En la clausura del Año Sacerdotal:
Celebramos la fiesta del Sagrado Corazón de Jesús. La liturgia habla de Dios como pastor de los hombres, y así nos manifiesta el sacerdocio de Jesús, que está arraigado en lo íntimo de su corazón; de este modo, nos indica el fundamento, así como el criterio válido de todo ministerio sacerdotal, que debe estar siempre anclado en el corazón de Jesús. El Señor es mi pastor: Israel acoge la autorrevelación de Dios como pastor. Dios cuida personalmente de mí, de nosotros, de la humanidad. No me ha dejado solo, extraviado en el universo y en una sociedad ante la cual uno se siente cada vez más desorientado…
Tu vara y tu cayado me sosiegan: el pastor necesita la vara contra las bestias que quieren atacar el rebaño. Junto a la vara está el cayado, que sostiene y ayuda a atravesar los lugares difíciles. Las dos cosas entran dentro del ministerio del sacerdote. También la Iglesia debe usar la vara para proteger la fe contra los farsantes, contra las desorientaciones. El uso de la vara puede ser un servicio de amor. Hoy vemos que no se trata de amor, cuando se toleran comportamientos indignos de la vida sacerdotal. Como tampoco se trata de amor si se deja proliferar la herejía, la tergiversación y la destrucción de la fe. Al mismo tiempo, la vara continuamente debe transformarse en el cayado que ayude a los hombres a poder caminar por senderos difíciles y seguir a Cristo.
Al final del Salmo, se habla de la mesa preparada, de habitar en la casa del Señor. ¿Cómo no alegrarnos de estar invitados cada día a la mesa de Dios y habitar en su casa? ¿Cómo no estar alegres por recibir de Él este mandato: Haced esto en memoria mía? Alegres porque Él nos ha permitido preparar la mesa de Dios para los hombres y ofrecerles su Cuerpo y su Sangre.
(11-VI-2010)