios».

Un valor sacramental

Cuando los persas saquearon Jerusalén en el año 614, Juan envió grandes cantidades de comida y dinero a los cristianos que huían, y luego envió trabajadores para reconstruir las iglesias destruidas. Más tarde, los persas invadieron Alejandría, y el patriarca tuvo que huir a su país natal, Chipre, donde murió en el año 620. Algunos miembros del clero de su época le acusaron de ser poco docto y poco elocuente, pero Juan tuvo siempre una sabiduría práctica basada en la caridad. En los apenas doce años que estuvo en Alejandría, no solo cambió la vida de numerosos menesterosos, sino de que dejó una profunda huella en la historia de la Iglesia, huella que perdura hasta hoy.

Siguiendo su ejemplo, que la Iglesia recuerda cada 23 de enero, «el cristiano debe practicar la limosna en la medida en que descubre en el otro a Jesucristo», afirma Eloy Bueno, al mismo tiempo que supone «una expresión de la vida comunitaria eclesial. Ya san Justino contaba cómo la limosna formaba parte en el siglo II de la liturgia de la Eucaristía en su comunidad». Por eso, la limosna «tiene un valor prácticamente sacramental».

Un mandato milenario
  • «La limosna libra de la muerte y purifica de todo pecado. Los limosneros tendrán larga vida», Tobías 12, 8.
  • «Vended vuestros bienes y dad limosna; haceos un tesoro inagotable en el cielo», Lucas 12, 33. 
  • «Limosna significa don interior y apertura hacia el otro, y es un factor indispensable de la conversión», san Juan Pablo II.